La furia de ‘Ida’ se ceba con las “casas-sótano” de Nueva York: “En un minuto ya se habían ahogado”

Vecinos de un barrio de Queens, el distrito más afectado por la tormenta, narran el horror vivido el miércoles por las inundaciones

Un sótano usado como vivienda en el distrito de Queens en Nueva York muestra el viernes los estragos producidos por la tormenta Ida, el viernes 3 de septiembre. En vídeo, imágenes de los estragos que ha dejado la tormenta.

El paso de la tormenta tropical Ida por Nueva York no solo ha dejado un reguero de muerte y destrucción, también ha revelado la precariedad que se esconde en la capital del mundo; el reverso dramático de los reclamos de neón y los rascacielos. Una decena de muertos —la mayoría en el distrito mestizo de Queens— e incontables daños materiales constituyen la factura a pagar por una realidad oculta, paralela: la existencia de innumerables bajos reconvertidos en infraviviendas, alojamientos insalubres o precarios, de legalidad dudosa, en sótanos que en muchos casos no pasan de gateras, cuando no zulos, con ventanucos a ras de calle por los que apenas pasaría un niño. Estancias sin apenas control o supervisión del Departamento de Vivienda; arreglos informales entre caseros e inquilinos.

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En uno de esos bajos, en Woodside, uno de los barrios de Queens, murieron el miércoles ahogados los tres miembros de una familia: el matrimonio y un bebé de 19 meses. “Fue visto y no visto, pasó todo en un minuto, fue imposible reaccionar”, explicaba este viernes Kumchoo Sherpa, inmigrante nepalí como las víctimas y residente en el tercer piso del inmueble. “Mis padres estaban en casa y se quedaron paralizados de pánico por el diluvio, yo estaba trabajando. El agua entró en tromba en el sótano, porque a la fuerza de la lluvia se unió el hecho de que el edificio se encuentra al final de una empinada cuesta, rematada por un muro de hormigón que separa la calle de la autopista. Por eso el agua rebalsó y entró con más furia aún en la casa. La mujer pidió auxilio por móvil a la casera, y esta le gritó: ‘¡Salid de ahí, salid de ahí ya!’. Pero al cabo de un minuto ya nadie contestó el teléfono. Se habían ahogado los tres, el agua había llegado al techo”.

Sherpa se muestra aún conmocionado, a escasos metros del zulo que se convirtió en sepulcro, en el callejón sin salida ante el que este viernes hacían guardia un coche de la policía y otro del Departamento de Vivienda. En el patio, la bandera de las barras y estrellas colgaba a media asta, junto a un par de carteles con el lema “God blesses our troops” (Dios bendiga a nuestras tropas). Una guirnalda de banderolas budistas hilvanaba la verja, como seña de identidad de los vecinos. La casera, también nepalí, permanecía encerrada en el interior del inmueble. En el garaje del edificio contiguo, una fila de sacos terreros apuntalaba la verja metálica, semiarrancada por el impacto de la tromba. Pero apenas 100 metros calle arriba, los pensamientos de un primoroso parterre permitían pensar que la noche del miércoles fue un mal sueño. Igual que la desgracia va por barrios —bien lo sabe Nueva York—, la estratigrafía de la fortuna se corresponde con la escala social: cuanto más abajo, más cerca la desgracia.

Los pocos vecinos que este viernes se aventuraban por las calles de Woodside rehusaban contestar preguntas. Pero Faruk, un afable inmigrante de Guayana, confirmaba que muchos como él, basurero de profesión, viven en sótanos angostos “porque en algún sitio hay que vivir, los alquileres son carísimos en Nueva York”. “Mi casa no tiene más ventilación que la puerta de entrada, y vimos cómo bajaba el agua por las escaleras, mire”, cuenta, mostrando un vídeo de la inundación de su vivienda, en Jamaica, otro barrio de Queens, por la que paga 1.500 dólares al mes. “Aunque es muy oscura porque no tiene ventanas, esta vez agradecimos que solo hubiera un hueco por donde el agua podía colarse. Por fortuna, justo delante de la entrada el casero tiene una especie de trastero, que frenó y desvió parte del caudal, y en mi casa solo se coló un hilo de agua. Tan pronto como paró de llover, dejó de entrar”.

Una persona clasifica las pertenencias de su casa anegada en un vecindario de Queens, Nueva York, que sufrió inundaciones masivas y numerosas muertes después de una noche de fuertes vientos y lluvia de los restos del huracán 'Ida', el pasado 3 de septiembre.
Una persona clasifica las pertenencias de su casa anegada en un vecindario de Queens, Nueva York, que sufrió inundaciones masivas y numerosas muertes después de una noche de fuertes vientos y lluvia de los restos del huracán 'Ida', el pasado 3 de septiembre.SPENCER PLATT (AFP)
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Al menos 45 muertos en cuatro Estados (Nueva York, Nueva Jersey, Pensilvania y Connecticut) es el balance humano de los coletazos de Ida. Una tragedia congruente en cualquiera de los ranchitos que se agolpan en la periferia de las grandes ciudades latinoamericanas, pero tan estridente como inexplicable en la Gran Manzana. El presidente Joe Biden aprobó el jueves la declaración del estado de emergencia en Nueva York y Nueva Jersey y ordenó el envío de ayuda federal. En Nueva Jersey el balance de víctimas mortales se elevó hoy a 25, tras ser hallados dos cuerpos entre el lodo y los escombros, mientras seis personas siguen desaparecidas. A mediodía de este viernes, más de 14.000 hogares seguían sin luz entre Nueva York y Nueva Jersey, además de otros 20.000 en Pensilvania.

El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, anunció un refuerzo del sistema de alertas y del operativo de evacuación cuando el pronóstico meteorológico lo recomiende, con funcionarios avisando puerta a puerta a los residentes en “vecindarios con altas concentraciones de sótanos residenciales”. El propio aviso es una asunción tácita de la existencia oculta en el subsuelo de decenas de miles de neoyorquinos. Kathy Hochul, la gobernadora del Estado de Nueva York —donde se han registrado al menos 15 muertos—, apuntó este viernes que el balance de daños superará con creces los 30 millones de dólares, el umbral requerido para que el Gobierno federal apruebe la declaración de zona catastrófica y afloje más dinero para compensar las pérdidas de particulares y los daños a las infraestructuras.

Como los enseres de Marcos, el hijo treintañero de Carlos Soto, inquilino de un sótano bajo el hogar de sus padres, en el otro extremo de Woodside. “Lo perdió todo, los electrodomésticos, la ropa, sus recuerdos. Pero al menos conservó la vida”, explica Soto. “¿Sabe usted dónde conseguir ayuda? Mi hijo perdió su empleo por la pandemia y se ha quedado sin nada ahora”, interroga el hombre, junto a dos vecinos que, constituidos en voluntariosa cuadrilla de operarios, acarrean sus pocas herramientas domésticas en cubos de plástico para echar una mano en las reparaciones. Dos bloques más allá, un par furgonetas del servicio de parques y jardines del distrito dan un respiro a las palas y los rastrillos, movilizados también para la emergencia.

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