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Los eurófobos renuncian a irse de la UE, quieren dominarla

Los nacional-populistas promueven ahora una Europa de las naciones en lugar de un repudio absoluto a la Unión

Un anuncio contra el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, este martes frente al Parlamento europeo, en Bruselas.
Un anuncio contra el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, este martes frente al Parlamento europeo, en Bruselas. REUTERS

Ni Polonexit, ni Hungarexit. Y mucho menos, Italexit. Más bien Merkelexit. Después, Junckerexit. Y Macronexit como guinda final para refundar el proyecto de la Unión Europea. Esa es la hoja de ruta de la derecha nacionalista y populista que en cada elección avanza posiciones en el continente. Un vendaval que tras años de proclamar su eurofobia y prometer a sus votantes la salida de la Unión Europea ha empezado a modificar el discurso para librarse de la etiqueta de euroescépticos y de antieuropeos.

Los programas para abandonar el euro o para imitar a los británicos y salir de la UE se han suavizado. Los llamados nacional-populistas promueven ahora una Europa de las naciones en lugar de un repudio absoluto a la UE. Su nueva estrategia es quedarse en la Unión e integrarse plenamente en la maquinaria. Y el objetivo declarado es llegar a ponerse al frente de los mandos a partir de 2019 para remodelar a fondo un club que, a su juicio, ha traicionado las verdaderas esencias culturales, espirituales y económicas de Europa.

"Las elecciones al Parlamento Europeo de mayo [de 2019] determinarán la dirección en que viaje Europa", señalaba hace unos días el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, en un discurso en el que instó a pelear en esos comicios para desalojar de las instituciones europeas "a quienes quieren reemplazar una alianza de naciones libres por un imperio europeo controlado, no por sus líderes nacionales, sino por los burócratas de Bruselas".

El nuevo plan de los ultranacionalistas coloca a las instituciones comunitarias en una posición aún más incómoda que el Brexit. Lejos de querer irse, como defendía el UKIP de Nigel Farage en Reino Unido, el Fidesz de Orbán, la Liga de Matteo Salvini o la Reagrupación Nacional de Marine Le Pen, están aquí para quedarse. Y parten al asalto del corazón de Europa.

"Lo que está en juego en los próximos comicios europeos no son ciertos subsidios o empleos, sino la protección de nuestros valores fundamentales", advirtió este jueves el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, en el congreso del Partido Popular Europeo de Helsinki.

Los antiguos euroescépticos, transformados en eurorrefundadores, cuentan ya con peso suficiente en el Consejo de la UE (donde se encuentran representados los Estados miembros) para impedir el más mínimo avance en el expediente contra Polonia por su deriva autoritaria. Cada vez que se aborda la aplicación del artículo 7 al Gobierno polaco por la presunta vulneración de los valores fundamentales de la UE, la mayoría de las delegaciones guarda un silencio absoluto y cómplice con el Gobierno tutelado por Jaroslaw Kaczynski, lamentan fuentes diplomáticas.

La Italia del Movimiento 5 Estrellas (M5S) y la Liga también confía en encontrar aliados para eludir las sanciones si consuma su rebelión contra el Pacto de Estabilidad presupuestaria. Y el Gobierno de Orbán se permite bordear una y otra vez los límites del Estado de derecho sin que en su formación política comunitaria (el PPE) se haya alzado una sola voz de manera oficial para exigir su expulsión. "Es duro, pero Orbán y los suyos se están llevando el gato al agua", reconoce una fuente comunitaria.

"Nosotros propondremos otra manera de organizar Europa", dice Nicolas Bay, eurodiputado de Reagrupación Nacional (el antiguo Frente Nacional) y copresidente del grupo Europa de las naciones y las libertades en la Eurocámara. El caso de Reagrupación Nacional de Marine Le Pen permite observar el giro dado por este tipo de fuerzas.

En mayo de 2017, Le Pen se presentó a las elecciones presidenciales en Francia con un programa que promovía el abandono del euro y sugería la posibilidad del Frexit, la salida de Francia de la UE. Le Pen logró pasar a la segunda vuelta pero se estrelló contra el candidato centrista y europeísta, Emmanuel Macron. Le Pen y los suyos aprendieron la lección. El mensaje antieuro les había perjudicado. Y tras refundar el partido aparcaron el mensaje antieuropeo.

El politólogo Dominique Reynié, director del laboratorio de ideas Fondapol, atribuye la derrota de las tesis más rupturistas a la tensión ente el patrimonio material y el patrimonio inmaterial: el estilo de vida, las tradiciones, la identidad. La propuesta de salir del euro, por ejemplo, pondría en riesgo el patrimonio material de muchos ciudadanos, en forma de ahorros, pensiones o riqueza acumulada. "Si un candidato ataca el euro, tendrá una visibilidad mediática, pero también una dificultad política considerable, un techo", dice Reynié.

El punto de inflexión del discurso eurófobo al renacionalizador dentro de la UE puede situarse entre 2015 y 2017, un período de turbulencias en que se rozó la ruptura del euro (con la expulsión de Grecia), se resquebrajó la zona Schengen (con la crisis de los refugiados) y se inició la primera escisión del club europeo (con el referéndum sobre el Brexit).

El clima parecía propicio para abandonar un barco al borde del naufragio, incapaz de atajar sus crisis internas e impotente ante la creciente belicosidad de Moscú y el repliegue nacionalista de la Casa Blanca. Pero los votantes europeos se aferraron una y otra vez al proyecto europeo, fuera en Grecia, Holanda o Francia. La derrota de Le Pen frente a Emmanuel Macron dio la puntilla, al menos por ahora, a la eurofobia e impuso un cambio de discurso en el bando euroescéptico.

Incluso los Gobiernos más enfrentados con Bruselas, como el de Hungría o Polonia, maniobran para afianzarse en las estructuras europeas y ganar peso en la medida de lo posible. Orbán ha descartado abandonar el PPE y confía en que un buen resultado en las elecciones europeas aumente su influencia en la organización, sobre todo, tras la anunciada salida de la canciller Angela Merkel.

Varsovia, por su parte, proclama en público que la UE es un club ficticio que aporta pocos beneficios, pero al mismo tiempo pelea en Bruselas aumentar su aportación al Banco Europeo de Inversiones y, de esa forma, ganar influencia en el reparto de préstamos millonarios. El Estado polaco, además, se persona con sorprendente frecuencia en casos ajenos ante el Tribunal de Justicia Europeo, en los que busca orientar la jurisprudencia en materias sensibles como la libertad religiosa o derechos fundamentales.

Las feroces críticas a Bruselas compaginadas con un activismo para ganar influencia encajan con la tendencia de los sondeos de opinión en la mayoría de los países de la UE, descontando Reino Unido. "Los europeos no quieren que su país salga de la UE (...), pero ese apego no va unido a una renovada confianza en la Unión", resume un reciente informe de Daniel Debomy, del instituto Jacques Delors, sobre el estado de la opinión pública europea sobre la base de un compendio de los últimos sondeos.

Los nacional-populistas han venteado los nuevos aires y en lugar de demoler la UE prometen reformarla. Y su avance es visto en forma de caballo de Troya desde Bruselas. "La UE que quieren construir no tienen nada que ver con la actual y también supondría su destrucción", augura un alto cargo comunitario ante la perspectiva de que la actual Comisión de Juncker dé paso en 2019 a una Comisión trufada de renacionalizadores. Una hipótesis que parecía imposible hace unos meses y que ahora empieza a ganar visos de realidad.

Un grupo con la semilla de la división incorporada

De lejos los bárbaros nacional-populistas parecen un bloque homogéneo, pero a medida que se acercan a Bruselas se perciben las diferencias. Y una vez en el campo de batalla comunitaria incluso pueden enfrentarse entre sí porque llevan dentro la semilla de la discordia.

En países grandes como Polonia o Francia abogan por una transformación de la UE en un club eminentemente intergubernamental donde el peso de cada socio sea proporcional a su tamaño económico y donde la Comisión pierda su papel de árbitro neutral. Pero en países pequeños, como Chequia, esa deriva asusta porque quedarían a merced del dictado de los 'grandes'.

La heterogeneidad del grupo también ha complicado el desembarco de Steve Bannon, el estratega que dirigió la campaña que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca en 2017. Las reticencias de los populistas europeos a dejarse tutelar por Bannon son tan evidentes como reveladoras. Muchos de ellos se miran en el espejo de la victoria de Trump ─o ahora en la de Jair Bolsonaro en Brasil─, pero temen ser etiquetados como proamericanos o alentar la imagen de una coalición supranacional y dirigida desde fuera. 

Si no liman las diferencias antes de las elecciones europeas de mayo de 2019, la ofensiva populista podría acabar en desbandada, con sus fuerzas tan exiguas y fragmentadas como en la presente legislatura.

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