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Los ultras europeos, entre el poder y el cordón sanitario

Países como Alemania o Francia rechazan coaliciones con la extrema derecha; no así Italia o Austria

Berlín / París / Roma / Madrid
Matteo Salvini, durante un acto en Forlì, el pasado 11 de noviembre.
Matteo Salvini, durante un acto en Forlì, el pasado 11 de noviembre.

Con el gran salto en las elecciones del 10-N, en las que Vox se convirtió en el tercer partido del Congreso al duplicar con 52 escaños los obtenidos seis meses antes, la formación ultraderechista española se ha colocado en los niveles de partidos comparables en otros países europeos. En su rápido ascenso, a Vox le han dado la mano PP y Ciudadanos, que se apoyan en los votos ultras para gobernar en Madrid, Andalucía y Murcia. Europa se debate entre compartir el poder con la extrema derecha y el cordón sanitario para evitar su entrada en los Gobiernos.

Barrera en Alemania

Hasta ahora ha regido en Alemania un férreo cordón sanitario que, sin embargo, presenta en los últimos meses algunas tiranteces en el este del país, debido a los buenos resultados de los ultras, la fragmentación política y la consiguiente dificultad para formar mayorías de gobierno.

Alternativa para Alemania (AfD), la extrema derecha alemana, entró en el Parlamento con el 12,6% de los votos en las elecciones generales de septiembre de 2017 y se convirtió en la tercera fuerza del Bundestag. AfD es, además, el primer partido de la oposición en un país en el que socialdemócratas y conservadores gobiernan en una gran coalición. Todas las formaciones políticas en Alemania condenan a AfD al ostracismo político.

La Unión Demócrata Cristiana (CDU), el partido de la canciller, Angela Merkel, aprobó en su congreso de hace un año una moción en la que se excluye cualquier tipo de cooperación con el partido ultraderechista. Ese texto lo sacan a relucir los líderes del partido cada vez que algún cargo plantea la posibilidad de debatir el asunto.

Es lo que sucedió recientemente tras los comicios en Turingia, un Estado federado en el este y uno de los bastiones de la ultraderecha. Allí, AfD obtuvo el 23% de los votos en octubre, complicando hasta el extremo la formación de Gobierno. Días después de las elecciones, 17 miembros locales de la CDU escribieron una carta en la que pedían poder hablar con todos los partidos, incluido AfD. Desde Berlín, los dirigentes del partido descartaron tajantemente esa posibilidad. El secretario general del partido conservador, Paul Ziemiak, lo reiteró la semana pasada. “AfD siembra el odio y trata de dividir a nuestro país”, dijo. “La decisión del congreso federal del partido es vinculante para todos”, recordó.

El pasado julio, en Görlitz, también en el este, ante la popularidad del candidato a la alcaldía de la ultraderecha, el resto de partidos, al margen de sus diferencias, se inhibió de presentar aspirantes para favorecer al conservador. La unión de todas las fuerzas contra los ultras hizo que el candidato conservador ganara los comicios municipales, aunque por poco. Esta semana, además, los partidos alemanes han vuelto a hacer frente común y se han puesto de acuerdo para despojar a un diputado de AfD de su cargo en un comité del Bundestag después de que tuiteara comentarios considerados antisemitas, uno de ellos tras el ataque de un neonazi a una sinagoga en Halle.

No a la alianza en Francia

La consigna, pese a los titubeos y los vaivenes de estos años, sigue siendo clara en Francia: no a las alianzas con los ultras. Ni siquiera acercarse —compartir mesa con sus dirigentes— está bien visto. Ocurrió este verano, cuando tres políticos de segundo rango de Los Republicanos (LR), el partido de la derecha tradicional, cenaron con Marion Maréchal Le Pen, la más joven del clan Le Pen, hegemónico desde hace cuatro décadas en la extrema derecha. Gérard Larcher, presidente del Senado y político de LR de mayor rango institucional, les llamó al orden. “Ellos mismos se han colocado fuera de los valores de nuestra formación política”, advirtió.

El cordón sanitario —también denominado frente republicano— designa en Francia prácticas distintas. Se refiere a la negativa a gobernar en alianza con la ultraderecha. Pero también al compromiso de unir fuerzas, sean de izquierdas o derechas, para impedir el acceso de Reagrupamiento Nacional (RN, antes Frente Nacional) al poder. Esta segunda aplicación se explica por una particularidad del sistema francés: las elecciones por sistema mayoritario a dos vueltas. El sistema implica que, en la segunda vuelta de las elecciones —desde las locales a las presidenciales— quedan en liza los dos candidatos con más votos en la primera o los que superan un umbral determinado. La idea es que, cuando queda finalista un candidato de RN, el resto voten en contra. Y esto explica que de los cerca de 36.000 municipios franceses, RN solo gobierne 14. O que, pese a ser el partido más votado en la primera vuelta de las regionales de 2015 y ganar en seis regiones, en la segunda quedara barrido: no gobierna ni una región.

En las presidenciales de 2017, se repitió algo parecido: en la segunda vuelta, los líderes de la derecha llamaron a votar al centrista Emmanuel Macron frente a Marine Le Pen, y el primero ganó con un 66% de votos frente al 34% de la líder de RN. Pero la ventaja ya era mucho menor que la que obtuvo Jacques Chirac en 2002 frente a Jean-Marie Le Pen. Y los sondeos pronostican para 2022 un resultado aún más ajustado.

Aunque en general la consigna del cordón sanitario, vigente desde finales de los ochenta, persista, la letra pequeña es otra cosa. En estas décadas, ha habido acuerdos puntuales con el Frente Nacional de los Le Pen en el ámbito regional y local. Y los líderes de la derecha tradicional, desde el RPR de Chirac a sus mutaciones como UMP y ahora LR, han coqueteado en ocasiones con las ideas de la extrema derecha para conquistar a sus votantes. Mientras, la extrema derecha no ha dejado de subir. Para millones de votantes, el tabú ha desaparecido.

Sin aislamiento en Italia

Los partidos del Parlamento italiano no han sometido a las formaciones consideradas de ultraderecha a ningún tipo de cordón sanitario. Sucede por varios motivos. El principal es que los dos partidos que en el resto de Europa podrían encontrarse en esa franja ideológica, como la Liga y Fratelli d’Italia, son dos de las formaciones más antiguas del país y con una larga trayectoria en las instituciones. En general, no son percibidas como formaciones radicales a las que hay que aislar en el sistema democrático: ni por los ciudadanos ni por el resto de partidos. De hecho, hoy suman más del 40% de la estimación de voto.

La Liga, el partido que preside Matteo Salvini, lidera hoy la coalición de centroderecha que gobierna en 12 de las 20 regiones del país y que conforma con Fratelli d’Italia y Forza Italia (en el grupo popular en Europa). El partido es hoy la evolución de la antigua Liga Norte, una propuesta política regionalista fundada por Umberto Bossi que abogó durante muchos años por la independencia de la Padania, un territorio político imaginario que se encontraría al norte del río Po. Lejos de aislarlo, Silvio Berlusconi lo integró en sus Ejecutivos y nombró a varios de sus líderes, como Roberto Maroni, ministros.

Fratelli d’Italia, liderado por Giorgia Meloni, es un partido nacido de los rescoldos de grupos posfascistas, como el Movimiento Social Italiano, y de la Alianza Nacional de Giancarlo Fini. Cuando este renunció explícitamente al fascismo, el partido fue integrado sin problemas en el Parlamento y formó parte de uno de los Gobiernos de Berlusconi. La propia Meloni fue ministra en aquel periodo y aspira a serlo de nuevo si la coalición de centroderecha logra llegar al Palacio Chigi.

Italia no ha abierto el debate sobre la conveniencia de aislarlos. Al contrario, el Movimiento 5 Estrellas, ganador de las últimas elecciones legislativas en marzo de 2018, abrió la puerta a la Liga y a Fratelli d’Italia para formar una coalición de gobierno. Finalmente, solo lo hizo el partido de Salvini —Meloni rechazó la invitación—, que gobernó Italia hasta la caída del Ejecutivo que él mismo provocó el pasado verano.

Afianzados en Austria

La ultraderecha austriaca tampoco ha tenido que preocuparse por un cordón sanitario que la excluyera del poder. Como tercera fuerza política desde hace décadas, los socialdemócratas pero sobre todo los conservadores han dado la mano a la extrema derecha para gobernar. El Partido de la Libertad (FPÖ, en sus siglas en alemán) nació de una formación de corte nacionalista y liberal que acogió a antiguos nazis tras la Segunda Guerra Mundial mientras el país se ponía una venda en los ojos. Con la digestión del pasado nazi entonces pendiente, el FPÖ mutó en extrema derecha xenófoba de la mano de Jörg Haider a partir de 1986. Los socialdemócratas, que entonces gobernaban con la formación, rompieron el Ejecutivo y el veto socialista a una colaboración se ha mantenido en los Ejecutivos federales que han encabezado, pero no así en algunos Parlamentos regionales, lo que ha causado fricciones en el partido. Los conservadores también se han servido de los ultras para completar mayorías a nivel local y regional y dieron entrada al FPÖ de Haider en un Gobierno federal en 2000, lo que le costó a Austria meses de ostracismo en la UE.

Casi dos décadas después, el conservador Sebastian Kurz forjó otra coalición de Gobierno con el FPÖ que saltó por los aires por un escándalo de corrupción en torno al líder ultra Heinz-Christian Strache, que logró ampliar la base del partido con el rechazo a la inmigración y temas sociales y laborales. Los casos de antisemitismo y racismo en sus filas provocan la condena del resto de partidos, pero la reacción no pasa de ahí. “Por consideraciones tácticas y de corto plazo, los dos grandes partidos no han desarrollado una estrategia consecuente” frente al FPÖ, resume el politólogo Anton Pelinka.

La excepción de Noruega y el freno de Suecia

B. Domínguez Cebrián

En los países nórdicos hay una histórica presencia de formaciones de ultraderecha que, sin embargo, no han llegado a ocupar puestos de poder en el Gobierno. Noruega es la excepción, con el Partido del Progreso ocupando grandes carteras —lideraron el valioso Ministerio de Petróleo— durante las dos últimas legislaturas. Pero al hablar de cordones sanitarios en el resto de países del norte de Europa, Suecia es el ejemplo más destacado. El país escandinavo lleva dos legislaturas frenando la presencia en el Gobierno de los Demócratas Suecos (DS), que en las elecciones de septiembre de 2018 consiguieron la tercera posición en un Riksdag (Parlamento) altamente fragmentado. Históricamente, todos los partidos han cerrado la puerta a los DS, pero tras las últimas elecciones, los conservadores Moderados (que lideraban la alianza de cuatro partidos de derechas) abrieron la mano por primera vez a iniciar cierto acercamiento a los ultras. El resto de partidos de la alianza lo rechazó de plano y esta saltó por los aires. Así se instauró, de nuevo, un cordón sanitario a los ultras con un Gobierno en minoría de socialdemócratas y Verdes.

Finlandia, que celebró elecciones en abril, es otro ejemplo de cordón sanitario in extremis a los ultras Verdaderos Finlandeses (VF), que solo sacaron un punto menos que los socialdemócratas de Antti Rinne. En la pasada legislatura, los VF sí formaron parte del Gobierno con liberales y conservadores y recibieron, por ejemplo, Exteriores. Sin embargo, aquella coalición colapsó y los VF acabaron por dejarla escindiéndose en dos. Los analistas coinciden en que, paradójicamente, el debilitamiento de los VF responde a su paso por un Gobierno, donde no basta un discurso incendiario, sino que hay que ejecutar políticas concretas. Rinne logró finalmente formar un Gobierno de cinco partidos dejando fuera a la ultraderecha, la segunda fuerza.

En Estonia, pese a que en campaña el resto de formaciones presumía de querer excluir a los ultras de EKRE, finalmente, el partido tradicional conservador Centro terminó por acogerles en un Gobierno de coalición —ahora muy débil y con amenazas de moción de censura al primer ministro Jüri Ratas— y con carteras como Interior y Economía. En Lituania y Letonia no hay, de momento, preocupación por el auge de partidos ultras. Este último país, sin embargo, sí practica una suerte de cordón sanitario al partido con más representación (casi 20%) en el Parlamento: Armonía, la formación hermanada con Rusia Unida, que es constantemente tachada por el resto de formaciones de “prorrusa”.

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