Editorial
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Europa vacuna con lentitud

La demora en inmunizar a la población exige rigor y claridad en las normas contra el virus

Momento de la vacunación a una mujer mayor de 80 años, en Albacete.
Momento de la vacunación a una mujer mayor de 80 años, en Albacete.Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha

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La lentitud en la vacunación contra la covid en la mayor parte de los países europeos cuesta vidas y prolonga la pandemia a pesar de que ya existe la mejor arma posible, que es la vacuna. La Organización Mundial de la Salud colocó este jueves a la Unión Europea ante su propia responsabilidad en esta fase en la que ha observado la peor situación en muchos meses y, sin embargo, un ritmo “inaceptablemente lento” de inmunización. Más allá del problema de abastecimiento y las dudas que ha despertado AstraZeneca, no todos han actuado por igual.

Solo Finlandia, Irlanda, Malta y Suecia han cumplido con el compromiso que se fijó la Unión Europea de tener vacunado al 80% de los mayores de 80 años y de los sanitarios en el primer trimestre del año. Portugal y Dinamarca están cerca. Por el contrario, de media solo el 27% de los octogenarios y el 47% de los sanitarios han recibido las dos dosis al concluir marzo. España está por encima de esa cifra, con poco más de un tercio de octogenarios vacunados con las dos dosis. De los 87,6 millones de dosis distribuidas en la UE solo se han inoculado 70,6. Es muy cierto que la anglosueca AstraZeneca ha faltado a sus compromisos y ha distribuido 70 millones de dosis menos que las acordadas en este primer trimestre, pero la lentitud en la aplicación en numerosos países y la resistencia de una parte de la población también lastran el combate contra el virus. Mientras esto siga así, alerta la OMS, hay que perseverar en las restricciones.

El llamamiento de la OMS es certero y los Gobiernos europeos deben extremar con urgencia las campañas de vacunación ante unos datos que no solo se resisten a bajar (solo descienden precisamente en el grupo de edad de los octogenarios, gracias a la inmunización), sino que ascienden en varios países, también en España. La incidencia vuelve a cruzar el umbral del riesgo alto al alcanzar 154 positivos por 100.000 habitantes en 14 días. La ocupación de las UCI se sitúa en el 18,4%.

No se entiende en este contexto el enredo del Gobierno en la legislación sobre mascarillas, que vuelve a arrojar una confusión innecesaria, pero recurrente, en la gestión de la pandemia. Los vaivenes, los cambios constantes y contradicciones del propio Gobierno, entre Gobierno y comunidades y de estas entre sí han añadido una variable de desbarajuste a la dificultad que de por sí ya tienen las restricciones y que anula en cierta medida su eficacia. Una ley puede dejar de ser útil si no se entiende, aunque eso no exima de su cumplimiento.

El recorrido realizado por la ley sobre mascarillas que ha entrado en vigor esta semana es un ejemplo de cómo no se debe proceder: una enmienda introducida en marzo por el propio PSOE en el Senado ha convertido en obligatorio el cubrebocas en espacios abiertos como playas o el campo aunque haya la suficiente distancia de seguridad. El propio Gobierno quiere buscar fórmulas para eludir esta norma ante las protestas de algunas comunidades que, con toda lógica, ven absurda su aplicación en lugares sin aglomeraciones. Pero si la ley es absurda lo que hay que hacer es cambiarla, no animar a saltársela, pues esa es siempre una espita peligrosa de abrir. En un contexto en que el calendario vacunal, máxima arma contra el virus, no se cumple, es imprescindible que las restricciones se argumenten con la mayor claridad para que puedan comprenderse, y lograr ser eficaces.

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