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Don de gentes

Una lectura imprescindible

'Laëtitia o el fin de los hombres’ es obra fundamental de la no ficción criminal y es la desgarradora crónica del asesinato y descuartizamiento de una chica de 18 años

Marcha en repulsa por el asesinato de Laëtitia Perrais en La Bernerie-en-Retz, en enero de 2011.
Marcha en repulsa por el asesinato de Laëtitia Perrais en La Bernerie-en-Retz, en enero de 2011. Getty Images

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Hay libros que merecerían ser recomendados con fervor para que el lector atento no se los perdiera. Eso es lo que debería ocurrirle a Laëtitia o el fin de los hombres, la desgarradora crónica del asesinato y posterior descuartizamiento de una chica de 18 años que tuvo lugar en Nantes en 2011, escrita por el historiador y sociólogo Ivan Jablonka.

Laëtitia se publicó en octubre pasado en España, pero a mi juicio no se insistió en el hecho de que se ha convertido ya con toda justicia en una de las obras fundamentales de la no ficción criminal. Se la compara con A sangre fría, de Capote. Error: Capote se permitió algunas fantasías que transforman su historia en una novela porque no cumplen con el sagrado compromiso de la veracidad. También se nombra insistentemente El adversario, de Emmanuel Carrère, pero las preocupaciones sociales de Jablonka convierten este trabajo exhaustivo sobre una víctima en algo más que la narración de unos hechos. Este profesor de Historia de la Universidad París XIII obedece a la fidelidad a los hechos de los historiadores y a la atención al entorno vital de la Sociología; su propósito es guiarnos por los territorios poco transitados de los que han sido excluidos del bienestar desde el mismo momento de su llegada al mundo. No es por tanto una obra de ficción, por más que aquellos que pretendan alabarla digan eso de “se lee como una novela” (como si las novelas hubieran de ser por fuerza más inspiradoras), y lo que nos atrae de sus páginas es el puro brillo de la verdad y su consecuente denuncia política. Nos cuenta y al mismo tiempo nos interroga, apela al sentido real de la justicia de los que nos tenemos por justos. Pero tiene algo que le diferencia del trabajo al uso del historiador: Jablonka no pretende ser objetivo, ni frío, ni distante. Él, profesor, cultivado, cosmopolita, parisiense, editor, padre de dos hijas que duermen felizmente cada noche, ama a la niña descuartizada. A lo largo del libro la abraza con sus palabras, la convierte en heroína y casi estoy por afirmar que esa reverencia por Laëtitia Perrais es la verdadera esencia de este elaboradísimo trabajo.

Tal vez fuera el tratamiento que algunos medios televisivos dieron al asesinato de Diana Quer lo que me hizo acercarme a este libro que no me había planteado leer. Si Patrick Modiano ha escrito: “Desvelar ese misterio y esa fosforescencia que se hallan en el fondo de toda persona es cometido del poeta y del novelista, también del pintor”, nuestro autor agrega el oficio del historiador-sociólogo. De esta manera, Jablonka, empecinado en que la historia de Laëtitia no quede en el olvido reconstruye su vida: dos gemelas, Laëtitia y Jessica Perrais, nacen en el seno de una familia pobre, de padre violento y madre enajenada. Son incapaces de hacerse cargo de ellas. Su futuro queda en manos de los servicios sociales. Viven durante un tiempo en un colegio y luego pasan a un hogar de acogida. Visitan a sus padres biológicos los fines de semana.

El autor se pregunta cuánto del destino está escrito si es así la casilla de salida, y de qué tamaño ha de ser el esfuerzo de una criatura para que pueda eludir un destino fatal. Han sido bebés muertas de miedo, niñas aterrorizadas, adolescentes acostumbradas a que los hombres no traten bien a las mujeres. Pero sobreviven, y ordenan sus vidas en la familia de acogida siendo supervisadas por un padre en exceso controlador, que por un lado les da cobijo y por otro les resta libertad. Aprenden a ser camareras y limpiadoras, que es a lo máximo a lo que pueden aspirar niñas que parten desde abajo: a servir a quienes empiezan desde arriba. El autor describe con ternura las canciones que les gustan, la ropa, sus entradas en Facebook, los selfies, todo ese lenguaje que construye su universo juvenil. Laëtitia coquetea con colegas del hotel en el que ha empezado a trabajar, pero un día fatal se cruza con un indeseable, un tipo violento, de infancia también oscura, que sus treinta y pocos años ya ha estado 13 veces en la cárcel, y se deja llevar por él. Cuando trata de dar marcha atrás ya es demasiado tarde. Este suceso provocó una abrumadora atención mediática, también una huelga de los trabajadores de la justicia cuando Sarkozy, aprovechándose de la niña muerta, los señaló como culpables y promovió el endurecimiento de penas. Algo inaudito en Francia: la República socavada desde dentro la República. Sarkozy tomando el micrófono para postularse como el padre que ha de librar a los franceses de los monstruos. Es el presidente quien resulta peor parado de esta historia. Él y el padre de acogida, que también se encendió ante la prensa exigiendo cadena perpetua para los delincuentes sexuales. Poco tiempo habría de pasar para que se supiera que este individuo que vivía del Estado encargado de dar cobijo a niñas desamparadas se había cobrado un extra abusando sexualmente de ellas.

Hay demasiada mitología sobre los asesinos, pero el autor reclama un principio de justicia en el que nos hemos de ver aludidos: “Que nuestra fascinación y nuestra ternura vayan a los inocentes”. Así sea.