editorial
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Venezuela negocia

El régimen de Maduro accede a reanudar en México conversaciones con la oposición en un clima favorable

Mesa de la negociación en México entre el Gobierno de Venezuela y la Plataforma Unitaria de Venezuela, en septiembre de 2021.
Mesa de la negociación en México entre el Gobierno de Venezuela y la Plataforma Unitaria de Venezuela, en septiembre de 2021.Embajada de Noruega en México.

El Gobierno de Venezuela y la oposición tienen previsto retomar este fin de semana en México las negociaciones que llevan paradas casi un año. Es una señal que invita al optimismo, toda vez que solo mediante el diálogo el país podrá salir del atolladero en el que se encuentra desde hace años. La convulsa coyuntura internacional tras la agresión rusa a Ucrania, los cambios recientes de gobiernos a la izquierda en América Latina, así como el impulso de la Administración de Estados Unidos, han hecho más propicio el escenario para rubricar nuevos acuerdos. En los últimos días, se ha conocido también el respaldo al diálogo por parte del ministro español de Exteriores, José Manuel Albares.

El Gobierno y la oposición llegan a la capital mexicana con gran parte del trabajo hecho. Como ha de ser en unas negociaciones como estas, las conversaciones previas a cualquier pacto se han sucedido de forma discreta, acaso por primera vez en los últimos años. Se han evitado las continuas acusaciones y la exhibición de unas diferencias que, por otro lado, son archiconocidas. Así, llegan a la cita de la capital mexicana prácticamente para exhibir al público el acuerdo alcanzado ya, o al menos en estado muy avanzado. Puede entenderse también como gesto con los anfitriones, que apostaron fuerte por estas conversaciones y se llevaron un jarro de agua fría cuando el chavismo decidió levantarse de la mesa tras la extradición de Alex Saab, el supuesto testaferro de Nicolás Maduro.

El alcance social de los acuerdos es también relevante. Se prevé la creación de un gran fondo de miles de millones de dólares que ayude a mitigar la crisis de subsistencia que asola desde hace más de un lustro a Venezuela. A falta de conocer los detalles del mismo y cómo será gestionado, la expectativa favorable es en sí misma positiva. En otro plano de análisis, la oposición no pone la situación política en primer plano y el Gobierno, pese a los eufemismos lingüísticos, termina por aceptar una crisis que han estado negando a toda costa. Lo más importante es que será la población que ha sufrido la debacle directamente la que se beneficie de las mejoras previstas y aun sin concretar en el sistema sanitario o energético.

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La vuelta formal de las conversaciones se ha dado también gracias a que, en paralelo a esta negociación, han cambiado las relaciones entre el chavismo y Estados Unidos. Es la Administración de Joe Biden quien puede rebajar las sanciones económicas impuestas a los jerarcas del chavismo. Además, tiene en sus manos facilitar la vuelta de Venezuela al mercado internacional del petróleo, algo que, por otra parte, le conviene sobremanera a Estados Unidos, en la medida en que la guerra en Ucrania ha desatado una crisis energética mundial y alejará a Venezuela de alianzas con Rusia, Irán o Turquía.

Las expectativas son favorables, pero solo son eso: señales, y aún insuficientes. La salida a la crisis de Venezuela no llegará hasta que en el país sudamericano las garantías políticas alcancen a todos los actores, la justicia lo sea de forma integral y se ponga fin a la persecución de quienes no piensan como Maduro y sus aliados, en un país que ha vivido un éxodo en los últimos años de más de siete millones de habitantes. El único camino para llegar a ese punto democratizador es el diálogo y la negociación sin claudicaciones ni la intransigencia de otros tiempos.

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