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Pablo callado

Casado no puede reclamar condenas desmesuradas para delitos contra la democracia española mientras se muestra comprensivo con comportamientos igual de dañinos para las instituciones del Estado

Pablo Casado en Ceuta, donde respondió solo a temas de Ceuta y su frontera.
Pablo Casado en Ceuta, donde respondió solo a temas de Ceuta y su frontera.Joaquín Sánchez

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Cuando Pablo Casado anunció que no volvería a hablar de la corrupción en su partido sonó a broma. Sin embargo, insiste en ello. Su última estrategia para lograrlo fue convocar una rueda de prensa en plena calle y así lograr que los acólitos increparan a los periodistas que le planteaban preguntas sobre la imputación de María Dolores de Cospedal y su marido en la trama de espionaje policial para destruir pruebas en poder de Bárcenas que perjudicaran al partido. Considera Casado que no tiene por qué dar explicaciones de los continuados casos de corrupción que salpican a su formación pues se produjeron en un pasado en el que no él no ocupaba los cargos de responsabilidad. Silencio que no le impide señalar las faltas de los demás. Así que suena un poco como esos entrenadores que se muestran comprensivos con los errores de los árbitros, pero solo cuando les favorecen.

La excusa de Casado para eludir su responsabilidad es de categoría metafísica. Según su teoría, un partido no es su pasado sino solo su presente. La solidez de ese razonamiento es nula. Basta comprobar que ahora vivimos un episodio en torno a la posibilidad de indultar a los presos del procés que ya llevan más de tres años encarcelados. El partido se ha echado a la calle para reunir firmas en contra. Es una estrategia que ya utilizó durante la aprobación del Estatut y cuya única motivación era destrozar las posibilidades electorales del presidente Zapatero. Desde la perspectiva del tiempo, incluso los dirigentes más inteligentes de su partido conceden que fue un error de bulto que trajo consecuencias penosas a nuestro país. Cometer un mismo error de nuevo sería una torpeza por parte de un líder con futuro, pero claro, si considera que el pasado es una entelequia inexistente, entonces todo le está permitido.

Si se confirman los procesos en curso, el PP sería responsable subsidiario de una red corrupta que extraía fondos públicos para pagar sus actos de campaña, sobresueldos y hasta las obras de la sede. Se sospecha incluso del montaje de una red parapolicial que utilizaba a funcionarios públicos para espiar y destruir pruebas incriminatorias, lo cual traería consecuencias penales graves. Nadie debería olvidar que el preso Jordi Cuixart cumple condena de una década de cárcel por entorpecer un registro judicial en la sede de la Consejería de Economía catalana. No se sabe qué condena habría recibido si hubiera destruido los discos duros donde se guardaba información comprometedora o hubiera dispuesto de fuerzas policiales para lograr entorpecer la acción judicial.

Lo que Pablo Casado debería emprender es el camino opuesto a su silencio. No puede reclamar condenas desmesuradas para delitos contra la democracia española mientras se muestra comprensivo con comportamientos igual de dañinos para las instituciones del Estado. El silencio, que es una bellísima opción vital, carece de credibilidad en el concierto de rebuznos, agitación y oportunismo al que nos tienen acostumbrados nuestros políticos. Lo que pretende Pablo Casado cuando se finge callado es acariciar ese estado ideal de ausencia del que habla el poema de Neruda. Pero en su caso la ausencia es una deserción en toda regla de la obligación de colaborar con la justicia. El camino que lleva de la sensatez a la insensatez es corto, cómodo y ventajoso, pero el viaje de regreso es sencillamente imposible.

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