Editorial
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Murcia: racismo creciente contra los inmigrantes

Los ataques xenófobos en la región deben desatar la alarma ante el odio

Velas en recuerdo de Younes Bilal, asesinado el pasado 13 de junio, en Mazarrón (Murcia).
Velas en recuerdo de Younes Bilal, asesinado el pasado 13 de junio, en Mazarrón (Murcia).Pedro Martínez

Los ataques racistas que se han producido en los últimos días en la región de Murcia —en un ambiente marcado por el discurso intolerante y discriminatorio del partido más votado en las últimas elecciones generales en esta comunidad, Vox— es motivo de inquietud. Durante décadas, España ha brillado por su capacidad para la acogida y convivencia con millones de inmigrantes llegados desde orígenes muy diversos al calor del crecimiento económico de años pasados. En poco tiempo, la población extranjera pasó del 2% en 1990, por ejemplo, a casi un 13% en 2019, con la presencia de más de seis millones de personas procedentes sobre todo de Marruecos, Rumania y Ecuador. Trabajadores que han contribuido a ese desarrollo económico y desempeñado empleos con sueldos y condiciones por debajo de lo que los autóctonos estaban dispuestos a aceptar. Esa realidad ha permitido a España convertirse en un país abierto, dinámico y moderno en el que a lo largo de los años apenas se registraron incidentes relevantes.

En las últimas semanas, sin embargo, varios ataques con tintes racistas se han sucedido en Murcia, en una secuencia que debería desatar todas las alarmas en lo nacional: Momoun Koutaibi, mecánico marroquí, está en coma desde el 5 de junio tras ser golpeado con una barra de hierro en Alhama de Murcia. Según los testimonios, había conseguido el trabajo que el agresor, español, también pretendía. El también marroquí Younes Bilal fue asesinado el 13 de junio por un exmilitar retirado al grito de “moro de mierda”. Ocurrió en Mazarrón. Tres días después, una mujer española apuñaló a una latinoamericana en la cola de Cáritas en Cartagena tras reprocharle que los “sudacas” vinieran a quedarse con su comida. Y otro marroquí fue apuñalado el 22 de junio en Cartagena, aunque en este caso aún no se ha establecido la conexión racista. Estos episodios se producen meses después de otros preocupantes incidentes de corte xenófobo que se registraron en Canarias en un periodo de alto nivel de llegada de inmigrantes.

Los atacantes han utilizado y repetido el patrón de los discursos antiinmigración que aflora sin escrúpulos en la política —recuérdese el lamentable cartel de Vox en contra de los menores no acompañados en la campaña de Madrid— y que enfrentan a las clases vulnerables más perjudicadas por la crisis con los inmigrantes —igualmente vulnerables—. Los crecientes ataques encajan, además, con un aumento de los delitos de odio que el Ministerio del Interior ha registrado en la nación, especialmente los relacionados con el racismo y la xenofobia. Estos crecieron un 21% en 2019, último año detallado.

Los hechos y los datos son alarmantes y evidencian una situación peligrosa si no se aborda desde la política con un enfoque multilateral. La tolerancia cero con el racismo es básica, como lo es un cierre de filas que, sin embargo, aún no se ha producido en la Asamblea de Murcia para condenar lo ocurrido. Pero esta no es suficiente. En paralelo, es importante el fortalecimiento de los servicios públicos que, especialmente en esta fase de crisis socioeconómica, debe estar a la altura del Estado de bienestar de la cuarta economía de la eurozona. Más allá de la política, el conjunto de la sociedad debe emplearse en la firme defensa de la igualdad por encima de cualquier discriminación, en el espíritu del artículo 14 de la Constitución.

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