editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

El futuro de Ciudadanos

El partido liberal vive una etapa convulsa que condicionará su supervivencia como opción política reconocible

La líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas, el pasado 25 de agosto en el Congreso.
La líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas, el pasado 25 de agosto en el Congreso.MARISCAL (EFE)

El proceso de reflexión que la actual dirección de Ciudadanos ha impulsado durante el verano sobre el futuro del partido acaba de ser cuestionado desde dentro por un significativo grupo de afiliados discrepantes. El manifiesto que han hecho público cargos orgánicos y diputados autonómicos de Ciudadanos pide la dimisión de Inés Arrimadas, reclama a la actual dirección la convocatoria de una asamblea extraordinaria y acelerar el proceso de refundación para llegar en las mejores condiciones a las elecciones municipales y autonómicas de mayo. Arrimadas había apostado por un grupo reducido de ocho personas para pilotar el proceso que debería conducir a un cónclave en enero para debatir las propuestas de los afiliados. El acuerdo de confidencialidad que tuvieron que firmar los ocho ha impedido a otros miembros de la Ejecutiva conocer sus trabajos y ha generado nuevas tensiones. La rebelión interna conocida este domingo pone en riesgo esos planes y delata de forma muy directa la explosiva situación que vive el partido.

La etapa de hiperliderazgo que protagonizó Albert Rivera entre 2015 y 2019 condujo al partido a velocidad récord del cielo al infierno. La vocación regeneradora de la política y el antinacionalismo catalán de Ciudadanos como banderas políticas fueron reclamos eficaces entre profesionales liberales jóvenes y clases medias urbanas, en el contexto de un Partido Popular acosado por numerosos casos de corrupción. El excelente resultado de las elecciones generales de abril de 2019, con 57 diputados (desde los 32 de 2016), fue, sin embargo, el origen de la futura debacle al no percibir su electorado la utilidad del partido, incapaz de culminar un gobierno de coalición con el partido socialista de Pedro Sánchez. En las elecciones de noviembre de ese año, Ciudadanos quedó reducido a 10 escaños (hoy, nueve) en el Congreso de los Diputados, en buena medida también por la bunquerización de su líder, de acuerdo con el testimonio público de algunos de sus dirigentes entonces más próximos. El intento de asaltar el liderazgo del PP en la derecha con un discurso agresivo y muy centrado en la desautorización sistemática del Gobierno de Pedro Sánchez, arruinó electoralmente a un partido que sufrió después una OPA hostil del partido conservador, a través de múltiples frentes, incluida la captación de cuadros del partido y maniobras de dudosa ejemplaridad. Desde entonces, y bajo el liderazgo de Inés Arrimadas, el partido no ha vuelto a levantar cabeza. La prueba decisiva de supervivencia, y puede que la última, estará en las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2023, tras haber tocado fondo en las autonómicas de febrero en Castilla y León (perdió 11 de sus 12 escaños) y, decididamente, en las andaluzas del 19 de junio, en las que perdió los 21 diputados obtenidos en 2018 y salió del Parlamento.

El mapa político europeo es aleccionador sobre las distintas funciones que puede desempeñar el centro político en sistemas parlamentarios fragmentados. La actual coalición alemana entre socialdemócratas, verdes y liberales es una buena muestra de ello. La combustión de Ciudadanos por la mezcla de errores propios, cálculos equivocados y fuego enemigo, sobre todo desde el PP, podría ser irreversible, como muchos analistas pronostican, pero ese espacio sociológico existe. El liberalismo político en la tradición europea tiene una sólida trayectoria en partidos que funcionan como bisagra —el mundo anglosajón los conoce con la brillante fórmula de kingmakers— para decantar mayorías y buscar acuerdos de gobernabilidad. En la práctica, sin embargo, Ciudadanos ha estado lejos del partido de centro que pudiera desempeñar ese papel desde posiciones liberales y casi siempre acabó escorándose del mismo lado, hasta llegar a ser percibido como muleta del PP. Dijo ser de centro, pero actuó casi siempre en la derecha. Sigue vacante en la política española el papel de un partido capaz de negociar a derecha e izquierda acuerdos legislativos o políticos, con entidad propia, convicción ideológica y una comunicación política que haga creíble su capacidad de maniobra y mediación para el bien común.

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