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tribuna
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La ciencia y la gente

Resulta lógico que, junto con el respeto hacia la autonomía de unos saberes complejos, aumenten también los controles públicos hacia una actividad que no puede ser juzgada únicamente por quienes la hacen

tribuna Innerarity 10 marzo
Sr. García

Somos muy conscientes de que el conocimiento científico es de vital importancia para resolver los problemas que tiene la humanidad y, al mismo tiempo, sabemos que la ciencia ya no es lo que era, algo de unos pocos, indiscutible, lejano y seguro. Un conjunto de circunstancias ha convertido a la ciencia, más que nunca, en un asunto de todos. La idea de ciudadanía científica es uno de los elementos incluidos en las recientes leyes de la Ciencia y en la de Universidades. ¿A qué se debe esta mutación del conocimiento científico? Podría explicarse esta transformación como el resultado de que cuatro distinciones que han guiado el desarrollo de la ciencia han dejado de ser tan nítidas y rotundas: entre los laboratorios y el mundo, entre el sistema científico y los otros sistemas sociales, entre los expertos y los legos, entre la verdad científica y la opinión pública.

Comencemos con la primera distinción. Muchas técnicas científicas consistían precisamente en aislarse, como muestra la idea tradicional de laboratorio. El científico tradicional trabajaba con modelos y simulaciones que podían ser repetidos y probados de modo seguro. Era posible experimentar previamente con animales, materiales o software. El saber se producía en un lugar concreto y determinado, bajo control, y desde allí se expandía —pasado el tiempo y los requisitos necesarios— al resto del mundo.

Pero el hecho de que el saber científico y el desarrollo tecnológico implique riesgos y nuevas inseguridades significa que se ha desbordado la delimitación entre los laboratorios y el resto del mundo. Nuestras inquietudes proceden de que el laboratorio actual sea todo el planeta, de que, por así decirlo, estamos experimentando con nosotros mismos. Cuando hablamos de energía nuclear, configuración financiera del mundo, organismos genéticamente modificados o uso de determinadas sustancias químicas, apenas se pueden trazar los límites entre la producción metódicamente controlada del conocimiento científico y su aplicación en contextos sociales y ecológicos abiertos. Los experimentos se hacen a escala uno igual a uno, en tiempo real, sin que exista la posibilidad de repetir el experimento, reducirlo o acumular conocimientos acerca de las causas y consecuencias de nuestras acciones.

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Si no hubiera consecuencias secundarias, con procesos reversibles, la ciencia podría contar con la absolución para sus experimentos fracasados, y conforme a estos parámetros se configuró la autonomía de la ciencia y la libertad de investigación. Pero el sistema científico es cada vez más consciente de que ha de anticipar sus efectos sobre un mundo del que ya no está cómodamente separado por la limitación de un ámbito experimental.

La segunda frontera se refiere a que el ideal de autonomía de la ciencia ha venido acompañado por un proceso de separación de la ciencia respecto de la sociedad. Hoy asistimos a una demanda de reintegración de la ciencia en la sociedad, fundamentalmente en el seno de las responsabilidades sociales y políticas que le corresponden.

El incremento de la relevancia social de la ciencia ha venido acompañado por una creciente intervención de la sociedad en la ciencia, algo que exige revisar el tradicional ideal de autorregulación. La ciencia es una actividad que influye en su contexto social pero que también depende de él. Como organización, necesita que se le asignen recursos, en tanto que institución social requiere legitimación. Por eso es muy lógico que, junto con el respeto hacia su autonomía, hayan aumentado también los controles públicos hacia una actividad que no puede ser juzgada únicamente por quienes la hacen. La “ciencia que se regula a sí misma” es, junto con el mito de la autorregulación del sistema económico, el último escándalo de la sociedad democrática (Peter Weingart). De hecho, a partir de los años noventa el contrato social por la ciencia ha sido renegociado y se puede afirmar que hemos pasado de una cultura de la autonomía científica a una cultura de la responsabilidad.

La tercera distinción que se desdibuja en la actual constelación del conocimiento es la que diferenciaba netamente a las personas expertas frente a los demás. En una sociedad del conocimiento la gente posee más capacidades cognitivas. Surgen nuevas organizaciones y grupos de intereses que contribuyen a debilitar la autoridad de los expertos. Lo que en algún momento fue un poder exotérico del saber, ahora es públicamente debatido, controlado y regulado. La democratización de la ciencia no significa abolir la diferencia entre el experto y el que no lo es, sino en politizar esa diferencia. El círculo de quienes pueden y deben valorar la calidad y oportunidad del saber científico para la resolución de determinados problemas es más amplio que el de los expertos de la correspondiente disciplina. Con esto no se quiere decir que haya que votar sobre la verdad de las cuestiones científicas o que todas las opiniones valgan lo mismo, sino que hacemos bien en escuchar a los no expertos, sobre todo cuando la autoridad de los expertos ya no es siempre y en todo unánime e incuestionable.

El discurso de la sociedad del conocimiento se focalizaba en la producción del saber y, por tanto, en los expertos, mientras que el relato de la sociedad del riesgo, al poner el énfasis en los que padecen ese riesgo —consumidores, electores, ciudadanía— sitúa en un plano secundario la distinción entre expertos y no expertos. En cualquier caso, y también por razones epistemológicas, es importante que la ciencia no desacredite los impulsos o irritaciones “de fuera” como ignorancia o histeria. Nuestro gran desafío consiste en cómo llevar a cabo la reintegración social de la ciencia cuando sabemos que están en juego asuntos demasiados importantes como para dejarlos únicamente en manos de los especialistas.

La última distinción que es preciso volver a trazar es la que supone que la verdad científica y la opinión pública son dos cosas absolutamente distintas, lo que modifica también nuestro modelo de transferencia del conocimiento a la sociedad.

La relación entre la ciencia y la sociedad no debe entenderse como la popularización de unas formas de saber entendidas jerárquicamente. Según aquel modelo, el sistema científico producía verdades que eran dadas a conocer a la opinión pública, generalmente como simplificación y vulgarización. El público era más bien pasivo e indiferenciado, incompetente a la hora de juzgar el saber transmitido. El proceso de comunicación discurría en una única dirección. Posibilitar el retorno de “la gente” a la ciencia es algo más que proporcionarle una imagen más cercana, humana o comunicativa, aun cuando esto sea muy importante.

La democracia exige hoy una cierta recuperación de soberanía popular sobre las cosas y los procesos naturales bajo las condiciones de la actual complejidad. Hace tiempo hablaba Hans Magnus Enzensberger de unos “golpistas en el laboratorio” que quieren poderes absolutos y no someter sus decisiones a procesos de deliberación pública. No se trata de cuestionar la validez de la ciencia como hacen los negacionistas sino de corregir esa inexactitud social que muchas veces procede de que una ciencia se impone sobre otras o no somos capaces de interiorizar su impacto en la sociedad. Garantizar el pluralismo en la producción de la ciencia es un combate muy similar al que se libró en otro tiempo contra las monarquías absolutas para dejar de ser súbditos y pasar a codefinir el mundo común.

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