Columna
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Olivia o el fin de los hombres

Quienes se resisten a admitir que esto es la punta del iceberg de una violencia sistémica contra las mujeres también agreden

Concentración en la Puerta del Sol de Madrid contra la violencia machista, el viernes.
Concentración en la Puerta del Sol de Madrid contra la violencia machista, el viernes.Sergio Pérez / REUTERS

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“Ay de quien haga daño a uno de esos pequeñitos que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar”. Las palabras bíblicas referidas a quien hace sufrir a lo más sagrado tienen una triste resonancia en el final de una criatura de seis años, Olivia, que ha aparecido asesinada dentro de una bolsa en el fondo del mar. Ante la tendencia actual a las lecturas literales aviso de que lejos de mí la intención de aprovechar la tragedia para escribir sobre cuál ha de ser la naturaleza del castigo. Me detengo, eso sí, en la inusitada crueldad contra los vulnerables de aquel que persigue con el asesinato de una inocente multiplicar el dolor de quien más sufre su pérdida, la madre, a fin de hacerle el futuro inhabitable. Se trata de atacar donde más duele, y no duele tanto la propia vida como la de aquellos a quienes trajimos al mundo para que nos sobrevivieran.

Ha sido un asco de semana. Una semana de mierda en la que la violencia contra las mujeres y sus criaturas ha desplegado sus garras con una rotundidad y una frecuencia insoportables. A veces la violencia se maquina contra una madre de manera vicaria; otras, castiga de rebote a un bebé, el huérfano de Rocío, la menor de edad asesinada y descuartizada en Sevilla, al que alguien deberá explicar algún día que el destino fatal de su pobre madre lo decidió su padre. ¿Cómo se encaja una vida después de eso? ¿Cómo no verse víctima de un trauma sin cura posible? Es de miserables no llamar a las cosas por su nombre. Los que se resisten a admitir que esto es la punta del iceberg de una violencia sistémica contra las mujeres también agreden, es una maniobra retorcida que busca perpetuar la subordinación y el sufrimiento.

En días como estos cómo no pensar en el subgénero de asesinatos de niños que tanto abunda hoy en las tramas policiales. Ya sé que es ficción, pesado, ahí no está el debate, pero la abundancia nos conduce pensar en cuál es el atractivo. Niños o mujeres víctimas de rituales sexuales. ¿Nos invitan a la reflexión sobre el miedo de las víctimas? La mayoría de las veces en absoluto. Se trata de un divertimento que apela a nuestros miedos e incita a la venganza. Hay excepciones, por supuesto, de historias que sí nos muestran con verdad el origen de una violencia que enturbia la existencia de los inocentes desde la casilla de salida. Este es el caso de Laëtitia o el fin de los hombres de Jean-Xavier de Lestrade, basada en el hondo ensayo de Ivan Jablonka sobre el asesinato de una muchacha que sacudió a la sociedad francesa en 2011 por sus múltiples ramificaciones. Al igual que hiciera Jablonka, el director de esta serie no se extasía en amaneramientos visuales sino que profundiza en las razones por las que un sistema político y asistencial contribuye a generar víctimas. El demagogo Sarkozy enmendó la plana a los jueces culpándoles de la recurrencia de los delincuentes sexuales y se hubo de enfrentar con la primera huelga de un sistema judicial castigado por los recortes. La vida desgraciada de Laëtitia Perrais se convierte en un análisis sobre la violencia de unos hombres que, a su vez, fueron educados en el desprecio a las mujeres, y sobre la necesidad de que el tipo de macho venado, agresivo, abusador, encuentre su fin en una sociedad que los rechace. Estamos lejos de ese momento. Las leyes han mejorado, pero hace falta materializarlas para no generar desesperanza. También sería deseable que los varones heridos por el feminismo se relajaran y aceptaran el hecho de la violencia estructural sin por ello temer una pérdida de testosterona.

El análisis de la violencia en la ficción invita en ocasiones a reflexionar sobre ella. La trágica existencia de Laëtitia nos deja meditabundos. La muerte de Olivia nos duele como sociedad. Y está bien que así sea.

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