Ofensiva de Rusia a Ucrania
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Un BRIC es invulnerable a las sanciones

¿Rusia aislada? Debe de ser una broma. O una percepción megalómana del Occidente trasatlántico en el siglo XXI

Vladímir Putin, en una reunión virtual de los países BRICS en noviembre de 2020.
Vladímir Putin, en una reunión virtual de los países BRICS en noviembre de 2020.SPUTNIK (Reuters)

¿Se acuerdan de los BRICS? El acrónimo hacía referencia a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que allá por principios de los 2000 eran consideradas las cinco grandes economías emergentes. Lo que las cuatro que no son Rusia tienen en común actualmente es que no le han impuesto sanciones. No son sus aliadas estratégicas, pero, como muchos otros países del mundo, van a seguir comerciando con ella.

Por otro lado, Occidente ha hecho la mayor apuesta en la historia de la guerra económica. Hemos congelado los activos del Banco Central ruso. Llamémoslo una operación económica especial. Pero no lo hemos pensado bien. Que un banco central congele los activos de otro banco central no es poca cosa. Desde el punto de vista económico, lo que esto significa es que todo el Occidente trasatlántico ha dejado de reembolsar nuestro activo más importante: el dinero por decreto. Las reservas del Banco Central ruso eran ganancias de ventas legítimas, en su mayoría a Occidente. Los tribunales pueden congelar los activos si se han obtenido ilegalmente, pero este no es el caso. Rusia viola el derecho internacional con la invasión de Ucrania, pero las cuentas de su banco central en el extranjero son legales.

Con esta sanción hemos hecho todo lo siguiente: socavar la confianza en el dólar estadounidense como principal moneda de reserva del mundo; frustrar cualquier desafío que pudiera plantear el euro; reducir la solvencia de nuestros bancos centrales; animar a China y a Rusia a eludir la infraestructura financiera occidental, y convertir el bitcoin en una moneda de transacción alternativa muy respetable. Por lo menos, el blockchain no va a dejar de pagarte.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Vladímir Putin está jugando el juego con inteligencia. Afirma que Rusia respetará sus contratos y sus obligaciones internacionales. No va a suspender pagos. Seguirá suministrando gas, como hizo en las guerras anteriores. Por supuesto, Europa hace bien en aspirar a una mayor independencia de la energía rusa. La otra cara de la moneda es que Rusia también se está volviendo más independiente de Occidente. Incluso sin él, una Rusia rica en materias primas tiene muchos mercados a su disposición. China seguirá siendo un socio comercial sólido. También lo serán India, Pakistán e Indonesia. Y, por supuesto, Sudáfrica y Brasil, al igual que la mayor parte de África y Latinoamérica. ¿Rusia aislada? Debe de ser una broma. O una percepción megalómana del Occidente trasatlántico en el siglo XXI.

Ahora pensemos en lo que los chinos van a hacer con nuestras sanciones. El Gobierno chino sabe que su importante exposición a los activos estadounidenses también representa un riesgo. Lo que ha hecho Estados Unidos al presidente Putin por Ucrania también puede hacérselo al presidente Xi Jinping por los uigures. El proceso de desdolarización llevará tiempo. China solo podrá salir del mercado del tesoro estadounidense con el tiempo. Pero China nunca tiene prisa.

La consecuencia directa de estas decisiones es que hemos convertido el dólar y el euro, y todo lo que esté denominado en estas monedas, en activos de riesgo de facto. La probabilidad de impago de un activo denominado en dólares o en euros ya no puede cifrarse en cero de manera creíble. Con una sola decisión, hemos creado un riesgo de cola.

Por supuesto, ninguna agencia de calificación de riesgo del mundo reconocería la congelación de los activos de un banco central como un impago formal. Como es lógico, no van a rebajar toda la economía de Estados Unidos a la condición de basura. Nadie les pagaría unos honorarios por ello. La congelación de los activos de los bancos centrales tampoco tendrá como efecto colateral permutas de incumplimiento, un instrumento financiero que constituye una forma de seguro de impago.

Entonces, si esto no se clasifica como incumplimiento en un sentido legal, ¿qué clase de incumplimiento es? Pensemos en ello como el incumplimiento de la promesa más importante del dinero: permitir a sus titulares realizar transacciones legales. Desde luego, los gobiernos y los bancos centrales tienen otras maneras de devaluar el dinero, por ejemplo, mediante la inflación. Sin embargo, contra la inflación es posible cubrirse, mientras que contra la congelación de cuentas no hay cobertura posible.

Ya les oigo decir que quizá valga la pena pagar este precio para impedir a un dictador que haga la guerra. Por desgracia, no. Europa sigue pagando a Putin cerca de 800 millones de euros diarios a cambio de petróleo y gas. Como expliqué la semana pasada, un embargo del petróleo y el gas es una sanción que habría tenido consecuencias a corto plazo, y habría limitado considerablemente la capacidad de Putin de reponer las reservas militares que está utilizando ahora. Occidente optó por las sanciones al Banco Central porque eran las que le planteaban menos problemas a corto plazo, pero lo hizo sin tener en cuenta las consecuencias a la larga.

Hemos recurrido al único método de resolución de problemas que conocemos: echar balones fuera. Hasta que damos contra una pared.

50% de descuento

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites
Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS