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Narendra Modi, un líder para entender a la India

Pese a las señales de ralentización económica, el primer ministro revalida su victoria con su apuesta por el nacionalismo hindú

Narendra Modi se dirige a los medios este sábado en Nueva Delhi.
Narendra Modi se dirige a los medios este sábado en Nueva Delhi. Getty

Si hubiera que resumir someramente qué significa la segunda victoria electoral consecutiva del BJP, podría decirse que Narendra Modi ha sabido leer la India. Frente al patricio Rahul Gandhi, benjamín de una dinastía que se remonta a Nehru, Modi, hijo de un vendedor de té de Guyarat, representa al hombre común, hecho a sí mismo; un libro abierto al posibilismo. Casta versus secta, y viceversa: la élite de nuevo derrotada por la creencia de que todos pueden ser iguales —igual de indios, al menos— al margen de su clase, su casta o, teóricamente, de la fe que profesan.

La aplastante mayoría absoluta de Modi al frente del BJP, un partido nacionalista de base hindú, es tan representativa del sentir de la población como su legión de detractores, que critican su deriva sectaria y su gestión económica. Pero a indios como el cocinero Gurmuk Singh, de 51 años, le cambió la vida en 2014, cuando llegó al poder. “Con el optimismo que inyectó a la economía, el restaurante donde trabajaba abrió tres sucursales y me ofrecieron ocuparme de una. Tengo un buen sueldo y me estoy haciendo una casita en mi pueblo, en Uttarakand. También tengo coche”. Si una modesta historia de éxito como esta sirve para calibrar su mandato, sea: el mantra del BJP es bienestar para todos.

Para el pequeño comerciante de té Manoj Rao, como Singh un hindú piadoso pero no militante, la nueva victoria de Modi obedece a la lógica. “Cualquier indio de cero a 100 años ha tenido un Gandhi en su vida, ya estamos hartos de figuras que solo han sido ejemplos de nepotismo y corrupción. Lo digo por experiencia, porque antes votaba al Congreso [el partido de Gandhi]”, explica en su almacén a las afueras de la capital india. Arun Kumar, profesor emérito de economía, incide en el hartazgo: “En 2014, el Congreso había arrastrado al Estado, con una corrupción galopante e inflación y déficit altísimos. Hoy la coyuntura económica es mala por otros motivos, pero no se conocen casos de corrupción o nepotismo”.

En Noida, uno de los polos de desarrollo empresarial que tiran de Delhi como un fórceps, el cafelatte amenaza con desplazar al masala chai, y los trajes de chaqueta, a las elegantes kurtas masculinas y el grácil baile de pliegues de los saris. Noida es una foto fija de la era Modi: en su planteamiento económico, pero también en el chovinismo que proyecta. Este satélite de Delhi, que construye su propio aeropuerto internacional, es un hervidero de grúas sobre un perfil gris de mecano; un mar de anuncios de viviendas de lujo, centros comerciales que parecen mausoleos y distritos como Film City: el cine, que no falte.

Pero mientras los inversores extranjeros esperan que Modi suavice el proteccionismo, Noida da también señales de fatiga: con el mercado inmobiliario paralizado, muchas grúas se han quedado en el aire como el paso suspendido de una cigüeña. Visto en perspectiva, el crecimiento de Noida tenía algo de huida hacia adelante, igual que el de GIFT City, el proyecto estrella de Modi cuando fue jefe de Gobierno de Guyarat, otro megacentro empresarial en el que en ocho años solo se han creado 9.000 empleos del millón planeado.

Agravios de casta

Consciente de la necesidad de corregir el rumbo, Modi ha prometido inversiones en infraestructuras por valor de 1,4 billones de dólares (las afueras de Delhi son un frenesí de obras de ampliación del metro y de autovías); ayudas a los agricultores; incentivar la producción industrial y las exportaciones y una bajada de impuestos a la amplia clase media (600 millones de los 1.300 millones de indios) para estimular el consumo.

A diferencia de un Rahul Gandhi lost in translation —algunos le achacan aún su educación extranjera; los años pasados fuera—, Modi ha sabido interpretar también el peso electoral de los diferentes Estados así como los agravios de casta, esa asfixiante celdilla de control social en la que muchos ven un freno al desarrollo. El propio Modi lo dijo en el discurso con que celebró su victoria: “A partir de ahora sólo hay dos castas: la de los pobres y la de quienes luchan por acabar con la pobreza”.

Partidarios de Modi celebran los resultados electorales este jueves en Guwahati. ampliar foto
Partidarios de Modi celebran los resultados electorales este jueves en Guwahati. AFP

Pero, para los críticos, Modi simplemente ha sustituido los prejuicios de casta por el sectarismo religioso. “El BJP es profundamente divisorio y va a destrozar la cohesión social, además de fracturar la identidad nacional, que es plural y diversa. Su idea del poder es centralizadora, y en su núcleo está la aplicación de la hindutva [supremacismo hindú]. Estoy seguro de que va a construir el templo hindú sobre las ruinas de la mezquita Babri en Ayodhya”, explica el sociólogo Tanweer Fazal, de la Universidad Jawaharlal Nehru —un bastión del pensamiento crítico—, sobre el principal punto del programa naranja, un enconado conflicto entre hindúes y musulmanes que en 1992 provocó más de 2.000 muertos. “El resto de temas ya los está aplicando: sustituir los topónimos y nombres árabes por su equivalente hindi; privilegiar a inmigrantes hindúes frente a otros musulmanes y demonizar en el discurso público a las minorías”.

Azuzar públicamente el sectarismo antimusulmán (el 14% de la población) es imagen de la marca BJP. El presidente del partido, Amit Shah, fue blanco de las críticas durante la campaña por llamar “termitas” a los inmigrantes bangladesíes, musulmanes. “Pero nadie, ni la Comisión Electoral, ni el Supremo, movió un dedo: tienen vía libre para decir lo que quieran”, lamenta Zoya Hasan, exmiembro de la Comisión Nacional de Minorías.

Uno de los máximos exponentes de la hindutva, Alok Kumar, presidente del Vishva Hindu Parishad (VHP, Consejo Mundial Hindú), no oculta que el objetivo de su grupo es “la defensa de una India solo para fieles de las religiones surgidas aquí, es decir, hindúes, budistas, jainitas y sijs”. Pero como representante de la minoría más acosada, Syed Zafar Islam, portavoz nacional del BJP y exdirectivo financiero, niega la mayor y ofrece el relato de su particular caída del caballo: “Modi me invitó a unirme a su proyecto de construcción de una nueva India. Vi que tenía una idea clara de país y no lo dudé, pero lo más difícil fue contárselo a mi familia y a mi entorno. Me dijeron que les había traicionado, me llamaron Judas. Pero ahora soy feliz: están de mi lado”.

La nueva India de Modi como una verdad revelada. La nación que surgió de uno de los episodios históricos más emocionantes de la historia —la no violencia de Gandhi imponiéndose al Imperio británico— se rinde otra vez al ardor de la creencia. En un país fértil en científicos y premios Nobel, la ilusión podría constituir un anatema. Pero la India es capaz de metabolizar todas las contradicciones, porque se alimenta vorazmente de ellas.

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