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LA BRÚJULA EUROPEA ANÁLISIS i

Cómo afrontar la violencia de ultraderecha

El reto de las fuerzas moderadas es ser firmes, pero también evitar una actitud arrogante y condenas indiscriminadas que fomenten rencor

ultraderecha
El neonazi Stephan Ernst (izquierda), autor confeso del asesinato de un político conservador, en 2002 en Kassel (Alemania). EL PAÍS

Europa afronta una creciente amenaza de violencia de inspiración ultraderechista. Esta semana, un neonazi ha confesado en Alemania ser el autor del asesinato de un político conservador conocido por su defensa de los refugiados. El jefe de los servicios de inteligencia considera que hay unos 13.000 neonazis dispuestos a utilizar la violencia en ese país. Pocos días antes, en Roma, cuatro jóvenes que lucían una camiseta de un una asociación cultural cinematográfica conocida por actividades en favor de la integración fueron agredidos en pleno centro, en un crimen investigado por la policía como de inspiración fascista.

Son solo los últimos episodios de una creciente lista. Entre los crímenes más destacados en esta década cabe recordar cómo, en 2016, un ultraderechista mató a la diputada laborista Jo Cox en el Reino Unido. En el mismo país, al año siguiente, un hombre se empotró con el coche contra personas que se hallaban en las inmediaciones de un centro islámico. El doble atentado cometido por Anders Breivik en 2011 en Noruega es la referencia más grave.

Así, mientras la frecuencia e intensidad de los atentados de corte islamista va declinando —probablemente por una mezcla de eficaz acción policial y declive en la capacidad de reclutamiento— el continente encara esta nueva, reforzada amenaza ultraderechista. Los servicios de inteligencia de varios países europeos vienen alertando de ello hace un tiempo. El fenómeno no es exclusivo de Europa, basta con recordar lo ocurrido este año en Nueva Zelanda y la violencia supremacista en EE UU. ¿Qué hacer?

La primera respuesta se halla obviamente en el plano policial. Los servicios de inteligencia y seguridad de los países europeos llevan años aumentando su atención sobre este fenómeno, después de una década larga dedicada de forma ultramayoritaria a la violencia de inspiración islamista radical. Es el momento adecuado, sin embargo, para que los líderes se pregunten si el pivote de recursos ha sido suficiente. La segunda, más compleja, se halla en el plano político. El ascenso de fuerzas ultraderechistas o nacionalpopulistas que evitan incitar a la violencia pero rocían gasolina sobre ciertas brasas o juegan con la ambigüedad en situaciones que no la admiten es un factor importante de la ecuación.

En algunos países las fuerzas moderadas implementan un cordón sanitario para aislar a los extremistas. En España, la ultraderecha ha sido abrazada sin contemplaciones por la derecha tradicional. En cualquier caso, es fundamental encontrar el punto de equilibrio entre el inquebrantable rechazo de las posiciones con tufo antidemocrático y respeto a aquellas que son extremistas pero permanecen dentro del marco. El precio del apaciguamiento es grave, porque constituye una abdicación de los valores centrales; pero el de la generalización también lo es. En esto, al igual que con la violencia islamista, no caben condenas sumarias ni desprecios generalizados. El señalamiento indiscriminado produce enajenación; una actitud de altiva superioridad alienta rencor.

Mucha gente comparte las ideas de la ultraderecha —rechazo a la inmigración, al libre comercio, a las cesiones de soberanía—. Vladímir Putin acaba de sostener en una interesante entrevista con Financial Times que el auge de estos sentimientos muestra que el liberalismo está obsoleto. Todas esas ideas son legítimas. Las fuerzas moderadas de la liberaldemocracia tienen el reto de responder con implacable rechazo a los manantiales de violencia y/o autoritarismo antidemocrático; y a la vez escuchar y ofrecer propuestas que convenzan a las masas de desencantados.

No es fácil. Pero Putin, y todos los demás, cometerían un error en subestimar la resiliencia del liberalismo. Con todos sus defectos, lleva siglos —desde John Locke— venciendo a todos los modelos competidores. Incluido el autoritario que representa Putin, que tampoco es una gran novedad.

 

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