Columna
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‘Electoansiedad’

Si nos creemos eso de que la democracia es algo más que votar cada cierto tiempo, convendremos que la conversación pública será más útil si conseguimos centrarnos en lo que realmente ocurre

Fatima Hamed Hossain, Mónica Oltra, Yolanda Díaz, Mónica García y Ada Colau (desde la izquierda), en un acto en Valencia el 13 de noviembre.
Fatima Hamed Hossain, Mónica Oltra, Yolanda Díaz, Mónica García y Ada Colau (desde la izquierda), en un acto en Valencia el 13 de noviembre.Mònica Torres

Suele olvidarse que la política es aquello que se hace entre dos noches electorales, tras comprobar el reparto de opciones de poder que le ha correspondido a cada cual según las preferencias de los votantes. De ahí que las urnas sean imprescindibles, pero no lo son todo. Sin embargo, la obsesión electoral, unida a la velocidad de los acontecimientos y las cámaras de eco que son las redes sociales pueden acabar construyendo una caverna donde las sombras lo sean de nuestras cábalas y no de la realidad.

En España, esa obsesión es, en parte, consecuencia del marco impuesto por la derecha al declarar desde el primer día “ilegítimo” al Gobierno de coalición hasta conseguir crear un estado de ánimo preelectoral permanente. Si hace dos años aseguraba que el Ejecutivo ni siquiera aprobaría unos Presupuestos —estamos a punto de tener los segundos—, desde entonces, pandemia incluida, su discurso no cesa de reclamar la disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevos comicios. Obviamente, que la oposición lo exija no significa que el Gobierno dimita, pero el triunfo de ese marco tiene un carácter performativo, es decir, es capaz de cambiar la percepción y, por tanto, la valoración del electorado. Así, la conversación pública interpreta ya las encuestas como escrutinios, cuando no hay ni convocatorias, ni candidaturas ni nada que se le parezca.

La electoansiedad se proyecta también a las Comunidades Autónomas. Tras meses de rumores sobre posibles adelantos electorales en Andalucía o Castilla y León, se han multiplicado las especulaciones sobre las repercusiones de unos resultados cuyas elecciones no están ni convocadas.

Los anuncios de nuevas candidaturas no quedan al margen de este fenómeno. La plataforma que quiere liderar Yolanda Díaz excita más los cálculos de posibles damnificados electorales que el análisis sobre la oportunidad y coherencia del proyecto, lo que pueda aportar de novedoso, o su capacidad de conectar con la sociedad. Como si el éxito de este proyecto no dependiera de cuestiones claves como la reforma laboral o cómo se gestiona la conflictividad social que acompaña a esta fase de la pandemia.

Parecida situación se da cuando las organizaciones ciudadanas de la “España vacía” se plantean concurrir a las próximas legislativas. En lugar de analizar qué ha fallado en el sistema para que una parte importante de la población se sienta abandonada, nos apresuramos a hacer simulaciones electorales y especulaciones sobre a quién apoyarían para formar gobierno en un escenario de fragmentación parlamentaria donde unos cuantos diputados serían decisivos.

No seré yo quien reste importancia al momentum electoral ni quien renuncie al morbo de la política-ficción, pero si nos creemos eso de que la democracia es algo más que votar cada cierto tiempo, convendremos que la conversación pública será más útil si conseguimos aplacar la electoansiedad y nos centramos en lo que realmente ocurre. Como si fuera poco.

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Sobre la firma

Cristina Monge

Imparte clases de sociología en la Universidad de Zaragoza e investiga los retos de la calidad de la democracia y la gobernanza para la transición ecológica. Analista política en EL PAÍS, es autora, entre otros, de 15M: Un movimiento político para democratizar la sociedad y co-editora de la colección “Más cultura política, más democracia”.

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