¡Dios a la vista!
Hay que saber de qué Dios estamos hablando antes de que todos los rockeros se vuelvan místicos y a las adolescentes les dé por meterse en un convento


En noviembre de 1926 Ortega y Gasset publicó un artículo titulado Dios a la vista, en el que decía que en la órbita de la tierra existen periodos de máxima aproximación al Sol y otros de máximo alejamiento. En su opinión sucede lo mismo en la órbita de la historia en que unas veces se levanta Dios como una montaña en el horizonte y otras la divinidad desaparece. Puede que ahora en medio de la convulsa navegación planetaria en que vivimos alguien desde la cofa del barco ha gritado: ¡Dios a la vista!. Resulta que el emperador ha dado una patada al tablero del parchís porque le pasa por ahí jugar a la oca y ante los clamores de guerra total, con todas las fichas del viejo orden internacional por los suelos, parece que se ha puesto de moda refugiarse en cierto misticismo como la última asa a la que agarrarse antes de caer en el vacío. La montaña de la divinidad se ha elevado de nuevo en el horizonte. Pero se trata de saber de qué Dios estamos hablando antes de que todos los rockeros se vuelvan místicos y a las adolescentes les dé por meterse en un convento, como recomendaba Hamlet a Ofelia, su novia. Zeus vive en el Olimpo y Jehová habita en la cumbre del Sinaí; pero, sin duda, al este del Edén existen dioses más mano, que te facilitarán las cosas si quieres ser un místico. No deja de ser una conquista del espíritu navegar ese dios azul que es el mar y asumir todos los sonidos que produce el silencio, el viento en las velas, el oleaje contra las amuras del barco y una canción griega de Nana Mouskouri o de George Moustaki que se lleva la brisa. Puede que la espiritualidad consista en alcanzar aquel valle de la Marina cuando los cerezos están en flor, o quedarse dormido en la hamaca bajo el sol de mediodía con las gafas caídas en la punta de la nariz y los versos de John Keats en el regazo, oír en sueños el grito de ¡Dios a la vista!, despertar y descubrir que ese dios es el camarero que trae el aperitivo, un queso de cabra acompañado con una copa de vino del Rin.
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