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Columna
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El fin del Holocausto

La literatura sobre el horror pasado no sirve para prevenir el horror retransmitido en directo

Israel-Hamas war
Una mujer camina con sus hijos junto a los escombros de un edificio residencial destruido en el campo de refugiados de Al Nuseirat, en Gaza.MOHAMMED SABER (EFE)
Najat El Hachmi

Me doy cuenta de que, sin quererlo y contra toda lógica, me siento lejos de todo lo que he leído y he aprendido sobre el Holocausto. La literatura sobre el horror pasado no sirve para prevenir el horror retransmitido en directo, la niña que llora por un pedazo de pan, los bracitos raquíticos de los pequeños castigados con la hambruna por el solo hecho de ser tan palestinos como los terroristas de Hamás. O esa es la historia que cuenta la propaganda del Israel: que los crímenes que está perpetrando contra una población desarmada no son más que parte de su estrategia de autodefensa, pero ¿qué tendrán que ver niños y madres con las organizaciones violentas? El trato vejatorio es indigno de un país civilizado donde debería reinar la palabra y la ley y no la barbarie vengativa y sádicamente organizada.

Cuando en 1924 Elias Canetti visita su Bulgaria natal, se encuentra con el primo Bernhard Arditti, un sionista apasionado que con sus dotes de oratoria en ladino era capaz de persuadir a los asistentes a sus charlas “para que volvieran la espalda a un país en el que estaban afincados hacía varias generaciones, donde se los aceptaba y respetaba y donde sin duda les iba bien, para emigrar a un país desconocido, que les había sido prometido milenios atrás pero que por entonces no les pertenecía en absoluto”. La raíz de la flagrante injusticia es exactamente esa, que se estableció un Estado nuevo en un territorio donde, se nos dijo, no había nadie y sobre una idea, la de la tierra prometida, de evidente origen teocrático. La culpa de Europa por la Shoah llevó a permitir este proceso de colonización pero los palestinos, que en sus tierras vivían desde hacía milenios, nada tuvieron que ver con los horrores del nazismo. En este sentido, resulta especialmente doloroso observar que Alemania vuelve a equivocarse, que con su apoyo a Israel vuelve a ponerse del lado de los verdugos aunque ahora sea por prevenir el antisemitismo. No es odio afirmar que las actuaciones de Netanyahu son criminales entre otras cosas porque ni él ni su Gobierno son los únicos judíos de este mundo. Si después del Holocausto los filósofos dieron por terminada la modernidad (ya no hay palabras que sirvan para describir el horror) hoy con la actuación de primer ministro israelí y la complicidad de Occidente y Estados Unidos lo que termina es el Holocausto mismo porque es ya imposible leerlo y pensarlo sin tener en cuenta que algunos de los descendientes de quienes lo sufrieron están infligiendo un horror indecible a otros seres humanos.

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