Los 7,7 millones de votantes de Mélenchon tienen la llave del Elíseo

Macron y Le Pen cortejan a los simpatizantes del candidato izquierdista, conscientes de que el voto del hartazgo es el mayor enemigo del actual presidente

Estudiantes ocuparon la semana pasada La Sorbona en protesta contra una final electoral entre Emmanuel Macron y Marine Le Pen
Estudiantes ocuparon la semana pasada La Sorbona en protesta contra una final electoral entre Emmanuel Macron y Marine Le PenEMMANUEL DUNAND (AFP)

Una gran foto de campaña de Jean-Luc Mélenchon y el lema “Otro mundo es posible” recibe a los viajeros que salen del metro en Saint-Denis, a unos centenares de metros de la basílica donde están enterrados los reyes de Francia. Pegado sobre el póster electoral del líder de Francia Insumisa, un panfleto celebra que en esta ciudad de la periferia de París, el candidato presidencial que quedó en tercer puesto a nivel nacional, fue aquí el más votado, con el 61% de los sufragios. “¡La lucha continúa!”, afirma otro afiche también pegado sobre la cara del político de izquierda populista, cuyos electores son ahora activamente cortejados por los candidatos en la ronda definitiva del 24 de abril. Tanto el centrista Emmanuel Macron como la líder de extrema derecha, Marine Le Pen, son conscientes de que los 7,7 millones de votos mélenchonistas de la primera vuelta tendrán la llave del Elíseo que ansían ambos.

Nadie sabe con certeza qué abrirá esa llave. En la noche de la primera vuelta, Mélenchon reiteró tres veces la importancia de que, en la cita del próximo domingo, “ni un solo voto” fuera a Le Pen. Pero tampoco pidió apoyar a Macron, como sí hicieron otros candidatos de izquierda —la socialista Anne Hidalgo, el ecologista Yannick Jadot o el comunista Fabien Roussel— y la conservadora Valérie Pécresse. El domingo, el equipo de Mélenchon dio a conocer una consulta interna en la que participaron 215.292 personas (una parte ínfima de los que votaron al candidato de izquierda) sobre su intención de voto en la segunda vuelta. Podían elegir entre votar en blanco, abstenerse o votar a Macron. Le Pen no entraba en la consulta. Solo un tercio de los participantes (33%) dicen que votarán por el presidente saliente. El resto se abstendrá (29%) o votará en blanco o nulo (38%).

Está por ver si estos resultados —que en ningún caso, insiste Mélenchon, equivalen a una consigna de voto— tendrán impacto. El problema, señalan analistas como Martin Quencez, subdirector de la oficina en París del laboratorio de ideas estadounidense German Marshall Fund, es que solo el 50% de los votos de Mélenchon en la primera vuelta fueron sufragios mélenchonistas “de convicción”. El otro 50%, señala, “no tiene interés en seguir las consignas de Mélenchon, lo que explica por qué la transferencia de votos en la segunda vuelta es bastante fluida”. Muchos de esos sufragios (hasta un tercio de los votos al izquierdista, advierten Quencez y otros analistas), sobre todo los antisistema, se sienten tentados de seguir el llamamiento de Le Pen, que busca revertir el frente republicano que hasta ahora le ha impedido llegar al poder en un frente anti-Macron bajo el lema, muy repetido estos días en las redes sociales, del “todo salvo Macron”.

Un mélenchonista-lepenista

En Saint-Denis, Marco lo tiene claro. El 10 de abril votó por Mélenchon, pero el domingo que viene, lo hará “por Le Pen”, dice mientras apura una cerveza en uno de los bares que rodean el mercado de la plaza, donde este jubilado de 62 años que trabajó toda su vida “aquí y allá” ayuda de tanto en tanto en algún puesto para completar su magra pensión. Marco, que no quiere dar su apellido (tampoco el resto de votantes entrevistados), es hijo de un inmigrante italiano y una descendiente de republicanos exiliados españoles. Se define como “comunista de toda la vida”, pero no se le atraganta la cerveza por irse ahora al bando opuesto. No es un voto convencido por Le Pen, subraya, sino un intento de evitar que “Macron nos joda otros cinco años”, dice, tras “dirigir un país como si fuera una empresa”.

Al cabo de un rato de charla, y mirando a los muchos migrantes que llenan el mercado de esta ciudad empobrecida de la periferia capitalina en la que ha pasado toda su vida, se dice que algo de mano dura con esos jóvenes de origen extranjero “que roban y fuman mierda (droga)” no estaría mal. Que no son todos, subraya echando una mirada al dueño del bar, de origen argelino y que escucha en silencio, aunque ha deslizado un rato antes que él votará por Macron. Pero esos jóvenes han hecho que ni él ni sus hijas se sientan “seguros” cuando caminan por Saint-Denis, y eso no puede ser, sostiene. Tampoco le disgusta imaginar una Europa “diferente, no esta Europa de ricos, con una Francia fuerte”; reconoce, no obstante, que está encantado de que haya una moneda única y no haya fronteras internas.

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La mélenchonista-abstencionista

Que Lorena, una estudiante de Filosofía de 26 años y electora de Mélenchon, sea una “antifascista” convencida no impide que comprenda a Marco. “Entre los que votarán a Le Pen hay mucha gente que no es racista, pero está cansada de Macron, porque lo único que ha hecho es despreciarnos”, afirma. Esta parisina franco-colombiana de 26 años fue una de las primeras en participar la semana pasada, junto a medio millar de estudiantes, en un encierro “contra Le Pen y Macron” en la misma universidad de La Sorbona de París donde, hace medio siglo, otros estudiantes lideraron las protestas de Mayo del 68 que hicieron tambalearse al Gobierno de Charles de Gaulle. Para Lorena, repetir la final de 2017 en la carrera presidencial (de nuevo Macron y Le Pen) es una “estafa”. Por ello, y aunque sabe que con su decisión podría facilitar la llegada al Elíseo de la ultraderechista, el domingo que viene no irá a votar, como tantos otros mélenchonistas. “No hay alternativa a la abstención para nosotros. Macron no es una opción, aunque sepamos que el Reagrupamiento Nacional [el partido de Le Pen] está ahí”, dice. “Las urnas se nos quedaron pequeñas, necesitamos otra cosa. Mélenchon estuvo a punto de conseguirlo, pero una vez más no lo ha logrado y otra vez nos toca aguantar dos opciones que no son una opción”, insiste.

“Votaré a Macron aunque lo detesto”

A Thomas se le tuerce el gesto al pensar en el domingo 24. “Votaré por Macron, aunque lo detesto. Y vomitaré al salir del colegio electoral”, dice este joven de 22 años que ha interrumpido sus estudios para convertirse en profesor de artes plásticas porque no ve claro el futuro. Lo que sí tiene claro es que, aunque considere que Macron y Le Pen “son las dos caras de una misma moneda” y que el presidente “ha hecho una política que ha llevado a que aumente la extrema derecha en Francia”, un voto a “Marine Le Pen es un peligro mortal”. “Es un riesgo que no podemos correr”, subraya. De ahí que, aunque sea con la nariz tapada, el domingo votará y lo hará por el mandatario actual. Con la esperanza, dice, de que al menos las presiones sociales —las protestas de los estudiantes estos días, la ocupación de una calle de París por el movimiento ecologista Extinction Rebellion— le den en qué pensar y, quizás, cambie en algo su política.

“Creo que Macron también es peligroso y no me hago ilusiones, estoy convencido de que si gana tendremos en cinco años otra vez a una Le Pen. Pero, estratégicamente, es lo menos malo y si logramos tener un contrapeso para imponerle algunos de nuestros temas y necesidades, no perdemos nada por intentarlo”.

El sábado, en un mitin en Marsella, tierra mélenchonista, Macron prometió más esfuerzos en ecología: dos ministros específicamente dedicados y un primer ministro “encargado de la planificación ecológica”. Un mensaje que parecía dirigido a los oídos de los Thomas de toda Francia. La duda es si, el próximo domingo, habrá más gente como este joven o, por el contrario, pesarán más las Lorenas abstencionistas o incluso los Marcos reconvertidos en lepenistas.

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Sobre la firma

Silvia Ayuso

Corresponsal en París. Previamente formó parte del equipo de EL PAÍS en Washington. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, comenzó su carrera en la agencia Efe y posteriormente en la alemana Dpa, para la que también fue corresponsal en Santiago de Chile, La Habana y Washington.

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