Objetivo militar: salvar la cara de Donald
Trump está cometiendo los mismos errores que condujeron al desastre en Vietnam, Irak y Afganistán


Nadie puede ocultar el desastre. No hay salida militar que sea buena. No lo es abrir Ormuz por las bravas, ni es fácil localizar y llevarse los 400 kilos de uranio enriquecido al 60% o bombardear de nuevo instalaciones militares, energéticas e industriales tal como ha amenazado Trump. Cada una de las iniciativas presentadas por el Pentágono para salir del atolladero está llena de riesgos o alberga nuevos fracasos. Hasta el más indeseable de todos ellos, como sería la prolongación de la guerra con tropas sobre el terreno, exactamente lo que el trumpismo se había propuesto descartar para siempre.
Trump se halla ante un dilema endiablado: que le acusen de “jugar a la Tercera Guerra Mundial”, como él hizo con Zelenski en la encerrona del Despacho Oval, o que todo quede al final en un acuerdo nuclear con Irán similar o peor que el de Obama en 2015, que él mismo rompió en 2018.
La realidad inconfesable es que está perdiendo su guerra. El descabezamiento de la cúpula iraní, la destrucción de su flota naval y aérea y la eliminación de gran parte del arsenal balístico se han demostrado irrelevantes en la guerra asimétrica con la que el régimen islamista ha conseguido sobrevivir tras dos meses bajo las bombas, después de bloquear el estrecho de Ormuz, atacar y dividir a los aliados árabes de Estados Unidos y absorber la carísima munición defensiva utilizada por Washington para derribar sus misiles y drones low cost.
Por inmensa que sea la fuerza militar, quien se aventura en una guerra no tarda en tropezar con la derrota si no ha definido previamente los objetivos políticos y el significado de la victoria. En el caso de Trump, han ido cambiando de un día para otro, aplaudido por los suyos por los presuntos efectos de su imprevisibilidad en la desorientación del enemigo. Al final, está cometiendo los mismos errores que condujeron al desastre en tres largas batallas libradas por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial, en Vietnam, Irak y Afganistán. Todas ellas asimétricas como la actual, en las que el enemigo combinó una enorme resiliencia con una gran capacidad para obtener ventajas políticas a partir de ínfimos medios militares ante la superioridad militar estadounidense.
Como Putin en Ucrania, Trump quiso terminar en dos días. Luego se dio unas semanas de plazo, entre cuatro y seis. Ahora, alcanzados los dos meses, ha querido darla por finalizada ante el Congreso para soslayar la obligada autorización parlamentaria. Debidamente escudado en la actual pausa entre Teherán y Washington, que es provisional y además parcial, como si el cerco naval al que ha sometido a Irán no fuera un acto de guerra, Netanyahu no estuviera eludiendo la aplicación de la tregua en Líbano, ni la máquina guerrera estuviera rugiendo de nuevo por consejo del Pentágono.
Quería evitar una contienda larga y costosa e invadir y ocupar el país para cambiar su régimen, pero el camino embarrado en el que está atrapado no conduce a ningún otro sitio. Para terminarla, presionan los precios disparados del petróleo, la amenaza de recesión, las malas perspectivas electorales en los comicios de mitad de mandato y la creciente impopularidad de la guerra entre sus conciudadanos, pero a favor juegan la arrogancia y el amor propio que posee en dosis insólitas y le impiden aceptar la derrota política que muchos le anuncian, incluso en su entorno presidencial más próximo.
Poner fin a las hostilidades definitivamente es una maniobra tan urgente como llena de complicaciones. No tendrá facilidades de nadie y finalmente deberá decidir por sí solo haciendo de tripas corazón. Poco puede esperar de Netanyahu, siempre dispuesto a seguir invadiendo y arrasando territorios ajenos y a sabotear los acuerdos de paz, en especial si versan sobre la industria nuclear iraní. Tampoco obtendrá mucha ayuda de sus aliados árabes, perjudicados por el doble bloqueo de Ormuz y hastiados por la pésima gestión del entero conflicto. Ni de los europeos, que no moverán un dedo para echarle una mano en Ormuz mientras la actual tregua no sea definitiva.
Los acosadores suelen tener las garras tan largas y afiladas, siempre dispuestas a herir, como fina tienen la piel, tal como ha podido comprobar Friedrich Merz. El canciller alemán ha osado expresar sin eufemismos sus reservas sobre la guerra e incluso lamentado imprudentemente “la humillación de Estados Unidos en manos de Irán”, y ha recibido como recompensa una primera retirada de tropas estadounidenses de Alemania, además de los insultos reglamentarios del trumpismo.
La fórmula es clara pero inabordable: terminar la guerra de una vez, abrir Ormuz, dedicar todas las energías exclusivamente a la diplomacia, y evitar a la vez que el principal responsable del desastre se sienta humillado. ¿Quién puede resolver tal rompecabezas? De momento, el Pentágono tiene el encargo. Para echarse las manos a la cabeza.
Para leer más:



























































