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TRIBUNA
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Un matrimonio de conveniencia: transición ecológica y revolución digital

Nada garantiza que los dos grandes desafíos vayan de la mano. Si lo hacen, se retroalimentarán y fortalecerán; en caso contrario, el resultado puede ser catastrófico

Un matrimonio de conveniencia: transición ecológica y revolución digital. Cristina Monge
EULOGIA MERLE
Cristina Monge

Dos grandes tendencias marcan nuestro tiempo: la transición ecológica y la revolución digital. Tanto es así, que cuando la Unión Europea decidió crecer tras la pandemia, con esa demostración de fuerza que es el programa de Recuperación, Transformación y Resiliencia, lo hizo apostando por una modernización económica entendida como la suma de digitalizar y reverdecer. Nada garantiza, sin embargo, que ambas vayan de la mano. Si lo hacen, se retroalimentarán y fortalecerán; en caso contrario, el resultado puede ser catastrófico.

Habitualmente, la digitalización ha sido considerada una aliada de la sostenibilidad en varios sentidos. En primer lugar, en la medida en que ayuda a desmaterializar y descarbonizar la economía, propiciando el cambio de productos por servicios, lo que abre, además, todo un campo nuevo de desarrollo económico. Por otro lado, la digitalización ayuda a tener más y mejor información, posibilitando así una administración más eficiente en múltiples campos, desde la gestión de la logística hasta la optimización del sistema energético, pasando, por ejemplo, por la movilidad o el desarrollo de las llamadas smart cities (ciudades inteligentes). La digitalización es, además, un factor clave de la innovación, especialmente a través de mecanismos cooperativos como la inteligencia colectiva y la experimentación abierta, imprescindibles para seguir avanzando en sostenibilidad. No es extraño, por tanto, que lo digital y lo verde hayan sido considerados aliados.

Que esta alianza entre ambos vectores lo siga siendo es tan importante que merece la pena trazar el mapa de riesgos para poder afrontarlos y eliminarlos. Aquí empiezan los problemas. Según la Agencia Internacional de la Energía, la digitalización supone hoy ya el consumo del 3% de energía primaria global y el 7% de la electricidad, es responsable de entre el 2% y el 4% de las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el mundo y de entre 15 y 25 millones de CO₂ equivalente, es decir, el doble de las emisiones del transporte aéreo. De no hacer nada para evitarlo, se calcula que las tecnologías digitales en la UE representarán en 2030 el 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero y el 10% del consumo eléctrico.

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Por otro lado, y a la vista de informes como los elaborados por Andrés Ortega y Gregorio Martín para el Real Instituto Elcano y el G-20, en los últimos 50 años el consumo de energía asociado a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) no ha dejado de crecer, dando la razón a la paradoja de Jevons, según la cual el aumento de la eficiencia suele conducir, simultáneamente, a un incremento de las emisiones, debido a que, en este caso, el ahorro energético logrado mediante mejoras tecnológicas en los dispositivos se ve contrarrestado por un mayor uso de las TIC.

A esto hay que unir, además, la utilización de materiales asociados a los dispositivos digitales, con lo que supone de necesidad de minerales, algunos de ellos tierras raras, escasas y de difícil extracción, que se encuentran en la base de numerosos conflictos, algunos incluso armados, en países pobres.

Estos desafíos tienen características propias y diferenciadas en el llamado sur global. Según la Agencia Internacional de la Energía, en 2040 el 70% de la futura demanda de energía provendrá de Estados no pertenecientes a la OCDE, por lo que los países en desarrollo también serán centrales en este tema. El sur global no debe quedarse atrás en la incorporación a la digitalización, y debe hacerlo con los mismos criterios de transición ecológica adaptados a su realidad socioeconómica. También en este caso la transición ecológica ha de ser justa.

La sostenibilidad del planeta no puede permitirse que la digitalización sea un enemigo, porque en tal caso el resultado de la contienda está cantado. Basta pensar que lo ecológico se piensa en términos de transición, mientras que cuando hablamos de lo digital nos referimos a ella como una revolución. La una avanza lentamente, la otra se mueve a velocidad imparable. La primera se quiere hacer de forma ordenada y con justicia social; la segunda puede llevarse todo por delante. Si la disyuntiva es transición ecológica versus revolución digital, está claro quién gana, y quién pierde. Mejor dicho, perdemos todos y todas, los que estamos y los que vendrán.

La relación entre estos dos vectores de cambio es algo que está empezando a estudiarse por foros de expertos y analistas de forma interdisciplinar. Sin ir más lejos, el pasado mes de noviembre Bilbao acogió la novena edición de los Bilbao European Encounters, bajo el título Green Digital Conference, dedicados a este asunto. Decenas de especialistas, procedentes del mundo de la ingeniería, la física, la ciencia de datos, la filosofía, la sociología y la ciencia política, se reunieron para pensar juntos cómo hacer posible lo que ya se denomina la twin transition, que no es sino la alianza de la transición verde y la digital, de forma que ambas se retroalimenten en positivo. Se trata de un reto que une aspectos técnicos con desafíos relacionados con la gobernanza y otros de carácter social y educativo. Dado que ningún instituto de investigación por sí solo, ni ningún área de conocimiento de forma aislada, pueden abordar un reto poliédrico como este, es necesario que el conjunto de saberes piensen juntos de forma transdisciplinar cómo hacer posible la complementariedad y alineación de ambas transformaciones.

La buena noticia es que empiezan a emerger propuestas para que esto sea posible. El encuentro mencionado dio lugar a la Declaración de Bilbao Green Digital, donde se recogen muchas de estas propuestas elaboradas en este y otros encuentros especializados. Algunas se refieren a cuestiones relacionadas con el ámbito tecnológico, como la incorporación de criterios de ecodiseño en el desarrollo e implantación de sistemas digitales o el desarrollo de algoritmos verdes basados en la ciencia de datos y la inteligencia artificial para mejorar la eficiencia energética. No faltan tampoco propuestas que apelan a la educación y que tienen que ver con la alfabetización digital sostenible entre la población, fomentando buenos hábitos de consumo digital, especialmente entre los jóvenes, fuertemente concienciados con la sostenibilidad y la protección del medio ambiente, lo que los convierte en un actor imprescindible en este asunto.

Con todo, las principales recomendaciones apelan a la necesidad de una gobernanza de la revolución digital. Es preciso medir de forma rigurosa y con metodologías fiables y acordadas las emisiones asociadas a toda la digitalización para poder hacer seguimiento de su evolución, evitar la tecnología banal, promover la reutilización de materiales y dispositivos electrónicos en el marco de una “economía digital circular”, así como asociar las energías renovables a los procesos de digitalización. Junto a esto, es imprescindible proteger a los individuos, poblaciones, especies y entornos vulnerables que puedan verse afectados negativamente por la extracción de materias primas para la digitalización y para la producción de energía, garantizando el acceso justo y equitativo a los beneficios y cargas de tales procesos.

Estas son algunas de las claves de una nueva gobernanza que debe incorporar responsabilidades de regulación ambiental al sector digital para garantizar que los dos grandes desafíos, la transición ecológica y la revolución digital, caminen en la misma dirección creando sinergias positivas que permitan maximizar su impacto y acelerar los cambios.

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Sobre la firma

Cristina Monge
Imparte clases de sociología en la Universidad de Zaragoza e investiga los retos de la calidad de la democracia y la gobernanza para la transición ecológica. Analista política en EL PAÍS, es autora, entre otros, de 15M: Un movimiento político para democratizar la sociedad y co-editora de la colección “Más cultura política, más democracia”.

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