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Europa y Asia temen que el bloqueo de Trump en Ormuz agrave la carestía de petróleo y gas

En el Sudeste Asiático, muy dependiente de las importaciones de Oriente Próximo, varios países aplican medidas de racionamiento desde hace semanas

Una gasolinera en Banda Aceh, Indonesia, el pasado 1 de abril. HOTLI SIMANJUNTAK (EFE)

El frágil alto el fuego entre Estados Unidos e Irán traía como gran promesa el anhelado desbloqueo de Ormuz, el estrecho marítimo más crítico para los flujos mundiales de energía. Una esperanza que, en las últimas horas, ha pasado de vaporosa a alejarse cada vez más. Desde el miércoles, cuando comenzó la tregua ―con todas las comillas que se quieran poner: las bombas han seguido cayendo estos días en varios puntos de Oriente Próximo, especialmente en Líbano―, el volumen de cargueros ha caído incluso por debajo de la media de los días inmediatamente anteriores al acuerdo, con un flujo residual de petroleros y metaneros. Con el doble bloqueo anunciado este domingo por la Casa Blanca, las cosas pueden ponerse incluso peor: pasarán aún menos buques. O, directamente, ninguno.

En condiciones normales, por Ormuz pasa alrededor de un quinto del petróleo y el gas natural licuado (GNL, el que se mueve por barco) que se consume cada día en el mundo. De esa cantidad, más del 80% acaba en Asia, sobre todo en China ―que, sin embargo, empieza a ver caer su consumo gracias al avance del coche eléctrico―, la India, Corea del Sur y Japón. Pero también en Filipinas, Tailandia o Indonesia. Allí, el riesgo de crisis de suministro es real.

Todo el mundo se la juega en Ormuz, pero no en la misma medida. La revolución del fracking (una técnica de extracción polémica por su impacto ambiental pero que ha multiplicado los bombeos) ha otorgado a EE UU un margen de maniobra que nunca antes tuvo: en menos de una década, ha pasado de gran comprador a vendedor de petróleo y gas natural. Un importante escudo protector frente a los efectos de una guerra iniciada por la propia Administración Trump. El país norteamericano estará y seguirá expuesto a cualquier subida de precios, como la vivida en las últimas semanas, pero su abastecimiento interno parece a resguardo.

Otros no pueden decir lo mismo. Pese a no ser, ni de lejos, los mayores importadores de crudo y gas procedente de la zona, los principales países de la Unión Europea están en una situación bastante más comprometida, dada su necesidad de importar estas materias primas. Con dos países a la cabeza: Italia, gran sumidero continental de gas y donde ya se están viendo escenas de escasez de queroseno en algunos aeropuertos, y Alemania.

En el golfo Pérsico radican el mayor exportador neto de crudo del mundo (Arabia Saudí) y el tercero de gas natural (Qatar). Ante la retirada súbita del mercado de la producción procedente de esta zona —porque los barcos no pueden atravesar Ormuz—, los Veintisiete, y muy particularmente Roma y Berlín, llevan ya casi seis semanas teniendo que pagar una prima adicional en el precio de sus aprovisionamientos. Queda reinaugurada, en fin, la puja por los petroleros y los metaneros ya en ruta, que cambian de rumbo en función de quién es el mejor postor. Un tantarantán sobre la cadena de suministro que no se veía desde la fase más aguda de la invasión rusa de Ucrania.

“Europa se juega mucho porque su economía, más que del propio petróleo y gas de Ormuz, es muy dependiente de los precios internacionales de ambos. Incluso recibiendo cantidades bajas desde el Golfo, la competitividad de su industria está en riesgo”, explica Jorge León, jefe de análisis geopolítico de la consultora noruega Rystad Energy. “El caso de Asia es distinto: además de verse afectada por los precios, tiene un riesgo de suministro. Además, la mayoría de sus economías son emergentes y su demanda de energía es muy elástica: cuando se encarece, el consumo cae mucho más que en los países ricos”.

La situación es particularmente difícil en el Sudeste Asiático. Muy dependientes de la importación de petróleo y gas, varios países de esta región se han visto sumidos en las últimas semanas en una miríada de medidas de racionamiento, diversificación de fuentes, incentivos al teletrabajo para evitar el gasto en transporte, subsidios y limitaciones a los precios del combustible con la que intentan sobrellevar la conmoción en los mercados energéticos.

El Banco Asiático de Desarrollo se ha apresurado a advertir de que un escenario de “conflicto prolongado y más severo”, con incrementos persistentes del precio hasta principios del 2027, podría dar una dentellada económica de hasta el 1,3% al crecimiento de los países en desarrollo de Asia-Pacífico. Con sus lógicas derivadas políticas.

En varios de los países del Sudeste Asiático, con menor capacidad de maniobra que otras naciones más ricas y mejor pertrechadas ante una crisis así, los gobiernos se han visto obligados a ir aprobando medidas para paliar el alza de precios y la escasez. En paralelo, algunos, como el de Filipinas, optaron por cerrar acuerdos con Irán antes del alto el fuego para que franquee el paso a los buques que se dirijan a sus puertos. Unos pactos que ahora quedan en el aire tras el anuncio de Trump de que aplicará un bloqueo sobre el estrecho, incluso interceptando en aguas internacionales a cualquier barco que haya abonado un peaje a Irán.

Austeridad y restricciones

Pese a cubrir las dos terceras partes de su demanda de petróleo con bombeos propios, Indonesia acaba de autorizar a las aerolíneas a aplicar un recargo de combustible en el precio de los billetes. Antes ya había anunciado una batería de medidas de austeridad, entre ellas restricciones al combustible, recortes en los viajes oficiales y una política de teletrabajo obligatorio los viernes para los funcionarios. El combustible subsidiado por el Estado ha pasado a estar racionado, con un límite en la compra de gasolina para vehículos privados de 50 litros al día.

A finales de marzo, además, el presidente indonesio, Prabowo Subianto, viajó a Tokio y anunció, tras un encuentro con la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, la firma de acuerdos para el desarrollo de proyectos de energías limpias, exploración de combustibles fósiles y geotermia; ambos líderes aseguraron que trabajarían juntos en materia de seguridad energética, a la vista de la situación en Oriente Próximo.

En Tailandia, que importa cerca del 40% de su energía del golfo Pérsico, el Gobierno ha alertado de que el fondo estatal que proporciona subsidios al combustible corre el riesgo de agotarse en un par de meses si sigue consumiéndose al ritmo actual. “Es un momento de gravedad sin precedentes”, declaró la semana pasada Prasert Sinsukprasert, secretario de Energía, según el diario The Nation.

Los precios del diésel se han triplicado y, para paliar el agujero, el Ejecutivo tailandés está negociando con las refinerías para recuperar las “ganancias extraordinarias” generadas por el alza de precios en los mercados y redistribuirlas entre la población; estudia también aplicar una reducción general de los precios y canalizar ayudas específicas al sector del transporte y a los hogares vulnerables.

Filipinas, que importa casi el 100% de su petróleo del golfo Pérsico y en torno a un cuarto de sus suministros energéticos totales de Oriente Próximo, declaró el estado de emergencia energética nacional hace un par de semanas por el “peligro inminente” que se cierne sobre el suministro de gas y crudo. Fue el primer país del mundo en tomar esa medida. Su Ejecutivo ahora tiene capacidad para comprar directamente combustible y productos derivados del petróleo para reforzar el suministro, y ha formado un comité para supervisar la distribución ordenada de recursos energéticos, alimentos, medicamentos y otros bienes esenciales.

La nación insular ha aprobado también la concesión de ayudas directas a los conductores de mototaxis ―una de las formas de desplazamiento más populares― y otros servicios de transporte público para reducir el impacto en los bolsillos de los empleados del sector, y algunas ciudades han decretado transporte gratuito para algunos colectivos, como el de los estudiantes.

Monográfico en la cumbre de la Asean

Como anfitrión de la próxima cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean), prevista para el 7 y el 8 de mayo, el presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos Jr., ha asegurado que el foro se centrará en las respuestas del bloque regional ante las “sacudidas” derivadas de la guerra.

En Vietnam, que depende enormemente de Kuwait para el abastecimiento de crudo, la inflación alcanzó en marzo un 4,65% interanual, impulsada por el precio del diésel (un 57% más alto) y de la gasolina (30%), según el medio local VN Economy. El vertiginoso aumento ha provocado estrecheces en una economía informal que se mueve a dos ruedas: con unos 77 millones de motocicletas registradas, es uno de los países con mayor proporción de estos vehículos por habitante. Las tarifas aéreas también se dispararon un 23%.

Las autoridades comunistas aseguraban el fin de semana pasado que cuentan con suministros energéticos hasta finales de abril, y que seguirán tomando medidas para reforzar la capacidad de producción doméstica, diversificar sus fuentes energéticas e incrementar el uso de los biocombustibles. Además, el primer ministro vietnamita, Pham Minh Chinh, se reunió con su homólogo ruso, Mikhail Mishustin, a finales de marzo en Moscú para firmar acuerdos de cooperación energética, desde proyectos de petróleo y gas a la construcción de centrales nucleares.

“El gran ganador de la crisis de Ormuz es, sin duda, Rusia”, zanja al otro lado del teléfono Jorge León, de Rystad Energy. “Ha visto sus sanciones parcialmente levantadas y está recibiendo mucho más dinero por lo que vende”. Otro efecto de cola por el que Europa suspira por la reapertura de Ormuz. Una reapertura que, varios días después del alto el fuego, continúa sumida bajo un espeso manto de niebla.

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