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L‘Aquila, una década con la herida abierta

La especulación y una burocracia infinita han impedido que la ciudad se recupere diez años, seis primeros ministros y 18.000 millones después del terremoto que la destruyó

Las excavadoras derriban el pasado miércoles un edificio dañado en L'Aquila. En vídeo, se cumplen 10 años del terremoto de L'Aquila.

El mundo de 67.000 personas dejó de girar el 6 de abril de 2009 a las 3.32. El centro de Italia se resquebrajó y una serie largamente anunciada de temblores anticiparon una sacudida de magnitud 6,3 que trituró L’Aquila, la capital de la región de Abruzzo. Murieron 309 personas y 1.600 resultaron heridas. Fue solo el primer impacto. Los supervivientes asistieron luego al apresurado gasto de miles de millones de euros; vieron cómo algunas empresas se lo llevaban crudo y cómo Silvio Berlusconi, entonces primer ministro, y su jefe de protección civil, Guido Bertolaso, convertían el escenario de una dramática reconstrucción en un plató de televisión. “Il miracolo”. Así bautizaron sus asesores de comunicación un show millonario que el Il Cavaliere todavía intenta explotar electoralmente. Diez años y seis primeros ministros después, L’Aquila sigue todavía atascada en un proceso de reconstrucción urbanística, social y emocional que resume a través de una década la fragilidad de Italia. Hoy sus habitantes tratan de subir de nuevo a un mundo que no se detuvo aquella noche y que, para algunos, ha cambiado demasiado.

Stefano D’Ignazio (44 años), su esposa y sus dos hijos viven en las casitas de Berlusconi, uno de los complejos prefabricados que el entonces primer ministro mandó construir para los que perdieron su hogar el 6 de abril (hace un mes volvió a visitarles durante la campaña regional). El edificio donde vivían de alquiler se hundió y se tragó tres plantas. Primero durmieron en el coche, luego en tiendas de campaña. Llegar aquí fue como un milagro. Su edificio lo hizo una empresa sarda. Quizá por eso tiene el tejado plano en una de las ciudades donde más nieva de Italia, bromea. 55 metros cuadrados, dos dormitorios, un saloncito y una plaza de garaje. Lo encontraron totalmente equipado. Berlusconi sabía cuidar esos detalles. “No lo creerías, había pasta, aceite... leche en la nevera. La calefacción estaba encendida”. Paga unos 90 euros, nada. Pero por el camino su esposa y él perdieron el empleo y tuvieron otro hijo. “¿Volver a casa? Claro que tenemos ganas. Pero los precios han subido. Es un problema que tiene ahora mucha gente”.

Stefano D'Ignazio, en el salón de su casa provisional en L'Aquila.
Stefano D'Ignazio, en el salón de su casa provisional en L'Aquila.

Todo sucede hoy en esta ciudad con el rumor de fondo de las grúas y el pitido de las máquinas. Cuando sopla el viento, el polvo te seca la garganta y los ojos. De día cientos de obreros trabajan en el centro histórico liquidando detalles de fantásticos edificios que ya están rehabilitados, pero donde no parece que vaya a vivir nadie a corto plazo. Subirán de precio, se instalarán parquímetros. Es la ley del mercado. Pero muchos todavía no tienen los servicios básicos. Apenas hay comercios y de noche, entre el crujir de los palacios apuntalados de las callejuelas del casco histórico, no pasa ni un alma.

Italia ha gastado ya unos 18.000 millones, pero el centro de la ciudad sigue vacío

La parte de la obra pública sigue semiparalizada. El tribunal, la universidad… ni siquiera se ha empezado a levantar la escuela que se hundió y los alumnos van a clase en contenedores. La fabulosa iglesia de las Ánimas Santas, símbolo de la reconstrucción, logró rehabilitarse porque la pagaron los franceses. Pero, en la misma plaza, la catedral todavía no se ha tocado. La parte privada, en cambio, avanza a toda velocidad (el 73% está listo, según el Gobierno) y muchos de los pisos recién construidos o rehabilitados con ayudas públicas ya tienen un cartel de se vende en la ventana. Los vecinos, como Bruno Mandolini, que vivió siete años en una de las casas de Berlusconi —“de las que se les caían los balcones”—, creen que mucha gente se ha dedicado a especular con su tragedia. “Ahí lo tiene”, dice señalando carteles de inmobiliarias.

El Estado ha gastado ya 18.000 millones de euros (8.000 solo en la fase inicial para tomar medidas provisionales). Muchas de las 2.500 empresas que se presentaron para la reconstrucción vieron una oportunidad de oro. La gran mayoría eran regulares. Pero, al menos 25 tenían vínculos con la mafia, según señala el Ayuntamiento, y fueron rechazadas. No se sabe las que pasaron el filtro. Muchas se crearon ad hoc. Otras quebraron meses después. Fueron los primeros tiempos. Se gastaron unos 200 millones de euros solo en apuntalar decenas de casas luego demolidas. El precio de los tornillos y las juntas de los tensores llegó a parecerse más al de la trufa blanca de Piamonte, señala un constructor que trabajó meses después del terremoto.

Una de las iglesias que están reconstruyéndose en el centro de L'Aquila.
Una de las iglesias que están reconstruyéndose en el centro de L'Aquila.

En un palacio de siglo XVIII oculto ahora bajo un andamio, tenía el taller de joyería Paolo Mazzeschi, de 53 años. El proyecto de una vida. 350 metros cuadrados rehabilitados uno a uno con sus manos. Galería, oficina, escuela… Iba a inaugurarlo una semana después del terremoto. Aquella noche corrió desesperadamente por el pueblo, sin luz eléctrica para llegar y rescatar algunas cosas. “Se fue todo por el desagüe”. Luego se dio cuenta del desastre real. En la casa de enfrente murieron dos niños pequeños; su mejor amigo perdió a su hijo. “Muchos aquí se han enganchado a los ansiolíticos”, señala.

El alcalde: “La ciudad es segura. Si hoy hubiese un terremoto de nuevo, no habría ni una sola víctima”

La peor parte se la llevaron las pedanías cercanas, como Sant’Angelo, 400 habitantes y 17 muertos. Ahí la mayoría de supervivientes viven en casas prefabricadas. La reconstrucción no llega al 21% en estas zonas. En la entrada del Borgo Trento (bautizado así porque la región de Trentino pagó estas casitas) hay un texto de Pascal D’Angelo, un poeta que emigró a Nueva York. “La gente de Abruzzo somos diferentes. Nosotros creemos en los sueños”, reza. Pero los de muchos quedaron triturados, como las nueces que martillea Augusto, antiguo agricultor, en el porche de una de las casitas.

Paolo Mazzeschi, ante lo que queda del taller que perdió la noche del terremoto.
Paolo Mazzeschi, ante lo que queda del taller que perdió la noche del terremoto. EL PAÍS

Algunas casas más allá vive el propio alcalde de L’Aquila, Pierluigi Biondi, del partido derechista Hermanos de Italia. Fue elegido a mediados de 2017. La gente acabó harta del anterior regidor socialdemócrata. No es el responsable de todo, él se encontró gran parte del follón y un buen agujero económico, señala. Pero intenta explicar un proceso "complejo" y asegura que “hoy no habría ni una sola víctima si hubiera un terremoto...”. ¿En qué punto estamos? “No tenemos con qué compararnos. Nunca ha habido una catástrofe de estas dimensiones en una capital de región. Pero pasamos de un estado de emergencia con miles de personas destinadas a la reconstrucción a un retorno a lo ordinario que no tiene la misma eficacia. Hay normas que van en dirección contraria de la simplificación. Italia tiene un problema importante de corrupción en las concesiones públicas. En Italia se han aumentado tanto los tiempos de las concesiones para evitar la corrupción, que al final duran 10 o 12 años. Para reconstruir una escuela tenemos que hacer el mismo proceso que para cualquier inmueble público de Italia. Si añade la carencia de personas, hará la cuenta rápida”. La cuenta, en este caso, son ya 3.650 días con la herida abierta.

La catástrofe como instrumento político

Casitas prefabricadas para los desplazados por el terremoto.
Casitas prefabricadas para los desplazados por el terremoto.

El desastre de L’Aquila ha visto pasar a dos alcaldes, a seis primeros ministros y a dos presidentes de e la República. La mayoría ha utilizado la catástrofe para atacar a sus predecesores o, incluso, a la Unión Europea (como Matteo Salvini). Silvio Berlusconi, entonces primer ministro, hombre adorado y odiadoo a partes iguales en L'Aquila, a cuyos ciudanos prometió unas vacaciones pagadas en la costa, fue quien más rédito electoral trató de obtener con la reconstrucción (incluso celebró ahí el G-8 de 2009).

Giuseppe Conte, visitará el sábado el municipio, que celebrará los diez años del terremoto con una acto y una procesión nocturna.

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