Columna
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Pequeñas grandes esperanzas

No deberíamos exigirle a la política nada más, ni nada menos, de lo que nos puede dar: menos seguridad e intransigencia, y más diálogo y más pactos

El hemiciclo del Congreso, el 12 de julio durante la primera jornada del debate sobre el estado de la nación.
El hemiciclo del Congreso, el 12 de julio durante la primera jornada del debate sobre el estado de la nación.Europa Press

En matemáticas, uno más uno son dos. En la realidad, un león y un cordero no dan dos animales. O al menos no por mucho tiempo. El conocimiento no es un país homogéneo, sino una confederación de regiones con costumbres y leyes diferentes. Las verdades de la ciencia aspiran a la univocidad; las de la poesía se basan en la polisemia; las de la filosofía avanzan hacia atrás como los árbitros; y las de la política son pragmáticas e incompletas. Ninguna de estas formas de conocimiento es superior a las demás, sino que todas ellas sirven, a su manera, al deseo de comprender y potenciar la vida.

El equilibrio entre las diferentes regiones cognoscitivas no siempre es fácil. A veces se producen choques entre ellas. Tras ser elegido alcalde de Chitry, Jules Renard dijo: “Como alcalde, soy responsable del mantenimiento de las carreteras rurales; como poeta, prefiriría que las descuidaran”. Otras veces, alguna de las regiones intenta colonizar a las demás con su lógica particular. Pero, por mucho que un economista sepa de economía, nunca estará más capacitado que otro ciudadano para tomar decisiones políticas. Al menos no en tanto que economista. Ni un médico para tomar decisiones morales. Ni un filósofo para diseñar la república ideal. Ni un poeta para expresar la voluntad del pueblo.

El problema es que, en las últimas décadas, la política ha tendido a disfrazar sus decisiones, legítimamente pragmáticas e incompletas, bajo el manto de la ciencia de la economía (o de una versión ideológica de la economía que ha permitido que la mano invisible del mercado nos dé una bofetada nunca vista). Todo lo cual nos ha acostumbrado a esperar de la política una seguridad y una pureza que esta no puede dar, pues el suyo es el ámbito de la ambigüedad, el diálogo y la concesión.

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No es cierto, pues, que todos los políticos sean mentirosos o cínicos (aunque algunos lo sean, como algunos ciudadanos lo son), sino que nos hemos acostumbrado a juzgarlos con unos criterios inadecuados. Pues ceder, conceder o pactar, no es cinismo, sino democracia. Mientras tanto, la decepción que nos provocan las grandes esperanzas que nos hemos acostumbrado a depositar en la política (a la que paradójicamente minusvaloramos porque la sobrevaloramos) agravan la desafección política y la sensación de crisis moral. Como diría Borges: “A la desaforada esperanza sucedió, como es natural, una depresión excesiva”. No deberíamos exigirle a la política nada más, ni nada menos, de lo que esta nos puede dar. Esto es: menos seguridad e intransigencia, y más diálogo y más pactos. Son pequeñas grandes esperanzas.

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