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COLUMNA i

López Obrador y la ruptura con el pasado

Sin algunas políticas económicas clave, la promesa del crecimiento dinámico e incluyente seguirá en el aire

López Obrador, en una rueda de prensa.
López Obrador, en una rueda de prensa. EFE

Juego de Tronos entró en una inédita temporada en México con la victoria de Andrés Manuel López Obrador. Por primera vez un partido distinto al PRI y al PAN —Morena— ocupa la presidencia. Su Plan de Desarrollo 2019-24 fija como objetivo el desarrollo incluyente, sostenible y abatir la violencia. Entre sus metas destaca que la economía crezca a una media del 4% anual, la inversión suba a 25% del PIB y que 20 millones salgan de la pobreza. Todo ello, con estabilidad macroeconómica. Morena pretende lograrlo abandonando las políticas neoliberales y eliminando la corrupción. Cinco meses después de la toma de posesión es imposible predecir si lo conseguirá, pero cabe ya identificar fortalezas y debilidades entre sus políticas instrumentadas. ¿Qué tan fuerte es la ruptura con el pasado? ¿Qué tal pintan para quitar obstáculos clave para el desarrollo nacional?

En la esfera macroeconómica hay más continuidad que ruptura con el pasado. El Banco de México continúa, como antes, guiando la política monetaria prioritariamente para mantener una inflación baja y estable. Y no se registran esfuerzos para fortalecer la banca de desarrollo, ni medidas para abatir las comisiones bancarias. En lo fiscal, la política de austeridad republicana es mucho más contractiva y el gasto público es más restringido que con Peña pues Hacienda se comprometió a i) generar superávit primarios, ii) no recurrir a mayor endeudamiento, y iii) no realizar en los primeros tres años una reforma fiscal o pensionaria. Situación que se agrava por el alza del servicio de la deuda y la necesidad de reducir pasivos de Pemex y otros. Así, la ejecución de programas prioritarios del nuevo Gobierno se supedita a los recursos obtenibles vía achicando otras partidas presupuestales, bajando salarios y prestaciones, con despidos y recortando la inversión.

En política social, el instrumento preferido son las transferencias. Y el más importante dentro de ellos es Jóvenes Construyendo Futuro. Salvo por sus beneficiarios distintos, tal práctica fue común en Gobiernos anteriores. Sorprende el nulo avance hacia un sistema de protección y seguridad social universal. En cuanto a mejorar la productividad, más allá de bajar el Impuesto Sobre la Renta (ISR) y el IVA en la frontera norte y respaldar el T-MEC [el nuevo acuerdo de libre comercio con EE UU y Canadá, todavía pendiente de su aprobación legislativa en los tres países] y la apertura comercial, las iniciativas del nuevo Gobierno se centran más en microcréditos y la facilitación administrativa; líneas similares a las del sexenio anterior. En el mundo del trabajo, la nueva política de salarios mínimos y la reforma laboral ligada a Organización Internacional del Trabajo (OIT) son una ruptura drástica con el pasado.

El discurso oficial anuncia el funeral del neoliberalismo. Pero el curso de importantes políticas públicas —para bien o para mal— se alinea a sexenios anteriores e ignora asuntos clave. Sin entrar en detalle, urge una reforma fiscal y pensionaria que aumente la inversión, cierre brechas socioeconómicas, haga más equitativa la distribución del ingreso y dé capacidad de acción contracíclica al Estado. Urge que la política social apunte a crear un sistema de protección y seguridad social universal. Apremia una política industrial moderna de innovación y desarrollo tecnológico, con papel importante de la banca de desarrollo. Y una reforma del sistema nacional de inversiones públicas para que los proyectos se aprueben con base en criterios técnicos rigurosos y no meras voluntades políticas. Sin ellas, la promesa del crecimiento dinámico e incluyente seguirá en el aire.

Los cinco meses transcurridos del sexenio equivalen a los primeros siete minutos de un partido de fútbol en que ya se evidencian algunas debilidades del planteamiento que deben corregirse si se quiere lograr un buen resultado. Quedan 83 minutos del partido: no son pocos, pero sí contados. Todo minuto que sigamos entrampados en un lento crecimiento de la actividad productiva y del empleo —con marcada desigualdad, pobreza y escasa movilidad social— es arrebatado al presente y futuro de todos los mexicanos, especialmente de los más vulnerables. Una población harta de estar harta.

Juan Carlos Moreno-Brid es profesor de la Facultad de Economía de la UNAM

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