tribuna
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El binomio educación-libertad

Necesitamos que los gobiernos inviertan en formación, una condición necesaria (aunque no suficiente) para que cualquier ciudadano pueda elegir qué decisiones vitales toma

Votación de la ley de Educación autonómica, en el Parlament de las Islas Baleares el 22 de febrero de 2022.
Votación de la ley de Educación autonómica, en el Parlament de las Islas Baleares el 22 de febrero de 2022.Isaac Buj (Europa Press)

Que la educación es un recurso fundamental para la ciudadanía es algo indiscutible. Como decían nuestras abuelas: “la educación es vuestro porvenir porque os hace libres, sobre todo a las mujeres”. Es una valiosa herramienta para el acceso al mundo de la política: sabemos que las personas con niveles de educación más bajos votan en menor proporción y se implican menos en formas de participación política que vayan más allá de acudir a las urnas cada cierto tiempo.

De entre los efectos que la educación tiene en la vida de la gente quiero reflexionar sobre uno de tintes filosóficos y que está bastante de moda: la libertad. En tiempos pandémicos, cuando los gobiernos se han visto obligados a adoptar normativa excepcional que supone imponer límites a la libertad de las personas (como, por ejemplo, las medidas de aislamiento o las restricciones de movilidad), muchos políticos de partidos conservadores y, sobre todo, los de extrema derecha han encontrado el eslogan que pone título a sus críticas y reproches al gobierno: “Nos están privando de nuestra libertad”.

Sin embargo, la apropiación del concepto de libertad por parte de los políticos conservadores supone un empobrecimiento cuando no un vaciado de contenido del concepto en sí mismo. Nadie puede discutir que la libertad es un derecho humano básico, que se define como la facultad que tenemos las personas para elegir de manera responsable nuestra forma de actuar en la sociedad. Si nos atenemos a esta definición y consideramos sus implicaciones, la libertad no es (ni mucho menos) monopolio del liberalismo conservador.

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Nos lo explica Lea Ypi en su libro Free: Coming of Age at the End of History donde relata su infancia y aprendizaje de los valores socialistas en la escuela de un pueblo costero de la Albania hoxaísta. Un proceso de aprendizaje lleno de contradicciones por las peculiaridades biográficas de la protagonista. También rememora su experiencia personal del proceso de transición al liberalismo económico que Albania sufrió a finales de los años noventa en manos de políticos irresponsables. Transición que derivó en los trágicos meses de violencia y caos de 1997, tras una estafa masiva dirigida por una élite ávida de enriquecerse velozmente que dejó en banca rota a cerca de dos tercios de la población albana, provocando un éxodo masivo hacia Europa, principalmente a Italia.

Las vivencias de Ypi aportan un soplo de aire fresco respecto al vaciado de contenido que la palabra libertad ha sufrido en boca de algunos dirigentes políticos conservadores. Preguntándose qué es ser libre desde la inocencia de una niña de 11 años que va creciendo a lo largo de los capítulos, Ypi nos plantea una interesante reflexión filosófica sobre la naturaleza de la libertad, más allá de los discursos triunfalistas sobre el liberalismo o de la nostalgia socialista.

Ypi también aporta para el debate un cierto escepticismo respecto a las supuestas ventajas de la libertad que a menudo vociferan en sus eslóganes los líderes conservadores de todo el mundo. Las reflexiones que la autora hace al hilo de sus vivencias personales nos sugieren que los límites a la libertad no solo se producen cuando una norma nos prohíbe hacer una determinada cosa, o nos indica cómo tenemos que comportarnos o incluso a dónde podemos ir, como ha ocurrido durante los momentos más graves de la actual pandemia. También es tremendamente opresiva una sociedad en la que (en teoría) cualquier persona puede llegar tan lejos como quiera, independientemente de su biografía, pero en la práctica no puede progresar porque dicha sociedad está plagada de obstáculos estructurales que se lo impiden. Como, por ejemplo, nacer en una familia de clase baja, o en una región despoblada en la que no hay carreteras ni hospitales o ser víctima de una enfermedad crónica por culpa de la lotería genética.

A quienes se les llena la boca con la palabra libertad, habría que recordarles que la libertad es un concepto universal. La libertad no es solo poder hacer “lo que te da la gana” y cuando “te da la gana” sin dar explicaciones a nadie. La libertad es algo más profundo. Se conquista paso a paso, trabajando por derribar los obstáculos estructurales que impiden sistemáticamente a la gente prosperar. Estableciendo las condiciones que permiten a la ciudadanía florecer aprovechando su potencial al máximo, y contando con las herramientas adecuadas para adaptarse a las circunstancias cambiantes en un mundo globalizado. Una libertad a la que cualquier proyecto de futuro progresista debería aspirar y debería reivindicar sin complejos.

La educación no solo nos conduce de la mano hacia el camino que lleva a la libertad en el sentido más profundo del término, sino que constituye una condición necesaria (aunque no suficiente) para que cualquier ciudadano pueda tomar sus decisiones vitales con libertad. Es por eso que hoy, más que nunca, necesitamos que los gobiernos inviertan en educación. Porque la educación nos hace libres y es el porvenir de nuestras hijas e hijos.

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