La guerra socava el liderazgo de Rusia entre sus vecinos pos-soviéticos

Kazajistán se erige como una potencia política que no se deja avasallar por el Kremlin

Vladímir Putin (izquierda) y Kasim-Yomart Tokáyev, el pasado agosto en Sochi (Rusia).
Vladímir Putin (izquierda) y Kasim-Yomart Tokáyev, el pasado agosto en Sochi (Rusia).NIKITA ORLOV / KREMLIN POOL / SP (EFE)

La agresión contra Ucrania deteriora las relaciones de Rusia con otros vecinos y acelera las fuerzas centrífugas en las instituciones colectivas que nacieron con la voluntad de mantener espacios comunes en el entorno pos-soviético.

En Asia central, en el Cáucaso y en Europa, los países miembros de las constelaciones dominadas hasta ahora por Moscú buscan nuevos puntos de apoyo y nuevos mediadores para rebajar la influencia de la inestable Rusia. Entre las organizaciones colectivas postsoviéticas donde Moscú tiene el papel principal están la Comunidad de Estados Independientes (CEI), la Unión Económica Euroasiática (UEE) y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC). A ellas se añade la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) que agrupa también a países no surgidos de la URSS como China, India y Pakistán. En la última cumbre de esta organización, en septiembre en Samarcanda (Uzbekistán), Putin tuvo que afrontar las preguntas y preocupaciones del líder chino, Xi Jinping.

Sobre el telón de fondo de la guerra de Rusia en Ucrania, en Asia central y en el Cáucaso han aparecido nuevos factores, que incluyen la firme defensa de los intereses nacionales (Kazajistán), la decepción (Armenia) por la pasividad del aliado ruso y el aprovechamiento (Azerbaiyán) de la debilidad actual de Moscú en el Cáucaso. Georgia y Moldavia, por su parte, continúan orientándose hacia la Unión Europea.

La política de Vladímir Putin causa inquietud entre socios y aliados. Ninguno de los herederos de la URSS (ni siquiera Bielorrusia) ha reconocido las anexiones rusas en Ucrania (Crimea, Donbás y las provincias de Jersón y Zaporiyia) como tampoco reconocieron la independencia unilateral proclamada en 2008 por Abjasia y Osetia del Sur (en el pasado dos autonomías de Georgia).

Con una importante comunidad rusa en su territorio septentrional y una frontera de más de 7.000 kilómetros, Kazajistán está en la posición más delicada entre Rusia y Asia central, pero es también el país que muestra más liderazgo, gracias a su presidente, Kasim-Yomart Tokáyev. Este antiguo diplomático ha renovado el contenido de la política exterior “multidireccional” proclamada por su antecesor, Nursultán Nazarbáyev. Kazajistán impulsa la cooperación con Turquía, China y Estados Unidos y ha incrementado su presupuesto de Defensa este año.

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Tokáyev afirma la tradicional amistad con Rusia, pero no tolera que la antigua potencia colonial le dicte su política. Un reciente incidente diplomático en torno al embajador de Ucrania en Astaná ha evidenciado las tensiones ruso-kazajas. Después de que el embajador de Kiev hablara despectivamente de la política de Moscú, Rusia exigió a Kazajistán que expulsara al diplomático. Como la expulsión se demoraba, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, apremió a las autoridades kazajas y calificó al embajador ucranio como un “rusófobo beligerante” y un “nacionalista odioso”. El resultado fue que Astaná recriminó a Rusia por su falta de respeto y por meterse en asuntos ajenos.

En presencia de Putin, Tokáyev se manifestó contra el secesionismo en Ucrania en particular y contra los procesos de autodeterminación en general. Tras la movilización rusa, Kazajistán ha abierto generosamente sus puertas a quienes huyen del llamamiento a filas y ha acogido a más de 200.000 refugiados rusos.

Kazajistán se ofreció para mediar entre Rusia y Ucrania y se perfila también como un posible mediador entre Kirguistán y Tayikistán, que se han enfrentado violentamente por las discrepancias sobre su frontera común. En Kirguistán se ha acogido con malestar la condecoración que Putin ha impuesto al presidente de Tayikistán, Emomalí Rajmón, por “mantener la estabilidad regional”, sin considerar las sangrientas escaramuzas entre los dos vecinos centroasiáticos.

Tanto Tayikistán como Kirguistán se han declarado neutrales ante la invasión rusa de Ucrania. Bishkek, que ha acogido a refugiados ucranios y rusos, alega su falta de peso militar, económico y diplomático para influir en el conflicto.

Uzbekistán, el país más poblado de Asia central, está a favor de un alto el fuego y de una solución política de la guerra en Ucrania. Tashkent ha acogido a refugiados ucranios y rusos, se ha pronunciado por la integridad territorial de los Estados y en contra de las injerencias en sus asuntos internos. Por su parte, Turkmenistán, un país que se declara neutral y que es el más cerrado de toda Asia central, ha guardado silencio, pero ha enviado ayuda humanitaria a Ucrania.

En el Cáucaso, Azerbaiyán, oficialmente neutral, tiende en la práctica a apoyar la posición de Kiev, en gran medida porque el principio de integridad territorial está en consonancia con su política interna contra el enclave armenio de Nagorno Karabaj.

Bakú presta ayuda humanitaria a Kiev y su compañía nacional de hidrocarburos SOCAR, poseedora de estaciones de servicio de Ucrania, facilita allí gasolina gratis a vehículos de servicios básicos como bomberos y ambulancias.

La mediación del Kremlin en el recrudecimiento del conflicto de Nagorno Karabaj en 2020 y el envío de pacificadores rusos a la zona no ha frenado las hostilidades ni la voluntad de Azerbaiyán de hacer desaparecer aquel enclave armenio e incluso de alterar las fronteras de Armenia en beneficio propio. La OTSC, de la que Armenia es miembro, ha hecho oídos sordos a su petición de ayuda. Paralelamente a Turquía, que apoya a Bakú, los países occidentales comienzan a ocupar el vacío ruso con iniciativas de mediación. Estados Unidos ha logrado que Azerbaiyán devolviera a Ereván los combatientes armenios que había apresado y, la semana pasada, en Praga, la Unión Europea obtuvo luz verde de los dirigentes de Armenia y Azerbaiyán para enviar una comisión civil a la frontera entre los dos países este mismo mes. Georgia, por su parte, se alinea con Occidente en su condena a Rusia, pero, a pesar de su posición favorable a Ucrania, invoca sus intereses nacionales para no sumarse a las sanciones occidentales contra Moscú. Tbilisi, además de refugiados ucranios, ha acogido a más de 50.000 rusos.

Moldavia, un país solicitante de ingreso en la UE y dependiente del gas ruso, ha condenado la agresión del Kremlin, pero oficialmente no se ha sumado a las sanciones occidentales. Chisinau se ha pronunciado contra la ocupación militar y el secesionismo, incluido el de Transnistria, un territorio oficialmente moldavo donde Rusia mantiene un contingente militar. Pese a su posición prorrusa, los líderes de aquel territorio económicamente deprimido y encajado entre el río Dniéster y Ucrania, no se han dejado involucrar en las acciones bélicas de Moscú.

La decisión de Chisinau de prohibir la cinta de san Jorge (convertida en símbolo militar ruso) no ha sido secundada en Gagauzia, una autonomía de Moldavia que simpatiza con Moscú.

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Pilar Bonet

Es periodista y analista. Durante 34 años fue corresponsal de EL PAÍS en la URSS, Rusia y espacio postsoviético.

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