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¡El ‘Russiagate’ ha muerto, larga vida al ‘Russiagate’!

Un análisis de la actualidad internacional a través de artículos publicados en medios globales seleccionados y comentados por la revista CTXT

El presidente de EE UU, Donald Trump, el 26 de marzo en el Capitolio.
El presidente de EE UU, Donald Trump, el 26 de marzo en el Capitolio. AFP

Si no fuera un cliché, habría que comenzar este resumen de prensa diciendo que el silencio ha sido atronador. Pero el cliché, en periodismo, está por desgracia tan visto como la respuesta de los periodistas al inexistente escándalo del Russiagate, la supuesta colusión entre la campaña de Donald Trump y el Kremlin durante las elecciones presidenciales de 2016, al punto que Paul Krugman llegó a hablar en The New York Times del "candidato siberiano". ¿Responsables? No los hay. Algunos incluso han recibido la patada, pero para arriba, que es como generalmente se recompensa a quienes cargan el tintero en las cloacas del poder.

Matt Taibbi ha diseccionado con detalle en Rolling Stone los motivos reales que llevaron a la victoria de Trump y la trama sobre la supuesta trama –“un reemplazo conveniente que absolvía a un establishment político incompetente por su complicidad en lo ocurrido en 2016, y no solo el error de no haberlo sabido ver venir”–, que ha comparado con el fiasco periodístico de las armas de destrucción masiva que condujo a la invasión de Irak en 2004. "La clave en este negocio podrido es equivocarse", ironizaba el periodista Mark Ames, "pero hacerlo con la gente apropiada con el pedigrí apropiado".

El daño, con todo, ya está hecho. El profesor Stephen F. Cohen, una de las voces más autorizadas en EE UU a la hora de hablar de Rusia, ha hecho inventario en un artículo para The Nation. “Casi tres años de alegaciones tóxicas del Russiagate han entrado en el torrente sanguíneo de la élite política y mediática estadounidense, y casi con toda seguridad reaparecerán una vez y otra de una forma u otra”, lamenta el académico, que valora que “los costes reales del Russiagate no son los 25 a 40 millones de dólares que se calcula que se han gastado en la investigación de Mueller, sino el daño corrosivo que ha causado a las instituciones de la democracia estadounidense, un daño realizado no por un supuesto eje Trump-Putin, sino por quienes han perpetrado el propio Russiagate".

Entre las consecuencias, destaca la pérdida de credibilidad de los medios de comunicación –que no investigaron debidamente la veracidad de las acusaciones– y del Partido Demócrata, y la gestación de un clima de opinión que “ha continuado la demonización de la 'Rusia de Putin', frustrado los necesarios intentos de Trump de 'cooperar' con Rusia, presentándolos como 'traicioneros', y criminalizado la política de détente y los ‘contactos inapropiados con Rusia’, en pocas palabras, políticas y prácticas que previamente ayudaron a evitar una guerra nuclear".

El presidente ruso, Vladímir Putin.
El presidente ruso, Vladímir Putin. AP

Desde las páginas de Counterpunch, quien fuera candidato a la presidencia de los EE UU por Los Verdes, Ralph Nader, añade otro daño colateral del Russiagate: el escándalo ha desviado la atención de las políticas medioambientales, laborales y económicas aprobadas por la Administración de Trump que perjudican a “niños, ancianos, pacientes, consumidores y trabajadores” y absorbido considerables energías para oponerse a ellas. Y en su blog, el periodista Yasha Levine suma a la lista la aparición de un “racismo respetable” hacia los rusos. “Desde la elección de Trump, los estereotipos y lugares comunes habituales sobre los rusos han mutado en una conspiración racista que lo abarca todo”, escribe Levine.

“En los círculos de los medios de comunicación liberales se ha convertido en algo normal, e incluso respetable, bombardear a los espectadores y lectores con todo tipo de conspiraciones que ven turbios intereses rusos infectando nuestra sociedad y merodeando detrás de todo lo que funciona mal en Estados Unidos y el mundo”, explica el periodista, que traza paralelismos con el antisemitismo de los años treinta y sus “mortíferos cuentos sobre orientales degenerados que ostentan el poder en secreto y traman desde las sombras dominar y explotar a la civilización cristiana blanca". “Y esta intolerancia no procede de las 'clases inferiores' de las que a los liberales tanto les gusta burlarse, sino de arriba del todo, de la crème de la crème de nuestra clase política y mediática [...] todo esto es grosero y demuestra que la respetable oposición liberal a Donald Trump no es menos racista y paranoide que él, tan solo opera en un mercado demográfico xenófobo diferente”, sentencia Levine.

El continente rojo y negro

No hubo que esperar mucho para encontrar un ejemplo de lo que advertía Cohen y el domingo The New York Times alertaba de la presencia rusa en África ante el próximo congreso Rusia-África. La cumbre se celebrará en otoño en Sochi y contará con la asistencia de 3.000 representantes del mundo de la política y los negocios, según recogió el diario Izvestia. The Washington Post, por su parte, se hacía eco de las declaraciones del comandante nominado para dirigir Africom –que actualmente cuenta con 7.200 tropas estacionadas en África–, el general Stephen Townsend, que expresó su “preocupación” por la presencia creciente de Rusia y China en el continente, del que últimamente parece que solamente se escribe para hablar de “los tentáculos” de Moscú y Beijing. El periodista estadounidense Olivier Jutel comentaba la publicación del periódico estadounidense sin morderse mucho la lengua: "Ahora los liberales pretenden que no les importa una mierda África".

Sin abandonar África y Rusia, la Fundación Rosa Luxemburgo ha volcado en su página web una serie de artículos publicados en marzo sobre el centenario de la Tercera Internacional, más conocida por su acrónimo ruso: Komintern. Uno de ellos está dedicado a los debates estratégicos y las principales figuras en el continente del Komintern que, en su IV Congreso en el año 1922, adoptó posiciones decididamente panafricanistas. Entre ellas, destacan la del trinitense George Padmore, la del sudanés Tiemoko Garan Kouyaté o la del senegalés Lamine Senghor, quien, tras sufrir la discriminación tras la Primera Guerra Mundial –los veteranos africanos percibían una fracción de la pensión de sus compañeros de armas franceses–, se afilió al Partido Comunista Francés (PCF), del que llegó a ser candidato a la alcaldía de París en 1925.

Aunque la Tercera Internacional fue disuelta en 1943 –en parte como gesto hacia los aliados de la URSS durante la Segunda Guerra Mundial, en parte por los resultados dispares de su trabajo–, dejó una profunda huella en el continente, como testimonian las luchas de emancipación colonial de posguerra, y algunas sus tesis se convirtieron años después, como escribe Matt Swagler, “en la base de la duradera cooperación entre el Partido Comunista de Sudáfrica (CPSA) con el Congreso Nacional Africano”, una colaboración que tenía como objetivo "acabar con el apartheid para reemplazarlo por una mayoría negra". “En las primeras elecciones sin separación por razas, en el año 1994, este proyecto pudo finalmente realizarse”, señala el autor.

Manifestantes de ultraderecha en una manifestación en Chemnitz (Alemania) en agosto de 2018.
Manifestantes de ultraderecha en una manifestación en Chemnitz (Alemania) en agosto de 2018. AFP

¿Y quién nos protege de la policía?

En Alemania, el último informe de una organización que asiste a víctimas de la violencia racista cifró en 1.212 las agresiones de la extrema derecha en la antigua Alemania oriental en 2018, lo que equivale a cinco agresiones al día. La presentación del informe apareció en el Junge Welt, que indica que se trata de un incremento del 8% respecto al año anterior. Unas 453 de aquellas agresiones –la mayoría ocurrieron en la capital, Berlín– produjeron lesiones graves a quienes las sufrieron y hubo una víctima mortal: Christopher W., un homosexual torturado hasta la muerte por tres neonazis en el municipio de Aue y que se convirtió así en la 183 víctima mortal de la violencia ultra en Alemania desde 1990.

El sociólogo Matthias Quent criticó la falta de atención prestada a estos casos –especialmente en la antigua Alemania occidental, que considera este fenómeno como exclusivo de la antigua República Democrática Alemana (RDA)– y atribuyó su origen a “la herencia de los años noventa”, cuando los grupos de extrema derecha hicieron proselitismo entre una juventud desencantada y sin futuro. Quent reclamó a las autoridades que actúen de manera rápida y contundente contra los culpables y sus estructuras de apoyo, en las cuales esta cultura de odio y violencia se mueve y reproduce “sin ser molestada”.

Quizá uno de los motivos haya de encontrarse en las simpatías de muchos de los agentes de la propia policía hacia la extrema derecha, como revela Tomasz Konicz en el digital Telepolis. El periodista recuerda dos casos recientes, en los Estados federados de Baviera y Hesse, en los que miembros de las fuerzas especiales de la policía fueron descubiertos compartiendo mensajes antisemitas y cruces gamadas en grupos de chat. En el caso de Baviera, el grupo comprendía a 40 miembros de una unidad que cuenta con 100, lo que revela la magnitud del problema. En Frankfurt am Main los agentes investigados enviaron un mensaje a la abogada de una víctima de Clandestinidad Nacionalsocialista (NSU) amenazándola con asesinar a su hija de dos años.

El autor recuerda también que a mediados de 2018 un grupo de policías borrachos en Augsburgo atacaron un asilo para refugiados, o que Uniter, una asociación que agrupa a un millar de veteranos de las fuerzas especiales del ejército (KSK), está igualmente bajo sospecha por las simpatías ultraderechistas de sus miembros, algunos de los cuales participaron en grupos de chat en los que se discutieron abiertamente planes golpistas. Por todo ello, concluye Konicz, “el aparato de Estado de Alemania, penetrado por las redes de extrema derecha, parece razonablemente poco preparado para enfrentarse al peligro creciente de la extrema derecha.”

La OTAN es la respuesta, pero no recuerdo la pregunta

Abril es un mes interesante en cuanto a aniversarios. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) celebró discretamente el jueves el 70 aniversario de su creación en Washington. De entre los cientos de inevitables artículos congratulándose por la existencia del bloque militar nacido en plena Guerra Fría y refutando su obsolescencia, uno, en el diario portugués Público, analizaba uno de los aspectos más controvertidos de su constitución: la inclusión del régimen de António de Oliveira Salazar, contraria a los principios de defensa de la democracia del tratado, firmado en 1949. “Portugal fue invitado a integrarse en la OTAN por la importancia estratégica de la base de Lajes, en las Azores, para los estadounidenses”, explicó al medio Daniel Marcos, historiador del Instituto de Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidade Nova de Lisboa.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, el miércoles en el Congreso en Washington.
El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, el miércoles en el Congreso en Washington. REUTERS

Según Marcos, la entrada de Portugal en la OTAN –a pesar de la resistencia de países como Noruega– "fue buena para el régimen y mala para la oposición, que vio cómo la dictadura fue reconocida por la comunidad internacional". Público recuerda cómo la Alianza Atlántica tuvo que “exigir al Gobierno de António Salazar que no utilizase” en sus guerras coloniales el “material militar entregado a las fuerzas armadas en el ámbito de las misiones bélicas de la OTAN en África” y subraya el papel del bloque militar en la “estabilización de la democracia” tras la Revolución de los claveles de 1974.

Otro país miembro cuyos credenciales democráticas están regularmente bajo sospecha es Turquía, que llega a este aniversario en medio de un clima enrarecido. Como informaba la NBC, Ankara y Washington están a cara de perro a cuenta de la adquisición del primero del sistema de defensa antiáereo S-400 Triumf de fabricación rusa, que ha llevado a EE UU a bloquear el suministro de componentes para los F-35 de las fuerzas aéreas turcas. El Gobierno estadounidense considera “inaceptable” la decisión del Gobierno turco de adquirir material militar ruso.

Un día después, el 5 de abril, se celebró el aniversario, más discreto todavía, de la publicación de Trabajo asalariado y capital, de Karl Marx, ampliamente considerado como un trabajo precursor de El capital. Este influyente texto, aparecido originalmente en la Nueva Gaceta Renana en 1849, en el que se analizan “la relación entre el trabajo asalariado y el capital, la esclavitud del obrero, la dominación capitalista” y “la inevitable ruina, bajo el sistema actual, de las clases medias burguesas y del llamado estamento campesino”. Según una encuesta de esta semana de la cadena de televisión Fox, conocida por su sesgo conservador, a la hora de pagar impuestos a un 34% de los estadounidenses les molesta que “los ricos no están pagando lo suficiente”, por encima de a quienes les preocupa “la manera en que el Gobierno utiliza nuestros impuestos” (28%), la “cantidad a pagar” (12%) y “la complejidad del sistema y el papeleo” (10%). ¿Y era el socialismo, y no la OTAN, lo que estaba obsoleto?

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