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ANÁLISIS i

La sombría comparativa entre la cultura del pacto en España y el resto de Europa

Las negociaciones para formar coaliciones nacionales evidencian la mayor intransigencia de los partidos españoles y la menor atención al pacto sobre programas

Pedro Sánchez, durante su intervención en el debate de investidura este jueves.
Pedro Sánchez, durante su intervención en el debate de investidura este jueves. AFP

La atribución de responsabilidades por el fracaso en la formación de Gobierno en España es obviamente una cuestión muy subjetiva. No existe una herramienta neutral para medir el grado de culpa en la fallida negociación entre PSOE y Unidas Podemos, así como en la intransigencia de los partidos del espectro conservador. Pero algunas observaciones comparativas con experiencias europeas sí ayudan a afinar un juicio sobre la política española.

Las dificultades en la conformación de un Gobierno de coalición son recurrentes y España no es una excepción. Pero sí hay reseñables rasgos peculiares: una persistente, terca, casi general indisposición al pacto a escala nacional en los últimos años; y, en los últimos meses, una negociación completamente desestructurada, que de facto no tocó aspectos programáticos. Estos dos elementos, en su radicalidad, son bastante específicos de España.

Tras las elecciones de septiembre de 2017, también Alemania sufrió considerablemente para conformar un Gobierno. Los conservadores de Merkel intentaron primero un pacto con liberales y verdes. Después del colapso de ese diálogo, el SPD revisó su negativa inicial y accedió a negociar con los democristianos. El acuerdo fue alcanzado en febrero de 2018. La evidente diferencia de esa experiencia con respecto a la española es una negociación estructurada, pragmática, muy concentrada en el acuerdo programático hasta arrojar un texto pactado de unos 180 folios repletos de medidas, datos, fechas, precisiones.

Otra referencia interesante son las elecciones de Italia de marzo de 2018, que también produjeron un Parlamento diabólicamente fragmentado. En un alarde de pragmatismo, en junio de ese año, formaciones que representan intereses tan antagónicos como la Liga —cuya principal base electoral es el rico norte del país— y el Movimiento Cinco Estrellas —cuyo caladero es el empobrecido sur— sortearon sus colosales diferencias y lograron alcanzar un pacto de gobierno.

Puede gustar más o menos el contenido, las fricciones en su aplicación son sin duda constantes, pero ahí queda el ejercicio de pragmatismo y flexibilidad que configuró el Gobierno que dirige Italia desde hace un año. En este caso, la diferencia con España es la capacidad de construir puentes entre tierras políticas enormemente más alejadas de lo que separa a PSOE y Unidas Podemos. El resultado es inestable, pero evitó decirles a los ciudadanos que la política no sabía qué hacer con sus votos y que se lo pensaran otra vez.

Los casos de Suecia, Dinamarca y Portugal subrayan, en cambio, la especial terquedad de la intransigencia de varios partidos españoles en los últimos años. En Suecia, un partido centrista afiliado a la coalición conservadora decidió romper la disciplina de alianza tras las elecciones de septiembre de 2018 para superar el bloqueo y permitir la conformación de un Gobierno entre socialdemócratas y verdes.

En Dinamarca, los socialdemócratas pudieron formar un Gobierno de minoría tres semanas después de unas elecciones en las que cosecharon un 25,9% (incluso menos que el PSOE en las generales de abril, que obtuvo un 28,6%), gracias al apoyo parlamentario externo de varios partidos de ámbito progresista. Algo parecido ha ocurrido en Portugal en la última legislatura. La lista podría seguir.

Por supuesto, es posible que la política española logre en los próximos dos meses desbloquear la situación y evitar un llamativo regreso a las urnas. Por supuesto que cada partido español alegará motivos muy especiales por los vetos y bloqueos de estos años. Por supuesto, Europa ha asistido a casos de parálisis más prolongados (especialmente en Bélgica). Pero, aun así, es evidente que España tiene un déficit de cultura de pactos de alcance nacional con respecto a su entorno europeo; un mayor nivel de intransigencia y una menor concentración en pactar programas que la media de su entorno.

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