Bielorrusia

Lukashenko atenaza a la oposición bielorrusa y afirma que ha frustrado un complot extranjero

Decenas de detenidos en las inéditas protestas por el arresto de varios aspirantes a las presidenciales de agosto

Lukashenko en el desfile militar del Día de la victoria, el pasado 9 de mayo, en Minsk.
Lukashenko en el desfile militar del Día de la victoria, el pasado 9 de mayo, en Minsk.Vasily Fedosenko / Reuters

En plena ofensiva contra sus opositores y el descontento social cada vez más agudo, el presidente bielorruso, Aleksandr Lukashenko, asegura haber frustrado un plan para “desestabilizar” el país. Lukashenko, que ha gobernado con mano de hierro esa república exsoviética desde hace 26 años, se enfrentará en agosto a unas elecciones presidenciales que, por primera vez en décadas, le pueden causar grandes dolores de cabeza. El líder bielorruso, de 65 años, a quien se suele apodar el “último dictador de Europa” y que quiere alcanzar su sexto mandato consecutivo, ha puesto en marcha su habitual maquinaria represiva para acallar cualquier voz crítica. Una campaña que ha derivado en el arresto de sus principales adversarios, entre ellos el prominente exjefe de un banco propiedad rusa que aspiraba a ser candidato. Detenciones que han desatado una inédita oleada de protestas en el país que se ha saldado este viernes con decenas de manifestantes arrestados en varias ciudades.

Con un verano que se prevé caliente en movilizaciones sociales pese a la epidemia de coronavirus, Lukashenko ha apuntado como responsables de esa supuesta injerencia tanto a Rusia —con la que las relaciones son cada vez más tirantes pese a la dependencia de Minsk— como a Occidente.

“Hemos logrado tomar medidas para anticipar y frustrar un plan importante para desestabilizar Bielorrusia (esto no es una broma o una táctica de miedo) y traer un nuevo Maidán”, aseguró Lukashenko, en referencia a las protestas en Ucrania en 2014 que terminaron por derrocar al presidente prorruso Víktor Yanukovich. “Hemos desenmascarado no solo títeres aquí, sino también a titiriteros que están fuera de Bielorrusia”, añadió en una reunión sobre economía en Minsk, según la agencia estatal Belta.

Sus comentarios que se produjeron como antesala de las numerosas detenciones —también de varios periodistas que cubrían la movilización— en las protestas que, por segundo día consecutivo, inundaron el centro de Minsk. Allí, en la capital bielorrusa miles de personas volvieron a hacer cola durante horas, en una cadena humana kilométrica, en solidaridad con los opositores detenidos. “Liberadles”, coreaban ondeando banderas. También, alguna que otra zapatilla, en alusión al instrumento más popular para matar a las cucarachas. Y es que algunos de sus críticos apodan a Lukashenko “cucaracha” por su bigote y su supuesto parecido con el personaje-insecto de un cuento ilustrado de la época soviética. De ahí también el lema de la campaña del popular youtuber Serguéi Tijanovski, que había aspirado también a concurrir en agosto.

“Este año, la aparición de nuevos rostros en la campaña, como Babariko o Tijanovski han convertido unas elecciones totalmente predecibles en impredecibles”, remarca el politólogo Pável Úsov, del Centro Bielorruso de Estudios Europeos, con sede en Minsk. Además, se podría postular Valeri Tsepkali, que fue embajador en EE UU y que es el fundador de un exitoso conglomerado tecnológico en Bielorrusia.

El exbanquero Babariko, que renunció a la administración de Belgazprombank para presentarse a las presidenciales del 9 de agosto, había reunido más de 400.000 firmas, el cuádruple de las necesarias para concurrir. Fue arrestado el jueves, unos días después de que el banco que había dirigido, y que es la filial bielorrusa de Gazprombank de Rusia, fuese investigado. La inteligencia bielorrusa también arrestó a su hijo, Eduard, responsable de su campaña de recaudación de fondos, y a otros 15 ejecutivos por “amenazar los intereses” del país. Detenciones que la campaña de Babariko y otros opositores ven como una forma de tratar de acallar a quien se había convertido en su principal contendiente.

También Tijanovski, que recorrió Bielorrusia con una zapatilla gigante en el capó de su coche, para hacer campaña y la transmitió por Internet, fue detenido el mes pasado. La policía asegura que halló 900.000 dólares (805.000 euros) en su casa y sugiere que es un “agente extranjero”. Se encuentra en arresto domiciliario y ante la imposibilidad de terminar de recolectar las firmas para presentar su candidatura, su esposa, Svetlana, profesora de inglés de 38 años, ha recogido el testigo y es ahora la candidata.

“Por primera vez en la historia Lukashenko no culpa a Occidente —o no solo— sino a Rusia; abiertamente. A Gazprom [la multinacional energética rusa, accionista del banco intervenido], en concreto y a oligarcas rusos. Hay quien cree que ciertos grupos rusos están detrás de la actividad de Babariko para presionar a Lukashenko”, señala el politólogo Úsov. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, ha asegurado este viernes que Rusia no tiene candidatos favoritos y que eso depende de los bielorrusos.

El régimen de Lukashenko, que se ha hecho fuerte en una combinación equilibrada de paternalismo, represión, populismo y subsidios a la ciudadanía, ha prohibido las encuestas independientes en Bielorrusia (9,4 millones de habitantes). Aunque los sondeos de algún medio independiente –como el portal Tut.by— y el termómetro de las protestas en las calles y las redes sociales muestran cómo el apoyo a quien fue jefe de una granja colectiva (koljós) en tiempos de la URSS se está desmoronando, empujado por las dificultades económicas y la indignación ante la nula respuesta del Gobierno frente a la pandemia de coronavirus.

En Bielorrusia, donde se han registrado unos 57.500 infectados y 337 muertos (según los datos oficiales), no se ha aplicado cuarentena ni se han cerrado las fronteras. Y ha seguido celebrando eventos multitudinarios, como el desfile militar del Día de la Victoria, el pasado 9 de mayo. De hecho, al principio de la pandemia Lukashenko sugirió combatir el virus con vodka y sauna. “Es mejor morir de pie que vivir de rodillas”, dijo el líder bielorruso cuando la vecina Rusia cerró sus fronteras a los extranjeros.

Acusaciones a Rusia y a Occidente

Moscú y Minsk son aliados históricos pero los lazos entre ellos están cada vez más tensos desde que Rusia redujo los subsidios y acuerdos energéticos que apuntalan el Gobierno de Lukashenko, y de los que la economía del país es enormemente dependiente. Fue entonces cuando Lukashenko empezó a comentar que Rusia presionaba para fusionar ambos Estados a cambio de energía barata.

Una brecha que Estados Unidos y sus aliados no han tardado en aprovechar, vendiendo petróleo a buen precio a Minsk. Aunque la relación con Washington también es complicada. Y más después de que esta semana EE UU ampliase las sanciones contra Bielorrusia que impuso hace ya 14 años por sus políticas autoritarias y represivas. Y así, en medio de las tensiones y con una economía en declive —según el FMI el PIB bielorruso caería este año un 6%—, llegó la pandemia de coronavirus y la hibernación económica.

Los analistas sostienen, sin embargo, que pese a las posibles presiones Putin no puede permitirse la inestabilidad en su patio trasero y que, aunque la relación con Lukashenko es tensa, ambos se conocen desde hace tiempo y se tienen tomada la medida.

Este viernes, la UE ha reclamado a Minsk que libere a Babariko, que al parecer se encuentra en la sede del KGB (Bielorrusia es el único país de la antigua URSS que mantiene el nombre de la inteligencia soviética) y ha instado a las autoridades bielorrusas a “garantizar una contienda política significativa y competitiva”.

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