Radiografía del descontento chino

Las protestas de los folios en blanco, la mayor muestra de descontento de la era de Xi Jinping, ha sido protagonizada por la generación del ‘boom’ económico nacida después de Tiananmén. Sus demandas han forzado un cambio de rumbo en la política antipandémica

La policía detienía a un hombre durante una protesta en Shanghái el 27 de noviembre.Foto: AP | Vídeo: EPV

El cogollito de la Concesión francesa de Shanghái, un coqueto barrio que conserva cierto aroma europeo entre los rascacielos, se ha transformado en un hervidero de policías. Es jueves y se pueden contar hasta nueve agentes solo en una de las cuatro esquinas del cruce que vio nacer de forma espontánea la revuelta de los folios en blanco hace cinco días. Desde esta encrucijada se despliegan hacia los cuatro puntos cardinales barreras azules colocadas por las fuerzas de seguridad. Mientras los comerciantes tratan de recobrar la normalidad tras las vallas, y refunfuñan por una nueva traba al comercio en esta ciudad inclinada a los negocios, los vehículos policiales patrullan la zona con las luces encendidas. No queda ya rastro de las manifestaciones que empezaron el sábado pasado contra las férreas medidas antipandémicas que impone Pekín desde hace casi tres años, pero la agitación social nació más o menos aquí, cuando cientos de jóvenes gritaron consignas inauditas que han dado la vuelta al globo: “¡Abajo el Partido Comunista! ¡Abajo Xi Jinping!”.

“Había un enfado acumulado”, explica calle abajo, en un moderno café de la zona, un cineasta al borde de la treintena. Se hace llamar Li para proteger su identidad. Lleva gafas, tiene la mirada viva, y ha venido acompañado de un amigo que, en cambio, no estuvo en las protestas. El amigo lleva colgada al hombro una vieja cámara réflex con película. Son jóvenes educados, reflexivos y abiertos al mundo. Hablan perfecto inglés.

Manifestantes el 27 de noviembre en una de las calles de Shanghái donde han tenido lugar algunas de las protestas contra la política de covid cero del Gobierno chino.
Manifestantes el 27 de noviembre en una de las calles de Shanghái donde han tenido lugar algunas de las protestas contra la política de covid cero del Gobierno chino. HECTOR RETAMAL (AFP)

El sábado pasado, cuenta Li, había tenido un día duro de preparativos para un rodaje, pero en cuanto comenzó a ver imágenes de lo que se cocía en la ciudad, compartidas al instante a través de Wechat (el WhatsApp chino), tomó su cámara, se subió a una bicicleta de alquiler y acudió a la zona sin pensarlo. “Sabía que sería algo especial”, asegura. A él no lo inspiraron “fuerzas extranjeras”, como acusaron enseguida una miríada de analistas afiliados al Gobierno chino, para ahondar en el enfrentamiento con Occidente. Lo suyo fue una mezcla de rabia y furia martilleada desde 2020. “Nadie organizó a esta gente. A mí nadie me dijo que fuera. Queríamos mostrar nuestra compasión, nuestra empatía con aquellos que perdieron la vida”.

En un origen, rememora, no fue una protesta, sino una vigilia convocada por la muerte dos días antes de 10 personas en un incendio en Urumqi, capital de la provincia autónoma de Xinjiang, en el lejano oeste del país. Muchos conectaron enseguida la tragedia con el exceso de celo y la férrea implementación de las políticas contra la covid: el edificio en llamas seguía semiconfinado y los bomberos no pudieron llegar a tiempo por los obstáculos levantados para imponer el cierre, según denunciaron decenas de personas en las redes sociales (versión que niegan las autoridades).

“Es lo de siempre”, dice Li, “no hubo una clarificación oficial”. Él explica que ya no se cree mucho de lo que cuenta el Gobierno. Habla de una brecha entre la gente joven y los mayores en las aldeas, que se nutren de la propaganda. Ellos tienen formas de observar el mundo ahí fuera, mediante redes virtuales privadas (VPN, por sus siglas en inglés). Y se queja de que las autoridades los tratan a menudo como “a niños pequeños”. Un ejemplo: la televisión china ha estado retransmitiendo partidos del mundial evitando los planos que muestran los rostros sin mascarilla del público.

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Ciudadanos chinos hacían cola para determinar a través de una PCR si tienen coronavirus, en una estación de testeo masivo.
Ciudadanos chinos hacían cola para determinar a través de una PCR si tienen coronavirus, en una estación de testeo masivo.Andy Wong (AP)

“Al principio de la pandemia”, dice Li, “teníamos algo de confianza en el Gobierno. El país lo estaba haciendo bien”. Pero esa relación sufrió un retroceso a finales del año pasado. Para entonces, el resto del mundo había decidido convivir con el virus mientras China seguía inmersa en una especie de 2020 perpetuo, cerrada al mundo y combatiendo cada caso positivo en un plano paralelo de testeos masivos, cierres totales o parciales de ciudades y el rastreo milimétrico e hipertecnológico a través de ubicuas aplicaciones sanitarias que funcionan con el escaneo de códigos QR a través de Alipay o Wechat (que en Occidente equivaldrían a portales desarrollados por Amazon y Facebook). Muchos ciudadanos son conscientes de que la invasión de la esfera privada en este Gran Hermano sanitario ha rebasado límites que difícilmente volverán a su cauce cuando la pandemia quede atrás.

Uno de los gritos genuinos coreados en Shanghái fue: “¡Que los follen a los QR!”.

El fuego en Urumqi incendió los ánimos en el resto del país. La vigilia de la capital financiera fue convocada con intención en la calle de Wulumuqi (Urumqi pronunciado en mandarín), que casi todo el mundo conoce por ser una de las arterias de moda, repleta de cafés y tiendas. La cita desbordó las expectativas, acudieron cientos de personas, comenzaron los cánticos y las consignas, se expandieron como un seísmo hasta Pekín y reverberaron en otras 20 ciudades del país ―según el recuento del Australian Strategic Policy Institute― hasta convertirse en una de las mayores muestras de descontento en China durante la era de gobierno de Xi Jinping.

La tragedia en Urumqi se sumaba a otras previas. En septiembre, fallecieron 27 personas en un accidente de autobús cuyos ocupantes estaban siendo trasladados a un centro de cuarentenas y muchos chinos se vieron con terror en el espejo de ese siniestro. Aquello despertó vigilias en línea, pero nadie osó salir a la calle en un país donde el activismo y los movimientos sociales han sido en gran medida descabezados en la última década bajo la batuta de Xi.

Un hombre era arrestado por la policía el 27 de noviembre, en una concentración en Shanghái.
Un hombre era arrestado por la policía el 27 de noviembre, en una concentración en Shanghái. AP

El primer chispazo de una protesta física sucedió dos días antes de que arrancara en octubre el XX Congreso del Partido Comunista, en el que Xi consolidó su poder con un tercer mandato sin precedentes. Un hombre solitario colgó un par de pancartas en un puente de Pekín: “No queremos PCR, sino comida” y “No queremos confinamientos, sino libertad”, decían los carteles, que también reclamaban la caída del presidente. Duraron un suspiro. El autor fue detenido y poco se sabe de él desde entonces. Pero el paso de la aséptica queja virtual a la protesta en el mundo real fue clave para avivar los ánimos. Sus mensajes inspiraron las palabras más coreadas en las manifestaciones: “¡No queremos PCR, queremos libertad!”.

Según Li ―y otros entrevistados para este reportaje―, no se había vivido un estallido similar “en 30 años”; es decir: desde las protestas estudiantiles de Tiananmén, uno de esos enormes tabúes para Pekín. Las revueltas de 1989 acabaron en una masacre que los chinos solo pueden conocer a través de la memoria oral de la familia, viajando al extranjero o sorteando la censura de la Gran Muralla china de internet.

Li y su amigo confiesan que la primera vez que ambos tuvieron contacto con una protesta fue en Estados Unidos, como estudiantes universitarios. Llegaron al país norteamericano al tiempo que Donald Trump se hacía con la Casa Blanca; las calles hervían con manifestaciones, también atravesadas por el movimiento Black Lives Matter.

“En los últimos 30 años hemos visto una China que se convierte en una potencia económica. Hemos estado consumiendo y comprando”, argumentan los cineastas. “Pero no teníamos esta conciencia hasta que fuimos a Estados Unidos”, añaden. “Somos gente nacida en los noventa, que no hemos visto una convulsión social de ningún tipo. Hemos visto el boom de la economía, hemos sido capaces de viajar globalmente y de estudiar en el extranjero. Hasta ahora”, lamentan ambos.

Los manifestantes han convertido un folio en blanco, en la imagen durante una vigilia en Pekín, en icono de las protestas, de ahí el nombre de revolución de la DIN-A4.
Los manifestantes han convertido un folio en blanco, en la imagen durante una vigilia en Pekín, en icono de las protestas, de ahí el nombre de revolución de la DIN-A4. MARK R. CRISTINO (EFE)

Por motivos sanitarios, la entrevista con ellos transcurre casi a la intemperie, en una moderna cafetería sin ventanas que amablemente ha permitido a un reportero venido de Pekín sentarse dentro, pero casi fuera del local. Hace un frío terrible. Esa tarde caerán las primeras nieves en la ciudad, pero la política de covid cero no permite que ningún recién llegado a Shanghái desde la capital entre en ningún establecimiento hasta que pasen cinco días y supere una ristra de pruebas PCR, lo que lo convierte a uno casi en un paria al borde de la congelación.

Las protestas han tenido mucho de hito generacional. Han sido una especie de bautismo de fuego en la arena de la manifestación política para los nacidos en los noventa. También ha sido una salida del cascarón en eso de probar en carne propia la represión. Ha habido numerosos detenidos —incluido un reportero de la BBC―, aunque no existe cifra oficial y han circulado en las redes vídeos de choques con la policía.

Yang, una mujer de 27 años, relata traumatizada los golpes que le dieron entre varios miembros de las fuerzas de seguridad a uno de sus compañeros de fatigas la madrugada de las protestas en Shanghái. Le cuesta enseñar el vídeo que grabó y le pasó otro de los manifestantes porque la imagen, que vio en directo, le vuelve de golpe a la memoria. Lo envía finalmente por Telegram, una aplicación de mensajería que muchos jóvenes usan para esquivar la censura china. Dura apenas unos segundos. El muchacho está en el suelo, parece esposado, y cuatro hombres vestidos de oscuro tratan de reducirlo. Le propinan una patada que duele verla.

Yang cuenta que el chico fue retenido en un furgón durante un tiempo que a ella se le hizo eterno y finalmente lo soltaron esa misma noche. Asegura conocer de forma directa a otras cinco personas que han sido detenidas en Pekín y Shanghái (todos ellos han sido ya puestos en libertad). También habla inglés a la perfección, se gana la vida como “freelancer” en una industria que prefiere no citar para no ser reconocida y también pasó un tiempo como universitaria en Estados Unidos durante la era de Trump. “Creo que mucha de la gente que ha ido a protestar ha tenido la experiencia de vivir o estudiar en el extranjero”, dice. “Cuando Trump fue elegido, en mi facultad, que era muy liberal e incluso socialista, salimos todos a la calle y fuimos a muchas manifestaciones”.

Viajeros en el metro de Shanghái el 30 de noviembre.
Viajeros en el metro de Shanghái el 30 de noviembre. Qilai Shen (Bloomberg)

Yang hace un relato detallado y casi al minuto de las dos jornadas de protestas en Shanghái, como si quisiera evitar que se perdieran en la memoria una vez se dinamite la política de covid cero, en ese giro de guion que ya parece haber iniciado el Gobierno esta semana. Hablando con ella no parece casual que muchos de los que tomaron las calles nacieran poco después de Tiananmén. En China, relata, esta generación es conocida por ser la gran beneficiada del periodo de reforma y apertura que inició el presidente Deng Xiaoping y continuó y profundizó ―tras la represión de las protestas de 1989― Jiang Zemin, muerto esta misma semana a los 96 años en Shanghái, en una de esas sorprendentes sincronicidades: el jueves, al despliegue policial por las protestas en la ciudad se le unió el blindaje por el cortejo fúnebre del exmandatario, cuyo cuerpo iba de camino a Pekín. Soplaban vientos huracanados.

Yang habla sentada en el sofá de su pequeño apartamento decorado con peluches y muebles de Ikea por el que pulula un gato curioso: “Somos la generación que se benefició [de este periodo de reforma y apertura] porque nuestros padres fueron los primeros en hacer negocios y en tener riqueza suficiente para darnos una mejor educación. A esto ayuda que somos sobre todo hijos únicos [fruto de la política de control de natalidad del país]”. También, añade, son la generación que nació con acceso a internet. Hábiles con el teléfono, que en China es casi tan necesario como el aire, lo habitual es estar al tanto de lo que sucede dentro, pero también fuera del gran cortafuegos.

La revuelta de estos días quizá no refleje un malestar generalizado. Pero sí ha dejado ver el enfado de una generación urbanita, instruida, abierta al mundo, y a la que los tres años de pandemia le han cercenado posibilidades de movimientos, de socialización, de ocio, de trabajo, de vida. Son jóvenes que ven pocas perspectivas de futuro con el país replegado en sí mismo y una economía envuelta en nubarrones.

No han sido los únicos en salir a la calle. En las últimas semanas, ha habido revueltas entre los trabajadores de la mayor fábrica de iPhone de China, en Zhengzhou, que estallaron con un violento rugido de furia en un conflicto laboral relacionado con las medidas sanitarias; y también entre los trabajadores de la migración interior a los talleres textiles del centro manufacturero de Guangzhou, afectados por los continuos cierres.

“Son una lágrima en un océano”, define a los manifestantes una persona que estuvo presente en las protestas de Tiananmén y vivió también de cerca la sacudida de Shanghái. Entre aquellas protestas ―organizadas, masivas y dilatas en el tiempo― y las de la pasada semana ―improvisadas y sofocadas en un par de días― hay un abismo, según cuenta. Pero las dos han compartido algo: el marcado carácter político.

Xi Jinping no se ha pronunciado en público sobre ellas. Pero sí ha confesado en privado que el origen de las manifestaciones se encuentra en “estudiantes frustrados” tras años de pandemia, según le dijo al presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, durante su fugaz encuentro en Pekín esta semana, y han desvelado altos funcionarios sin identificar de la Unión Europea. También le aseguró que la variante ómicron era mucho menos contagiosa, en un signo más de lo que parece un viraje hacia la reapertura de China y el final de la política de covid cero. Algunos de los manifestantes ven este giro como un triunfo de las protestas. “Creo que funcionan”, dice el cineasta Li. “Parece que las cosas han mejorado”, añade en referencia a la relajación de las restricciones decretada en Xinjiang y Guangzhou esta semana tras las protestas.

No todos lo ven tan claro. Entre los manifestantes que acudieron el domingo a las protestas de Pekín junto al río Liangma, se encontraba un artista de 31 años, con el que días después EL PAÍS sigue en contacto a través de un sistema de mensajería que permite esquivar la censura china. Al día siguiente de las manifestaciones, asegura, fue contactado por la policía con amenazas de ser detenido, igual que varios de sus amigos. El jueves escribió e hizo llegar a este diario un texto sobre el origen del descontento que lo guio a las protestas: “He vivido en una mentira desde el primer día de mi vida. Hemos sido esclavizados y hemos tenido que hacer lo que nos decían. Nunca hemos tenido derechos humanos básicos, democracia, libertad de expresión ni derecho constitucional en el que apoyarnos”.

La política de covid cero, en su opinión, es parte de una maquinaria regida por esa falacia, que somete a las personas a continuas PCR y confinamientos de forma obligatoria. Pero ir en contra de lo estipulado implica jugarse el tipo frente al Estado. “Tenemos que mentir sin dignidad para poder sobrevivir”, escribe. En su opinión, “la mayoría de los manifestantes solo están descontentos con la política de covid, no han despertado y no se han dado cuenta de que se trata de un problema sistemático”. No cree que las protestas logren cambiar las políticas y tampoco al Gobierno. “Más que descontento, estoy desesperado”.

La sacudida no ha sido un movimiento organizado ni homogéneo. Muchos de quienes asistieron solo querían volver a vivir en 2019. Nadie cree a estas alturas que las protestas vayan a tener mucho más recorrido por ahora. Pero sí han sido un aviso.

“Queremos volver a tener una vida normal”, decía en el fragor de las protestas de Pekín un estudiante de 22 años que se hacía llamar Peach. Llevaba un taco de folios blancos bajo el brazo entre la muchedumbre convocada junto al río Liangma. Las hojas vacías, explicó, eran el símbolo de las voces acalladas, y querían convertirlas en algo tan reconocible como el arcoíris del colectivo LGTBI. Otras voces sonaban más radicales. “Estoy en contra de todo el régimen de Xi”, añadía una mujer de 32 años, música en una banda, que había acudido para sumarse a “una voz mutua” que “despierte al pueblo”. A su alrededor se gritaban consignas contra las PCR y los confinamientos, se escuchaba en un altavoz el tema Heroes, de David Bowie, y el cóctel incluía La internacional y el himno nacional chino, de poderosa letra antiesclavista: “¡Levantaos! ¡Levantaos! ¡Levantaos!”.

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Sobre la firma

Guillermo Abril

Es corresponsal en Pekín. Previamente ha estado destinado en Bruselas, donde ha seguido la actualidad europea, y ha escrito durante más de una década reportajes de gran formato en ‘El País Semanal’, lo que le ha llevado a viajar por numerosos países y zonas de conflicto, como Siria y Libia. Es autor, entre otros, del ensayo ‘Los irrelevantes’.

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