Las siete horas de registros telefónicos perdidos de Trump durante el ataque al Capitolio

La comisión que investiga el asalto del 6 de enero descubre un hueco en los archivos de la Casa Blanca en el que no consta ninguna comunicación del expresidente

Donald Trump, al teléfono con los líderes de Sudán e Israel, en octubre de 2020.
Donald Trump, al teléfono con los líderes de Sudán e Israel, en octubre de 2020.Alex Brandon (AP)

¿A quién llamó Donald Trump entre las 11:17 y las 18:54 del 6 de enero de 2021? ¿Con quién habló mientras se desarrollaba el ataque al Capitolio que él mismo había instigado en un mitin previo con miles de sus seguidores? No hay respuesta para esas preguntas en los archivos de la Casa Blanca. La comisión del Congreso de Estados Unidos que trata de reconstruir lo que sucedió aquel día se ha encontrado con un hueco en los registros telefónicos del entonces presidente, según ha desvelado una exclusiva conjunta del diario The Washington Post y la cadena televisiva CBS News. Más de siete horas y media. 457 minutos. Una eternidad para los investigadores, durante la que la sede de la democracia en Washington fue asaltada violentamente por una turba, y el vicepresidente Mike Pence y los congresistas tuvieron que buscar refugio.

¿Significa eso que Trump destruyó esos registros de llamadas, que el Supremo le obligó a entregar en enero con el resto de los documentos presidenciales? Es una de las hipótesis que se baraja. Otra es que el presidente pudo usar distintos teléfonos para comunicarse con sus colaboradores, lo cual está prohibido por la ley. Lo que parece claro es que no permaneció callado. Los datos sobre las llamadas enviadas o recibidas por la centralita de la Casa Blanca ocupan 11 páginas, que confirman que el magnate tuvo una jornada telefónica intensa durante el resto del día. Telefoneó a ocho personas por la mañana y 11 por la noche, antes y después del hueco que ahora se ha conocido. Además, hay evidencias públicas de que durante esas siete horas se comunicó o intentó comunicarse con, al menos, los senadores republicanos Mike Lee (Utah) y Tommy Tuberville (Alabama), además de con el líder de la minoría de la Cámara de Representantes, el también republicano Kevin McCarthy (California).

En los registros supervivientes del seis de enero, que pueden consultarse aquí, consta que Trump habló o pidió hablar con algunos de los actores principales de la trama: su asesor Steve Bannon, que en noviembre se entregó al FBI tras haber sido acusado de desacato al Congreso por no comparecer ante la comisión que investiga el ataque al Capitolio; el abogado Ruddy Giulianni, citado a declarar por haber promovido teorías falsas sobre el supuesto fraude electoral, y su jefe de gabinete, Mark Meadows, de quien se ha sabido que recibió presiones de Ginni Thomas, esposa del juez del Supremo Clarence Thomas, para que hiciera lo posible por revertir el triunfo electoral demócrata. También, con el representante de Kentucky Mitch McConnell, líder de los republicanos en el Senado, y con el entonces vicepresidente Mike Pence, de quien pretendía ese día que impidiera, empleando unas facultades que no está claro que posea quien ostenta ese cargo, el traspaso de poderes legítimo al vencedor de las elecciones de noviembre de 2020, Joe Biden.

El comité del 6 de enero está indagando si en esas siete horas, Trump se comunicó a través de otros canales, de teléfonos de sus ayudantes o de terminales de usar y tirar, según explica la noticia de The Washington Post, que firman el venerable Bob Woodward, que hace medio siglo destapó junto a Carl Bernstein el escándalo del Watergate, y Robert Costa, corresponsal político de CBS News. Juntos lanzaron a finales del año pasado Peligro (Roca Editorial), sobre la accidentada transición entre Trump y Biden. El republicano aún sostiene, sin pruebas, que la elección de 2020 en la que perdió la Casa Blanca le fue robada.

Trump no se distinguió durante su presidencia por el respeto a la Ley de Registros Presidenciales, que determina que esas comunicaciones son propiedad del Estado, y no del inquilino de la Casa Blanca. En febrero se supo que tenía por costumbre hacer trizas papeles con información sensible y que, al dejar el cargo, se llevó documentos clasificados e información valiosa para la seguridad nacional a su mansión de Mar-a-Lago, en Florida, según confirmó la Organización Nacional de Archivos y Registros (NARA, por sus siglas en inglés). También era usual, según fuentes de su Administración, que empleara diferentes teléfonos para comunicarse con sus funcionarios, que recibían llamadas desde la centralita de la Casa Blanca o de diferentes números. En ocasiones, la voz del presidente sonaba tras descolgar un número oculto.

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En un comunicado, Trump dijo el lunes por la noche: “No tengo idea de qué es un teléfono desechable, que yo sepa, nunca oí hablar de tal cosa”. Una portavoz del magnate explicó a Woodward y Costa que este no había tenido que ver con la manipulación de los registros y que, hasta donde él sabe, todas sus llamadas fueron grabadas y preservadas.

La semana comenzó para el expresidente con la noticia de que un juez federal, David Carter, considera “más probable que no” que Trump y John Eastman, uno de sus asesores legales, a quien Carter ha obligado a entregar más de un centenar de correos electrónicos al comité del seis de enero, “conspiraron” para evitar la certificación de votos en el Congreso. El día del asalto al Capitolio, Trump presionó al vicepresidente Mike Pence con aquel mitin en Washington para que emplease su cargo para no validar el triunfo demócrata, un proceso que suele ser un mero trámite democrático y que aquel día se convirtió en uno de los episodios más negros de la historia reciente de Estados Unidos.

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Sobre la firma

Iker Seisdedos

Es corresponsal de EL PAÍS en Washington. Licenciado en Derecho Económico por la Universidad de Deusto y máster de Periodismo UAM / EL PAÍS, trabaja en el diario desde 2004, casi siempre vinculado al área cultural. Tras su paso por las secciones El Viajero, Tentaciones y El País Semanal, ha sido redactor jefe de Domingo, Ideas, Cultura y Babelia.

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