El mito de la crianza perfecta
Educar a los hijos ha dejado de ser una práctica relacional intuitiva para convertirse en un proyecto de alta complejidad. Como si ser padre o madre requiriese cursar un máster en lactancia, alimentación complementaria, sueño, estimulación temprana o podología infantil

La crianza respetuosa se ha consolidado como una de las corrientes más influyentes de la educación contemporánea, aportando una mayor conciencia sobre las necesidades emocionales del niño, la importancia del vínculo y el valor del acompañamiento sensible en las distintas etapas del desarrollo. Sin embargo, en los últimos años ha ido cristalizando una versión más rígida, casi normativa, de lo que significa criar “bien”. Una manera de criar a los hijos mal entendida, que parece pedir a las familias una capacidad de autorregulación casi sobrenatural y una disponibilidad física y emocional difícil de mantener en la vida real.
Esta forma de entender la crianza se apoya en los trabajos del psiquiatra y psicoanalista británico John Bowlby, considerado el creador de la teoría del apego. Bowlby estudió cómo se construye el vínculo temprano entre el bebé y sus figuras de cuidado, y qué impacto tiene esta relación en el desarrollo emocional de las criaturas. Sin embargo, su planteamiento original nunca apeló a la perfección, sino a la sintonía, la sensibilidad y a un aspecto que a menudo se pierde en las versiones más simplificadas de su propuesta: la reparación.
Según este autor, el vínculo seguro no se construye porque no haya fallos, sino porque después del desajuste hay reencuentro. Es decir, el niño no necesita un adulto impecable, sino un adulto suficientemente presente y capaz de conectar.
Lo que en origen pretendía ser un enfoque que orientara hacia el bienestar emocional y la salud mental —volver al vínculo, la sensibilidad y la conexión— ha terminado convirtiéndose en una nueva forma de presión para las familias, y especialmente para las madres. Una presión que se filtra en lo cotidiano y que parece protocolizar la forma de actuar a la hora de poner un límite, responder a una rabieta o acompañar una emoción.
En paralelo, se ha consolidado un modelo de crianza cada vez más exigente, en el que tener hijos ha dejado de ser una práctica relacional relativamente intuitiva para convertirse en un proyecto de alta complejidad y constante evaluación. Como si ser padre o madre requiriese cursar un máster en lactancia, alimentación complementaria, sueño, estimulación temprana, podología infantil u odontopediatría.

En este marco, lo que antes se vivía como elecciones más o menos conscientes pasa a percibirse como estándares de obligado cumplimiento. La crianza se ha transformado en un repertorio de “buenas prácticas” y, lo que hace años era una pluralidad de formas de cuidado, ha pasado a categorizarse como correcto o insuficiente.
Las redes sociales han actuado como un potente escaparate de estas tendencias, aumentando su visibilidad y contribuyendo a la normalización de la “buena crianza”. Consumir de manera constante este tipo de contenidos no solo nos expone a un exceso de pautas y consejos —simplificados y descontextualizados—, sino que también intensifica la comparación social. Como resultado, muchas familias experimentan un aumento de la ansiedad o de la sensación de insuficiencia al intentar ajustarse a estándares idealizados que, en la práctica, resultan difíciles de sostener.
Este malestar no constituye una experiencia exclusiva de un reducido número de madres. El informe El estado de la maternidad en Europa 2024 de Make Mothers Matter (2025) señala que el 78% de las madres en España se siente mentalmente sobrecargada, una cifra superior a la media europea y que apunta a una experiencia extendida de agotamiento y presión en la crianza contemporánea.
En este punto, y asumiendo que la falta de tiempo, de redes de apoyo y de conciliación atraviesa de forma estructural la experiencia de la crianza y la maternidad, cabe preguntarse cómo sostener una crianza respetuosa —con sus numerosos beneficios respaldados por la evidencia— sin que se convierta en una fuente constante de desgaste. Para ello, resulta especialmente útil recuperar a Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista británico que, a mediados del siglo XX, introdujo una idea que contrasta directamente con este ideal contemporáneo: la de la “madre suficientemente buena”. Lejos de la perfección, Winnicott describía un cuidado que incluye inevitablemente el error. Un adulto que no responde siempre de forma óptima, pero que es capaz de adaptarse, fallar y reparar. Y es precisamente en esa imperfección tolerable donde se construye la seguridad emocional del niño.
Incorporar esta mirada más realista no implica renunciar al respeto ni al cuidado consciente, sino devolver la crianza a su dimensión relacional: un espacio donde el cansancio existe, el error forma parte del aprendizaje y la reparación ocupa un lugar central. En el que, de vez en cuando, se puede merendar ultraprocesados, ver la televisión por la tarde y flexibilizar sin culpa. Porque los niños no necesitan familias perfectas: necesitan familias humanas. Y quizá la clave de una crianza verdaderamente respetuosa es que lo sea también con los adultos que la sostienen o, en definitiva, que sea compatible con la vida.


























































