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tribuna
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Los objetivos de Israel: entre el querer y el poder

Netanyahu no solo no logrará destruir por completo a Hamás, sino que habrá realimentado la rabia violenta de sus víctimas y de quienes las apoyan, sin que el castigo infligido le garantice la permanencia en el cargo

Familiares de algunos de los rehenes israelíes retenidos por Hamás en Gaza participan en una protesta en demanda de su liberación, este jueves en Tel Aviv.
Familiares de algunos de los rehenes israelíes retenidos por Hamás en Gaza participan en una protesta en demanda de su liberación, este jueves en Tel Aviv.ABIR SULTAN (EFE)

Benjamín Netanyahu acaba de anunciar su intención de ocuparse “indefinidamente” de la seguridad de Gaza, una vez terminada la actual operación de castigo. No solo parece olvidar que, como ocupante, esa es la obligación de Israel desde 1967, sino que ni siquiera menciona que también le corresponde garantizar el bienestar de los más de 2,2 millones de sus habitantes (junto con los de Cisjordania). A eso se une la amenaza de eliminar a Hamás, de aplastar a los que considera “animales inhumanos” hasta doblegar su resistencia, y de arrasar la Franja con alusiones al empleo de armas nucleares. Una multiplicidad de mensajes belicistas que se corresponden con el objetivo estratégico del movimiento sionista: el dominio total de la Palestina histórica. Y ahora se les presenta una oportunidad que creen idónea para ello.

Visto desde Israel, todo parte —descartando cualquier corresponsabilidad propia— del golpe recibido el pasado día 7, el más brutal en décadas y el que más claramente pone en riesgo la permanencia de Netanyahu en el Gobierno. De ahí se deduce la imperiosa necesidad de responder por la fuerza, tanto para restablecer la disuasión frente a cualquier enemigo (incluido Hezbolá, Irán y todas las milicias que puede activar Teherán), como para salvar a un Netanyahu al que espera la cárcel si pierde el poder. Un Netanyahu señalado como el principal responsable del ataque sufrido, que ve derrumbada su supuesta imagen de “Sr. Seguridad”. Para completar el marco mental que pretende imponer como único aceptable, Netanyahu insiste en que todos los habitantes de la Franja son terroristas y colaboracionistas y, dado que Hamás dispone de túneles e infraestructuras por doquier, está justificado devastar todo el territorio.

A partir de ahí se explica la actual operación militar. Por una parte, mientras mantiene desconectada a la Franja del resto del mundo (incluyendo el paso de Rafah), ya ha logrado encapsular la mitad norte de Gaza como resultado de una doble acción con unidades mecanizadas y acorazadas —una en dirección oeste, para partirla en dos mitades, y otra desde el norte por la costa, para evitar la salida de los milicianos de Hamás y la entrada de apoyos y suministros—. Por otra, prosigue con bombardeos sistemáticos que buscan destruir la capacidad militar y política de Hamás, castigando de paso a los centenares de miles de gazatíes allí enclaustrados. Lo que cabe prever a continuación es que, aprovechando la cobertura que le proporciona Washington, todavía emplee algún tiempo en seguir ablandando el terreno con fuego artillero y aéreo, combinándolo con incursiones más precisas a instalaciones y núcleos de resistencia de Hamás y sus aliados locales. Y así hasta que, como en tantas ocasiones anteriores, considere que ya ha cortado el césped hasta un nivel que le resulte aceptable.

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Cortar el césped (expresión tantas veces empleada por los militares israelíes) significa limitarse a degradar a Hamás sabiendo que solo es cuestión de tiempo que vuelva a recobrarse; o, lo que es lo mismo, implica asumir que la destrucción total de un enemigo que ha ayudado a crecer está fuera de su alcance. Un enemigo que, con el propósito de arruinar los planes israelíes, no dudará en obstaculizar (incluso por la fuerza) los intentos de los gazatíes para escapar del cerco israelí en el norte, escudarse en esa misma población civil para evitar su destrucción y emplear ambulancias o lo que sea necesario para escapar a la muerte. También procurará aprovechar su mejor conocimiento del terreno y su red de túneles para eliminar a más soldados israelíes, calculando que eso le da buena imagen ante sus simpatizantes y repercute negativamente en la imagen de Netanyahu. En definitiva, Israel no puede hacer lo que tanto quiere porque el coste sería insoportable para un gobernante en demasiados apuros.

Lo demás —sean las llamadas a supuestas pausas tácticas o humanitarias y al establecimiento de corredores humanitarios, o el gesto israelí de abrir pasos durante unas horas a quienes pretenden escapar de la encerrona en la capital de la Franja— es pura farsa, buscando dulcificar la imagen de quienes no tienen reparos en violar el derecho internacional humanitario y de quienes los respaldan internacionalmente.

Por eso, metidos en esa repetitiva espiral, unos y otros volverán a fracasar. Israel no solo no logrará destruir por completo a Hamás, sino que habrá realimentado hasta el extremo la rabia violenta de sus víctimas y de quienes las apoyan, sin que el castigo infligido le garantice a Netanyahu la permanencia en el poder y sin que acerque a Israel a su objetivo último. Hamás soñará con salir más potenciada ante su gente, aunque solo sea en la medida en que, a diferencia de la Autoridad Palestina, parece decidida a enfrentarse al ocupante. Pero saldrá mucho más debilitada, sin haber logrado que sus habituales apoyos externos se decidan a poner en riesgo sus propias posiciones provocando una escalada regional que obligue a Estados Unidos y a Israel a reconsiderar su comportamiento. Y así, hasta la próxima.

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