Costa Rica se debate entre la tradición y el cambio en unas elecciones con 25 candidatos

Los costarricenses acuden este domingo a las urnas con altos niveles de indecisión. El expresidente Figueres es el único que parece tener garantizado un cupo en la probable segunda vuelta, según las encuestas

Simpatizantes del expresidente y candidato José María Figueres se reúnen frente a una estatua en honor del padre del candidato, este sábado en San José.
Simpatizantes del expresidente y candidato José María Figueres se reúnen frente a una estatua en honor del padre del candidato, este sábado en San José.Bienvenido Velasco (EFE)

En Costa Rica le llaman ‘feria del agricultor’ a los mercadillos de frutas y verduras los fines de semana en cada municipio. Comercian, claro, pero también socializan y se miden los humores populares. Se palpa el costo de la vida, bromean sobre el fútbol, reparten bendiciones o piropos y en campaña electoral tampoco le zafan a la política, sea en broma o en serio. Es un pequeño laboratorio que confirma el desánimo de la mayoría de la población con los partidos políticos que compiten por el poder en las elecciones de este domingo, o al menos por entrar a una inevitable segunda vuelta: nunca ha habido tantas candidaturas —25— y nunca una campaña tan difusa y con tan altos niveles de indecisión, según reflejan las encuestas.

De alguna manera, la campaña electoral ha sido el Partido Liberación Nacional (PLN), el más grande del país fundado apenas después de la última guerra que vivió Costa Rica, en el ombligo del siglo XX, con el expresidente José María Figueres (1994-1998) al frente, contra un menú variadísimo y confuso de 25 candidatos. En él hay desde partidos recién hechos, tránsfugas persistentes, emprendedores de nicho y aspirantes sacados del sombrero al ver frente a sí un amplio terreno de nadie. Este vacío se refleja en la enorme masa de indecisos que se reportaba aún cinco días antes de las elecciones: 32% de los decididos a votar, de los cuales un tercio probablemente llegue a resolver su voto solamente cuando tenga la papeleta en la mano, con el instinto.

Por eso, los analistas insisten en señalar la gran incertidumbre sobre los resultados, acentuada por los escasos márgenes de apoyo de las candidaturas que escoltan a Figueres y rivalizan con él: cinco nombres que oscilan entre los 13 puntos y los cinco puntos de apoyo en los sondeos, pequeños sacos de apoyo electoral que, sin embargo, pueden alterarse por cientos de miles de votos que se decidirán ‘in extremis’ por las razones más variadas.

Vuelve el predicador evangélico Fabricio Alvarado

En las urnas y sin sospechas de fraudes o violencia, la norma en la resistente democracia costarricense, se medirá de nuevo el poder de los movimientos evangélicos con el candidato Fabricio Alvarado, (el predicador que sorprendió a todos en 2018) y la añoranza por el bipartidismo con Figueres y con Lineth Saborío (una conservadora del Partido Unidad Social Cristiana con propuestas ambiguas que se resumen en ‘unir a Costa Rica’), pero también la crítica populista al sistema político mismo, encarnado por un raro político llamado Rodrigo Chaves, que ha crecido en las últimas semanas y activa las alertas.

Chaves es un economista de 61 años que en las últimas encuestas mostró una tendencia al alza hasta un 8% de respaldo, suficiente para presentarse como una de las opciones para la segunda vuelta. Crece a pesar de que fue sancionado por conductas inapropiadas sexuales cometidas cuando fue funcionario en el Banco Mundial, justo antes de renunciar y volver a Costa Rica para un fugaz paso como ministro de Hacienda en el Gobierno actual. Todo en los últimos dos años. Su partido se llama Progreso Social Democrático (PSD), tan nuevo como desconocido, pero importa poco porque el peso de imagen lo lleva una periodista famosa llamada Pilar Cisneros, voz ácida contra la clase política, quien que va de candidata a diputada y parece tener garantizado a partir de mayo uno de las 57 escaños de la Asamblea Legislativa unicameral, elección sobre la que hay más incertidumbre que en la presidencial.

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Angie Monge es una de las vendedoras de fruta de la feria. Los fines de semana lleva al centro del país los aguacates, fresas y manzanas que produce su familia en Copey de Dota, una región montañosa al suroeste de San José, que por décadas ha sido un fuerte del tradicional del PLN. Representa a los grupos que quieren cambios, cómo no, pero ‘a la tica’, es decir, paulatinos, sin remezones. Sus padres y abuelos fueron liberacionistas cuando ello significaba apoyar la socialdemocracia, la centro izquierda o todas esas ideas que abogaban por un Estado fuerte y protagónico en la economía. Ella, en cambio, ha crecido en tiempos de reconfiguración política y apoya al Frente Amplio, el único partido de izquierda con representación legislativa. “Tiene las ideas más frescas y PLN es algo añejo, pero si tengo que votar en segunda ronda por PLN cierro los ojos y lo hago, para que no queden otros”, dice alzando los hombros, como resignada.

Votar por el PLN es votar por el candidato Figueres, que parece tener ya un pie en la segunda vuelta programada para abril. Es votar por la carta más tradicional del juego, la más cuestionada por su largo pasado, pero también la menos chocante para un sector del país poco dado a cambios abruptos. Es el partido más ubicado al centro del espectro ideológico con el que se identifica la mayoría de la población, una bandera que defiende el papel de las instituciones públicas a pesar de las críticas populares por su ineficiencia. Y es, sin embargo, una de las agrupaciones más rechazadas en un clima de enojo por la corrupción y por el deterioro de las condiciones de vida de la gran clase media de la que se ufanaba Costa Rica, bien representada en vendedores y compradores de las ‘ferias del agricultor’.

Ya no importa sacar al impopular Partido Acción Ciudadana (PAC, progresista) del poder; ya está liquidado en las encuestas. Ahora priman criterios como la búsqueda de un nuevo cambio, después de la desilusionante llegada del PAC en 2014, en el fin del bipartidismo de décadas. Unos quieren un partido que defienda el Estado fuerte y otros quieren candidatos que lo limpien radicalmente, que lo intervengan o directamente que lo recorten hasta su mínimo posible, sobre todo un grupo de derecha moderna que lo considera un estorbo. Este ha sido el debate en el subsuelo de la campaña, apenas expresado cuando se habla de impuestos, de exoneraciones o no para atraer inversión, de la obligatoriedad de la vacuna contra COVID-19 o de dónde deben estar los motores que generen trabajos para bajar del 14% el desempleo.

“Costa Rica es un país que ha sabido llevar el peso de lo público con el sector privado, pero si se impone el conflicto le será difícil encontrar la salida. La solución pasa por un nuevo paradigma de beneficio en ambos sentidos, una sinergia adaptada a las nuevas condiciones”, dice a EL PAÍS, Daniel Zovatto, director en el continente del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA), con sede en Suecia. Se refiere a la discusión de baja intensidad entre interés público y poder privado, aunque la conversación electoral ha sido una nube de humo entre 25 candidaturas que solo han confundido más al electorado.

Solución por las urnas

Las circunstancias tampoco son exclusivas de Costa Rica. “Hemos visto recientemente en América Latina una tendencia de segundas vueltas, rupturas del sistema de partidos y el valor del voto-castigo, además de un contexto difícil que la pandemia ha complicado más. Hay frustración y problemas en la casa, pero también en el barrio centroamericano, aunque al mismo tiempo los costarricenses tienen en su ADN un apoyo sólido a la democracia, una de las tres mejores de América Latina”, comenta desde Panamá. “Será crucial el resultado para la gobernabilidad y evitar que los problemas acumulados lleven a turbulencias que hemos visto en otros países”, añade.

En la feria de las frutas y verduras se palpa ese dilema, aunque cada quién cree que su candidato es el que puede esquivar la crisis. Sonia F., una maestra al borde de la jubilación, cree que conviene dar un golpe de timón. “Voy a votar por ella”, dice mientras escoge las naranjas, pero “ella” significa “ella y él”. Se refiere a la periodista Cisneros que repudia a la clase política y que acompaña al economista Chaves. El populista de formas rudas atribuye a “grupos económicos poderosos” locales la divulgación de las denuncias en su contra por acoso sexual, publicadas también en The Wall Street Journal el 18 de octubre. Sonia dice que está harta de los políticos de siempre, que confió en el PAC hace ocho años y que ahora quiere apoyar a Cisneros para ver si este experimento resulta mejor. “No me vengan con que hay coronavirus (Costa Rica registró en esta semana la mayor cantidad de casos nuevos durante la pandemia); tenemos que ir a votar para evitar que gane Figueres. Yo soy maestra y me acuerdo bien de su Gobierno”, justifica.

Lo que Sonia no olvida es una gran huelga de maestros en 1995, uno de los episodios de un Gobierno políticamente convulso del que sin embargo se enorgullece Figueres cuando recuerda tres hitos relevantes para la Costa Rica actual. No se cansa de repetir que trajo al gigante de microprocesadores Intel, que abrió trecho para la industria tecnológica en el país, que creó una red de más de mil clínicas básicas que han resultado vitales para enfrentar la pandemia y que ideó un programa de pagos estatales a finqueros que conserven el bosque, una de las políticas aplaudidas por el mundo ecologista y bien aprovechadas por la industria del turismo.

Eso le reconocen algunos, pero a Figueres lo acompaña la sombra de la corrupción por casos que nunca han llegado a estrados judiciales, como las millonarias consultorías que dio a la empresa francesa Alcatel denunciadas por la prensa en 2004 como actos de influencia para que el Estado le otorgara contratos de líneas telefónicas. El hijo del estadista del siglo XX que abolió el Ejército en 1948, Pepe Figueres, era ya expresidente y ejercía como director del Foro Económico Mundial, cargo al que renunció por los cuestionamientos en Costa Rica, aunque tardó ocho años más en regresar al país para intentar eso que ahora parece factible: la reelección a pesar de su pasado, de su partido desgastado y del nuevo rompecabezas político. Ni siquiera ha podido garantizarse el apoyo de su hermana Christiana, connotada líder internacional contra el cambio climático, con quien se enfrascó en una disputa pública por la herencia familiar.

José María Figueres programó comenzar su jornada electoral votando en el pueblito llamado ‘La lucha’, en la hacienda histórica donde está sepultado su padre, a 26 kilómetros de la finca de la familia de Angie. Los 2.100 centros de votación en territorio nacional se abren a las 6 de la mañana y la tradición indica que los mayores votan por la mañana y los jóvenes por la tarde, pero las cosas han cambiado y analistas incluso prevén que el abstencionismo supere el 34,3% de la primera ronda del 2018. Unas 50 mesas se abren también en consulados fuera del país para atender a votantes en el extranjero, una cantidad ínfima en relación con otros países latinoamericanos. Costa Rica sigue siendo sobre todo un país destino (migración, turistas, inversiones), con indicadores sociales superiores a los promedios de la región, pero con tendencias preocupantes. Por eso la vendedora de aguacates y la compradora de naranjas coinciden en recuperar algo que Costa Rica tuvo. Pero una prefiere resignada el camino de siempre y la otra prefiere seguir probando nuevos senderos, ya verá hacia dónde.

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