Por qué no hay que obligar a los niños a pedir perdón
La cualidad de la empatía no comienza a desarrollarse de forma sólida hasta los 3 o 4 años, por lo que se puede caer en el error de exigir comportamientos o conductas que no resultan apropiadas para la edad


Uno de los temas que más preocupa a las familias en cuanto a la crianza de los hijos es que estos logren ser educados, amables y respetuosos. Pero en ocasiones se les exigen comportamientos o conductas que no resultan apropiadas para la edad o la madurez cerebral que poseen en ese momento. La sociedad continúa perpetuando una mirada adultocentrista; es decir, una visión del mundo donde el adulto constituye el centro y la referencia de todas las cosas. Bajo esta perspectiva, se tiende a pensar en los niños como pequeños adultos en miniatura, lo que lleva a ignorar su desarrollo evolutivo y su madurez, sin tener en cuenta sus necesidades y capacidades reales.
Uno de los aspectos más visibles que denotan esta visión adulta se observa a la hora de acompañar situaciones cotidianas en las que los niños no responden pensando en las reglas sociales ni se preocupan por las miradas ajenas. Esto ocurre con frecuencia, por ejemplo, en el momento de pedir perdón. Cuando un niño se equivoca o tiene un comportamiento inadecuado, socialmente suele estar mal visto que no pida perdón de inmediato. Esta ausencia de respuesta se considera a menudo una falta de respeto e incluso se percibe como una carencia de autoridad del adulto.
Sin embargo, si el objetivo es que el menor aprenda a disculparse de una manera consciente, entendiendo el significado del perdón, el motivo de la disculpa y reconociendo su valor, resulta fundamental comprender cuándo está preparado para asimilar todo este proceso sin ser forzado. La meta debe ser una conducta con un fin real, funcional y consciente, donde el menor comprenda realmente dicha acción.
Pedir perdón implica el ejercicio de la empatía, una cualidad que no comienza a desarrollarse de forma sólida hasta los 3 o 4 años de vida y que requiere práctica. Además, necesita de madurez cerebral para poder afianzarse a lo largo de toda la infancia e incluso durante la vida adulta.
La presión social es uno de los grandes factores que contribuyen a esta necesidad. Existe la percepción de que un niño bien educado es aquel que hace caso a sus progenitores, obedece y no cuestiona las normas marcadas. Si bien nadie cuestiona que los límites y las normas son necesarios para la educación, el hecho de que un niño no pida perdón tras una conducta no es una cuestión relacionada con la falta de límites, sino con la propia inmadurez cerebral. Asimismo, el modelo educativo tradicional ha perpetuado la idea de que los niños deben pedir perdón al equivocarse sin cuestionárselo, siendo un patrón que hoy sigue inculcándose de generación en generación.

Al exigirle que pida perdón sin que comprenda realmente lo que está haciendo, el adulto deja de conectar con aquello que el menor puede o no llevar a cabo en cada momento. Validar sus emociones es el primer aspecto a tener en cuenta para poder conectar con este aprendizaje. Al expresarle al niño empatía por cómo se siente y lo que necesita, mientras se le explican las normas de su entorno, se le muestra una mirada cercana y amable que más tarde se convertirá en su modelo de referencia y actuación.
Para poder realizar una transformación responsable y real en este proceso es imprescindible cambiar la palabra por el acto. Aunque en un primer momento resulte complejo, es esencial centrarse en un modelo educativo evolucionado, donde la base no sea un mensaje vacío ni una exigencia poco centrada en las posibilidades y el desarrollo evolutivo del niño. Es decir, para poder pedir perdón hay que dejar de actuar desde el modelo automático y comenzar a preguntarse qué puede hacer el niño en cada etapa.
Cuando un menor daña a otro, los adultos de su alrededor buscan que pida perdón y de este modo aliviar así su incomodidad o malestar al tener que abordar dicha situación. Acompañar una situación donde dos personas discuten, no están de acuerdo o se enfrentan es, en muchas ocasiones, un momento complejo de sostener o gestionar. En lugar de forzar la palabra, es más efectivo invitar al niño a observar las consecuencias de sus actos, ofreciéndole que empatice con cómo se siente el amigo y haciéndole preguntas que inviten a reflexionar, tales como: “¿Qué crees que podemos hacer para arreglar su juguete?”. Este enfoque no busca señalar ni culpabilizar a nadie, sino que pretende poner el foco en la solución y no tanto en el problema o el conflicto, propiciando que el menor reflexione sobre lo que puede hacer para ayudar y resolver la solución, responsabilizándose y sin buscar culpables.
Además, hay que comprender que cada niño necesita un tiempo para gestionar y expresar sus emociones, ya que durante la manifestación máxima de una emoción —ya sea enfado, rabia, frustración, tristeza, vergüenza o miedo— no es buen momento para que entienda la importancia de una disculpa, porque esto tan solo generará mayor rechazo por dicho aprendizaje. Una vez haya llegado a la calma y sea capaz de escuchar con tranquilidad y serenidad, será buen momento para analizar lo acontecido, desde la atención y la disponibilidad, sin castigos ni chantajes.
Finalmente, es muy importante recordar que el mejor ejemplo es el que el niño recibe de sus figuras de referencia. Para los adultos aún continúa siendo muy complicado disculparse ante los niños. Se tiende a creer que el adulto siempre lleva razón por serlo y, si se disculpa, estará mostrándose vulnerable o inferior, cuando esto es todo lo contrario. Aquel progenitor o educador que es capaz de pedir perdón cuando se equivoca está enseñando una lección muy valiosa: su hijo comprenderá que todos pueden equivocarse y que disculparse es un gesto de gran valor y respeto hacia los demás.
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