Columna
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España como tragedia

Cada semana, la comparecencia del Gobierno en el Parlamento para dar cuentas de su gestión se ha convertido en un combate verbal que nada tiene que envidiar al de los dos hermanos de Antígona

El líder del PP, Pablo Casado, durante una sesión de control al Gobierno en el Congreso.
El líder del PP, Pablo Casado, durante una sesión de control al Gobierno en el Congreso.Emilio Naranjo (EFE)
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Mientras en los jardines de la Residencia de Estudiantes de Madrid, ese templo de la cultura española y universal (Lorca, Dalí, Buñuel, tantos otros), asistía a la representación de Antígona, pensaba en la vigencia de esa obra escrita ya hace 2.500 años y en sus paralelismos con la política española de estos tiempos, tan dada al dramatismo y a los excesos verbales y a las exageraciones. En la obra de Sófocles los excesos verbales y las exageraciones no son tales, son la consideración de la vida y sus pasiones que se tenía cuando se escribió, y el dramatismo va implícito en un género, la tragedia, de la que el autor de Antígona fue el principal autor de su tiempo, pero en la política española solo se sostienen por la voluntad de algunos políticos de dramatizarlo todo, haya o no razones para ello.

Cada semana, desde hace ya algún tiempo, la comparecencia del Gobierno en el Parlamento para dar cuentas de su gestión, algo a lo que está obligado por ley, se ha convertido en un combate verbal que nada tiene que envidiar al de los dos hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, al comienzo de la obra ni al que librarán luego físicamente ante las murallas de Tebas delante de todos sus compatriotas. Cierto que en el Parlamento español, por fortuna, la sangre de verdad no corre (aunque a más de uno le gustaría, me temo), pero las puñaladas dialécticas, la agresividad verbal y las descalificaciones personales del contrario podrían entrar muy bien en la categoría de tragedia griega tal es el desasosiego que nos producen a quienes las escuchamos por la televisión o las leemos después en la prensa escrita sin dar crédito a veces a nuestros ojos y nuestros oídos. El discurso del líder de la oposición de esta semana, por ejemplo, en respuesta a los indultos a los independentistas catalanes presos por parte del Gobierno fue —al margen de que se esté de acuerdo o no con su posición— más propio de un personaje de ópera trágica que de un político moderno y actual, tal era su sobreactuación, mientras que el del líder de la ultraderecha parecía directamente sacado de la mitología griega: la ira de los dioses, la traición, la patria sin honor, la sangre derramada inútilmente, la vergüenza... Bastaba cerrar los ojos para escuchar en la televisión a Antígona o a cualquiera de los personajes de su tragedia en lugar de a unos políticos del siglo XXI cuya misión consiste en procurar la normal convivencia y el progreso de sus compatriotas; unos compatriotas que lo que quieren salvo excepciones es cobrar su pensión de jubilación o su sueldo cada mes, que los servicios del país funcionen, que sus infraestructuras sean suficientes y que les dejen en paz. Vamos, lo que esperan de sus políticos todos los europeos, hartos ya de discursos y de dramatizaciones después de tanta tragedia vivida en el siglo XX. Pero en España parece que tampoco en esto somos europeos del todo. Después de décadas de relativa calma, nuestro famoso sentimiento trágico de la vida ha vuelto a aflorar y aquí estamos, como Antígona, maldiciendo nuestra situación en una sobreactuación teatral que es más patética que creíble por más que pretendan los que la protagonizan. Por mucho que se empeñen, España no es una tragedia griega sino un país democrático y europeo con los mismos problemas o parecidos que los demás.

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