Equidistancia
Es la nada. Porque nada deslinda entre los extremos, nada dirime entre los opuestos, nada aclara de lo confuso, nada concluye en el litigio


Un fantasma recorre el mundo de la comunicación. Tras el fanatismo sectario, es uno de los peores achaques que afectan a periodistas, analistas y contertulios: la equidistancia forzada. Consiste en negar igualmente la razón a uno y a su contendiente, para erigirse en término medio exacto, pulcro, prístino, desinteresado. Es la frenética búsqueda de un aroma de independencia, de aparente neutralidad: de las cualidades propias del árbitro.
Para afianzarla, el imperativo es no entrar a destripar las razones de una y otra parte, evitar ponderarlas en lo que valgan por sí mismas. Sino considerarlas igualmente conspicuas, como si en el límite lo cierto y lo falso acreditasen igual peso y fuesen equivalentes. El embrollo parte de una confusión: nunca las opiniones, las ideas o las actitudes son intercambiables. Algunas son excelentes; otras, execrables. Lo único que es equivalente es la condición de las personas. Ni siquiera sus conductas.
Un terreno favorable a este tipo de ejercicios es el inicio de un diálogo o una colaboración entre rivales. Pongamos: entre un puntal del secesionismo dispuesto a saltarse cualquier ley y un heraldo del federalismo consciente de que todo avance hacia su horizonte debe partir del respeto a la norma. O entre una negacionista que rechaza o relativiza el impacto de una pandemia por mor de convertirse en icono del rechazo sistémico, o por disciplina de grupo, y quien, aún con errores, conoce sus peligros y se apresta a hacer concesiones para ahuyentarlos.
Así que, quien sostiene una actitud liberal suele partir en desventaja respecto del talibán, ese que sabe la conclusión antes de conocer el problema. Al avenirse a sentarse como interlocutores de igual posición aunque sea de distinto empaque, incentiva los apetitos —de los ágrafos, de la gente sin ideas propias, de los amorales— a la equidistancia. Puesto que habláis desde asientos idénticos, también valen igual unas que otras razones. Y lo que corresponde al no contendiente es el aura de la equidistancia.
Pero la equidistancia es inane. Es la nada. Porque nada deslinda entre los extremos, nada dirime entre los opuestos, nada aclara de lo confuso, nada concluye en el litigio.
Otra cosa es la ecuanimidad. La ponderación desprejuiciada. La persistencia en tomar en cuenta distintas razones, sopesarlas, contraponerlas y someterlas a criterios o valores superiores, experimentados, transparentes, reconocidos, que afloren su validez relativa. Abajo la equidistancia. Viva la ecuanimidad.
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