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TRIBUNA
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Entre neorrancios y melancólicos

El mensaje que transmiten ahora a los ciudadanos algunos de los que se presentaban hace poco como la viva encarnación de la novedad viene a ser parecido a este: olvidaos de todo aquello

Asamblea de Podemos en la plaza madrileña de Vistalegre en septiembre de 2019.
Asamblea de Podemos en la plaza madrileña de Vistalegre en septiembre de 2019.Luis Sevillano

En nuestros días, una de las expresiones más frecuentes de la ignorancia del pasado en el espacio público la encontramos en tantas propuestas y manifestaciones que, presentándose como disruptivas y novedosas, no van más allá de constituir un remake involuntario de propuestas y manifestaciones ya experimentadas en etapas pretéritas. No deja de ser curiosa la paradoja. En la actualidad, sobre quien ose declarar su añoranza por algún momento del pasado y, por la razón que sea, considere que en la comparación con el presente aquel sale ganando en un determinado aspecto, caerá con absoluta seguridad el anatema de neorrancio. La paradoja reside en que la sentencia condenatoria muy probablemente la emitirá alguien que, declarando ser el representante más perspicaz y cualificado del presente, se sirve de categorías, discursos e incluso consignas de otro tiempo (desde la obsoleta categoría de progreso hasta un leninismo de mercadillo, pasando por consignas tan vintage como “alerta antifascista”).

Pero todavía cabe darle una vuelta de tuerca más a esta actitud tan desdeñosa hacia lo que hubo. Y si algunos de los que en su momento se presentaban como nuevos dedicaban el mencionado reproche de neorrancios a quienes añoraban el pasado que se vivió en este país hace ya unos cuantos años (durante la Transición, para ser precisos), esos mismos desdeñosos, ahora devenidos exindignados, descalifican como melancólicos a quienes últimamente experimentan idéntica añoranza, pero respecto a un pasado más reciente, el de la segunda década del presente siglo (en la estela del 15-M). La verdad es que esta nueva descalificación hacia lo casi recién ocurrido no le anda a la zaga, en lo que a contradicción argumentativa se refiere, de la que ellos mismos, cuando irrumpieron en la escena pública, le dedicaban a sus mayores.

En todo caso, habría que empezar por diferenciar entre los destinatarios de ambos reproches. Porque mientras el acusado de neorrancio manifiesta añorar una realidad pasada, que evoca siendo capaz de especificar los rasgos de ella que echa en falta en nuestros días, el melancólico lo que añora es lo que pudo haber sido y no fue, por atenernos a la definición clásica de la melancolía. A la diferencia en la naturaleza de los respectivos reproches le corresponde una réplica defensiva diferente. Así, se supone que el neorrancio se encuentra en condiciones de contraargumentar señalando aquellos elementos realmente valiosos por cuya recuperación cree que valdría la pena batallar. Al melancólico, en cambio, le cumple una tarea radicalmente distinta. En concreto, la de intentar explicar las razones por las que aquello que pudo haber sido, finalmente no fue.

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Sin duda, tiene mucho que explicar, habida cuenta del calado de su radical impugnación (a la totalidad de los representantes públicos, que no desarrollaban adecuadamente la función para la que habían sido elegidos), de la rotundidad con la que planteaba sus expectativas (tuteladas por el convencimiento de que de cualquier cosa que se reivindicara, por dificultosa que fuera, cabía predicar el “sí se puede”) y del efectivo poder político que en un momento dado sus representantes alcanzaron a tener (incluida la destacada presencia en el Ejecutivo de la nación). Sin embargo, lejos de proporcionar la necesaria explicación, el mensaje que algunos de los que se presentaban como la viva encarnación de la novedad transmiten ahora a los ciudadanos (aunque tal vez a quienes realmente se dirijan sea a los suyos) viene a ser parecido a este: olvidaos de todo aquello, porque recordarlo sería melancolía.

Con todo, valdrá la pena recordar que lo que se nos está instando a olvidar era considerado en su momento como literalmente inolvidable. ¿O no eran quienes ahora sostienen que un ciclo de la política en España se puede dar por finiquitado los mismos que decían hace no tanto que ellos anunciaban lo nuevo y —Gramsci mediante— nos prevenían de que, hasta que eso nuevo terminara de nacer y lo viejo terminara de morir —y ya se sabe que tales nacimientos y defunciones históricas siempre se toman su tiempo— surgirían los monstruos? ¿Han caducado todas esas campanudas afirmaciones? Se supone que no pueden haberlo hecho, en la medida en que no se trata de afirmaciones coyunturales, sino de tesis acerca de la lógica profunda por la que se mueve la historia. Formulemos esto mismo desde otro ángulo: el pasado reciente que ahora algunos nos invitan a olvidar era precisamente el que, según ellos mismos, anunciaba un cambio de rumbo en el devenir histórico.

Pues bien, ahora resulta que de lo dicho, nada, como tantas veces ocurrió en ese pasado que algunos hasta hace bien poco declaraban querer superar. Entiéndaseme bien: no creo que resulte ni tan siquiera aceptable hablar, en sentido propio, de que la historia se repite. El problema no es que la historia se repita, sino que sus inquilinos, aunque se revistan con ropajes inaugurales, a menudo se empeñan —básicamente por ignorancia, sin que quepa descartar la mala fe— en repetir los peores comportamientos de quienes les precedieron.

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