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Rey del Chato

Esa foto del joven rey Balduino con el dueño del ultramarinos fue instalada junto a la bota de sardinas arenques, y su boda con Fabiola se celebró en la Plana Alta como un suceso familiar

Desde la izquierda, los príncipes de Bélgica Alberto de Lieja, Alexander y Balduino, en 1947.
Desde la izquierda, los príncipes de Bélgica Alberto de Lieja, Alexander y Balduino, en 1947.Keystone (Getty)
Manuel Vicent

Esta luz dorada de septiembre que se posa sobre la uva moscatel me trae el recuerdo de mi amigo Fausto el Chato. Su familia regentaba una tienda de ultramarinos en el pueblo, donde entre embutidos y pellejos de bacalao seco reinaba una bota de sardinas entronizada en el lugar principal del colmado. El 5 septiembre de 1956, Fausto el Chato se hallaba vendimiando el moscatel en la Plana Alta de Castellón cuando en la carretera real por la que discurrían entonces los primeros turistas europeos se detuvo un rolls-royce descapotable del que se apearon dos jóvenes extranjeros, al parecer, muy interesados en el trabajo de aquella cuadrilla de vendimiadores. Les atendió El Chato, quien, con su natural desparpajo, durante la conversación, no dejaba de tentar la camisa rosa que lucía uno de ellos, cuyo tejido era desconocido todavía en nuestro país. “Es tergal”, le sacó de dudas aquel joven con gafas, alto y flaco. Se intercambiaron regalos, de una parte, unas tabletas de chocolate y de otra un básquet de uva moscatel. Luego posaron para una foto. El Chato les dio su dirección y unas semanas después en el colmado se recibió un sobre lacrado con el remite en letras doradas del palacio real de Bruselas. El sobre contenía una gran foto en la que El Chato aparecía sonriendo junto al rey Balduino de Bélgica, todo un monarca en ejercicio que había atravesado de incógnito la España de Franco. En una tarjeta con membrete real, escrito a mano, se le daban las gracias por el excelente moscatel que le había regalado. Esa foto del rey Balduino fue instalada en el colmado junto a la bota de sardinas arenques y allí permaneció hasta que cuatro años después se produjo su boda con Fabiola. La gente en el pueblo lo celebró como un suceso familiar. “Se casa el rey del Chato”, decían, aunque algunos no creían que fuera un rey de verdad, sino una publicidad de una clase de sardinas.

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Sobre la firma

Manuel Vicent
Escritor y periodista. Ganador, entre otros, de los premios de novela Alfaguara y Nadal. Como periodista empezó en el diario 'Madrid' y las revistas 'Hermano Lobo' y 'Triunfo'. Se incorporó a EL PAÍS como cronista parlamentario. Desde entonces ha publicado artículos, crónicas de viajes, reportajes y daguerrotipos de diferentes personalidades.

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