OBITUARIO
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Emilio Ontiveros y el círculo virtuoso

El economista fallecido siempre fue ese catedrático afable, animoso, emprendedor, y sobre todo, dispuesto a admirar los aciertos del trabajo ajeno antes que a censurar los errores

Emilio Ontiveros, en una fotografía de junio de 2016.
Emilio Ontiveros, en una fotografía de junio de 2016.MARIANO CIEZA (EFE)

La muerte de Emilio Ontiveros suma un nuevo indicio a la sensación de que una época del periodismo en España está acabando: la época en la que, coincidiendo con los inicios de la Transición, no sólo los periódicos supieron contar con profesionales de todos los ámbitos, sino que también esos profesionales se sintieron obligados a acudir a la llamada de los periódicos como expresión de un deber cívico. No era el ruido ni la consigna lo que debía imponerse, según ha llegado a ser la norma en estos días, sino el rigor en los datos, la congruencia de los argumentos y una capacidad de síntesis que hiciera comprensibles para los lectores y para los oyentes —para los ciudadanos, en definitiva— el análisis de los problemas a los que se enfrentaba el país en un momento crucial, y las posibles soluciones. Este fue el caso de Emilio Ontiveros, quien encontró en el diario EL PAÍS y en la Cadena SER una prolongación natural de las aulas de la Universidad Autónoma de Madrid, donde ejerció como catedrático de Economía de la Empresa y donde además, hace cuatro décadas, fue vicerrector de una de las áreas con mayor contacto con los alumnos.

De Emilio Ontiveros se conocen, sobre todo, sus análisis económicos en los medios de comunicación. En los ámbitos especializados, por su parte, se sabe de sus publicaciones académicas y de su influencia en los círculos de decisión empresariales y políticos. Una posición, esta última, que se ganó tanto por su generosa disponibilidad personal para atender cualquier petición de consejo a lo largo de los años como por haber formado en la Universidad y en su propia consultora a muchos de los economistas que han ocupado cargos de responsabilidad. Lo que tal vez no se conoce tanto es la labor que Emilio Ontiveros desempeñó como vicerrector, tal vez porque ha pasado mucho tiempo o porque, simplemente, no estuvo tan vinculada a la economía como su actividad posterior.

Al poco de ser elegido para el cargo, Emilio Ontiveros convocó a un grupo de alumnos para convencerlos de que participaran en un proyecto del que habló con entusiasmo. Se trataba de un periódico universitario, a través del cual proponía canalizar las críticas a un sistema entonces todavía pendiente de reforma tras la salida del franquismo y, por supuesto, a la gestión del equipo rectoral del que él mismo formaba parte. Entre los alumnos que asistieron a la reunión, recuerdo sobre todo a Belén Gopegui, tal vez porque, aparte de coincidir en las aulas de la Facultad de Derecho, el artículo que publicó en el primer número del periódico revelaba una sensibilidad literaria fuera de lo común, luego confirmada en sus novelas de mayor éxito. En aquellos tiempos convulsos de la Universidad y del país, Belén Gopegui supo convertir una original descripción de los cristales de las ventanas de la universidad en una reflexión comprometida sobre las preocupaciones de la sociedad en que vivíamos.

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Una de las primeras personas en advertir aquel talento, como también el de otros futuros escritores, entonces simples universitarios con una poderosa vocación literaria, fue Emilio Ontiveros, que hizo cuanto estuvo en su mano para abrirles camino. Al volverlo a encontrar años después en el consejo editorial del diario EL PAÍS y del Grupo Prisa, resultaba difícil no evocar aquella remota escena en su despacho de vicerrector, e imaginar que se cerraba un círculo virtuoso, como suelen decir los economistas. Entre otras razones porque en él nada había cambiado: seguía siendo aquel catedrático afable, animoso, emprendedor, y sobre todo, siempre dispuesto a admirar los aciertos del trabajo ajeno antes que a censurar los errores. Por bonhomía, sin duda, pero también por una singular manera de entender el deber cívico.


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