Columna
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‘Fulanocracia’

Unos consideran adecuado que quienes triunfan profesionalmente ganen más que un trabajador raso. Otros entendemos que el empeño y el talento se tienen que premiar, pero de forma más modesta

Varias personas pasean por la zona financiera de las cuatro torres en Madrid.
Varias personas pasean por la zona financiera de las cuatro torres en Madrid.Samuel Sanchez

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La meta más elevada para una persona dedicada a la ciencia y la filosofía es buscar la claridad conceptual. Tratar de usar conceptos inequívocos, que vemos por la calle o dibujamos nítidamente en nuestra cabeza, y huir de los confusos. Hablar más de individuos que de “clases” o “estructuras”, de cargos concretos que de “poder”, de una ideología determinada que de “populismo”. Es difícil, porque la vaguedad es la mayor tentación del intelectual. Mi propuesta “democratiza” tal cosa, suele decir el de izquierdas. Lo tuyo va contra la “libertad”, insiste el de derechas.

Uno de los términos más borrosos al que nos enfrentamos hoy es la meritocracia. Los progresistas la han convertido en la diana contra la que lanzan todos sus dardos anticapitalistas: el ideal de la meritocracia justifica la desigualdad y conduce al rencor, aseveran. Y los liberales enarbolan la bandera de la meritocracia como única garantía frente a los privilegios, heredados de los padres o concedidos por el gobierno.

La mayoría de ciudadanos coincidimos en lo básico, pero la polvareda levantada por el uso de una palabra tan imprecisa nos lo impide ver. El término meritocracia mezcla maliciosamente un mecanismo para regular la competición en una sociedad (el mérito) con un resultado particular de esa pugna: que el ganador se quede con todo.

Este segundo aspecto, la cuantía de la recompensa al vencedor, es discutible. Unos consideran adecuado que los médicos, directivos y demás personas, afortunadas y esforzadas, que triunfan profesionalmente ganen 10, 100 o 1000 veces más que un trabajador raso. Otros muchos, seguramente los más, entendemos que el empeño y el talento se tienen que premiar, pero de forma más modesta, evitando desigualdades lacerantes y sosteniendo la cohesión social, amén de la igualdad de oportunidades —imposible de conseguir si los hijos de unas familias tienen infinidad de recursos más que los de otras—.

Pero eso no implica que no queramos meritocracia en la competición. Lo que define una carrera como meritocrática no es que el primero gane un Porsche o una sandía, sino que venza el mejor. La alternativa al mérito —que terceras personas decidan que el beneficiado de una subvención o un ascenso laboral es el fulano que les cae simpático— es siempre más injusta. La meritocracia puede ser amarga, pero la fulanocracia es peor. @VictorLapuente

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