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Las rimas del Tío Sam

Un análisis de la actualidad internacional a través de artículos publicados en medios globales seleccionados y comentados por la revista 'CTXT'

El presidente de EE UU, Donald Trump, el 25 de enero en la Casa Blanca.
El presidente de EE UU, Donald Trump, el 25 de enero en la Casa Blanca. AP

La historia no se repite, pero a menudo rima. La frase, apócrifa, se le atribuye a Mark Twain, que murió en 1910, pero bien podría haberla acuñado un observador de la geopolítica de la Segunda Guerra Mundial a esta parte.

En Estados Unidos, el movimiento conservador moderno se fraguó en los años setenta para asentarse definitivamente en los ochenta, capitaneado por Richard Nixon y Ronald Reagan respectivamente. Ambos próceres de la derecha estadounidense construyeron un movimiento capaz de hacer virar la cultura política de Estados Unidos durante al menos medio siglo gracias a un doble propulsor: tanto Nixon como Reagan practicaron la contrarrevolución hacia adentro y hacia afuera. El primero llegó a la Casa Blanca remando a contracorriente de una de las mayores oleadas de movilización social –antimilitarista, antirracista, feminista– jamás conocidas y el segundo lo hizo batiéndose en un duelo a muerte con los sindicatos. Toda revolución necesita de sus victorias emblemáticas, su golpe de efecto. Nixon –flanqueado por un arrojado asesor de seguridad nacional llamado Henry Kissinger– rubricó el suyo en Chile un otoño de 1973. Reagan lo hizo en agosto de 1981 al quebrar el espinazo del todopoderoso sindicato de controladores aéreos. Ambos episodios abrieron el camino a décadas de avasallamientos –militares unos y político-jurídicos los otros– a los trabajadores de la casa estadounidense y su patio trasero latinoamericano.

En enero de 2019, el inquilino del Despacho Oval se bate en dos batallas con sabor añejo en el ecuador de su primer mandato. Ha perdido la primera con estrépito. Tras forzar el cierre del gobierno más largo de la historia de Estados Unidos y amenazar con prolongarlo durante “meses o años” si no conseguía su objetivo en forma de financiación para fortificar y expandir el muro que separa los Estados Unidos de México, Trump se vio forzado a agachar la cabeza y entregar la cuchara.

¿Por qué? Mucho se ha escrito sobre el papel de la nueva mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, y cómo a esta no le ha temblado el pulso a la hora de aguantar el envite de Trump. Pero el propio presidente y sus asesores daban muestras, bien entrado el mes de enero, de que la refriega iba para largo. La batalla nunca se ciñó al muro ni a la crisis en la frontera. Era una manera de asentar trincheras y movilizar a las bases de Trump, que necesitaba mostrarse duro en torno a la que fuera su promesa estrella como candidato. De ahí las amenazas con prorrogar la pugna y mantener como rehenes a decenas de miles de trabajadores públicos sine die. Pero algo hizo saltar por los aires esa estrategia sin apenas tiempo para preparar el terreno de una derrota honrosa: los controladores aéreos, esta vez de la mano de las azafatas.

El fin del cierre del Gobierno

Colas en el aeropuerto LaGuardia de Nueva York tras los retrasos causados por la enfermedad de varios controladores aéreos el 25 de enero, un síntoma del cierre del Gobierno de EE UU.
Colas en el aeropuerto LaGuardia de Nueva York tras los retrasos causados por la enfermedad de varios controladores aéreos el 25 de enero, un síntoma del cierre del Gobierno de EE UU.

En la revista New York Magazine, el periodista Eric Levitz cuenta cómo se fraguó la estrepitosa derrota de Trump.“Todo cambió el viernes, porque así lo quisieron los hombres y mujeres que controlan el tráfico aéreo de Estados Unidos y asisten a los pasajeros de sus aerolíneas”. Levitz relata el creciente descontento de ambos colectivos y su subsiguiente alianza para poner en jaque a la clase política-empresarial y terminar por torcer el brazo del presidente. “Después de soportar semanas de trabajo no pagado, los (ya de por sí escasos de fondos y de personal) controladores aéreos de Estados Unidos pusieron fin al cierre gubernamental al aducir estar enfermos un volumen de ellos lo suficientemente grande como para paralizar aeropuertos de todo el litoral Este del país”. En EE UU es ilegal cualquier amago de huelga estratégica o sectorial –qué mejor muestra de la victoria sin paliativos de Reagan–, de modo que los líderes sindicales se apresuraron (excusatio no petita…) a desautorizar en una nota pública “cualquier actividad coordinada que afectase negativamente a la capacidad del Espacio Nacional Aeroespacial”.

Por su parte, el sindicato de azafatas lo dejaba más claro, apelando en su nota directamente al líder del grupo republicano en el Senado, Mitch McConnell: “¿Hemos conseguido ya que nos preste atención, líder McConnell? El cierre gubernamental tiene que terminar inmediatamente. Toda la economía del país está en el alero”. Horas más tarde, la presidenta del sindicato declaraba que, de continuar el cierre, los y las azafatas dejarían de acudir al trabajo y en lugar de allí se empezarían a concentrar en la puerta del despacho de sus congresistas. La huelga no declarada prendió como la pólvora, y a un Trump aparentemente imperturbable ante el coste económico del cierre y el desastre de opinión pública de un cierre que llevaba semanas siendo impopular, le temblaron las piernas. Sólo hicieron falta unas horas de caos en los aeropuertos de Nueva York y Washington, entre otros. “A la gente que maneja el cotarro”, señala Levitz, "la vida de los viajeros frecuentes les importa mucho”, de modo que “a Trump no le quedaba otra que capitular, humillado como un perro”. Tras el traspié, el New York Times dibujaba a un presidente magullado: sus asesores, contaba sin citarlos el diario, empiezan a temerse algo casi inaudito en los últimos 50 años, una batalla contra su propio presidente en las primarias republicanas de 2020. El columnista del Washington Post Max Boot resume el momento político de un presidente en horas bajas. Trump, escribe Boot, “es el presidente más débil desde Jimmy Carter”.

Pero Trump es el hombre de las mil vidas, el maestro de las remontadas, el rey de la bancarrota.

Y busca en Caracas su enésima tabla de salvación, y de paso el propulsor hacia afuera para un proyecto contrarrevolucionario que no termina de encontrar el vigor del de Nixon y Reagan. Así lo cuentan en dos artículos esclarecedores y complementarios publicados en la revista estadounidense The Nation (y traducidos al castellano por CTXT) Greg Grandin y George Ciccariello-Maher.

Trump y Venezuela

Grandin, uno de los historiadores más lúcidos sobre Estados Unidos y sus interconexiones con los vecinos del Sur, analiza cómo la derecha utiliza Venezuela para reorganizar la política. Trump, cuenta Grandin, alentó a su equipo de seguridad nacional a lanzar una embestida sobre el país en crisis, evocando la invasión de Panamá por parte de George Bush padre en 1989. “Trump flojea en sus lecciones de historia”, escribe Grandin, “pero su instinto de ver Venezuela a través del prisma de Panamá es de lo más atinado. Como Panamá entonces, Venezuela es hoy un país que sufre una crisis larga y aparentemente insuperable, y está gobernada por un régimen cuestionado por una oposición unida (o suficientemente unida), que Washington puede utilizar para justificar su intervención y después instalarse en el poder una vez se haya completado la intervención”. La invasión de Panamá, ahonda, sirvió en su momento para erosionar el principio de la no intervención que vertebrara el orden diplomático inaugurado por el New Deal de Roosevelt, restaurando la premisa de que EE UU tiene el derecho de hacer la guerra a países soberanos no sólo en nombre de la seguridad nacional, sino también “por un propósito moral elevado, como la protección de vidas o la defensa de los derechos humanos”. De aquellos polvos panameños podrían venir los lodos venezolanos.

“Parece obvio que Trump”, escribe Grandin, “que también preside una nación que sufre una crisis al parecer insuperable y es cuestionado por una oposición unida (o suficientemente unida), está desesperado por encontrar algo que le saque del estancamiento. Un rápido vistazo general revela, sorprendentemente, pocas posibilidades. Irán es demasiado arriesgado, por el momento, y sus predecesores han exprimido lo queda de Oriente Medio y el Golfo Pérsico. Venezuela es tentadora”.

George Ciccariello-Maher no se anda con rodeos. “No importa cómo se presente, un intento de golpe está en marcha en Venezuela”, escribe el teórico político e historiador de los movimientos sociales venezolanos, que destaca una encuesta que señala que el “presidente encargado” Juan Guaidó era desconocido por el 81% de la población una semana antes de autoinvestirse. Ciccariello-Maher hace un repaso a las cuestiones constitucionales claves de la contienda: “A pesar de los gritos de dictadura”, escribe, “la oposición ganó las últimas elecciones que impugnaron, asumiendo el control de la Asamblea a finales de 2015 y utilizando su poder para intentar derrocar a Maduro. Cuando la Asamblea insistió en que tomaran posesión diputados acusados de fraude electoral, el Tribunal Supremo declaró a la Asamblea en desacato, y desde entonces asistimos a un enfrentamiento entre este poder y el judicial”. Ante el choque de legitimidades que se viene recrudeciendo en paralelo a una salvaje crisis económica desde 2015, proliferaron los intentos de mediación internacional, liderados por el expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero. Pero aquellos esfuerzos descarrilaron poco antes de las últimas elecciones, para desazón del expresidente del Gobierno, que advirtió a quien quisiera escucharle de la deslegitimación “preventiva” de las elecciones y las consecuencias catastróficas que esta tendría. Las posturas no hicieron sino enconarse.

“Para romper ese bloqueo”, continúa Ciccariello-Maher, “Maduro convocó elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente, como autoriza el artículo 348 de la Constitución. La oposición boicoteó esas elecciones argumentando condiciones electorales injustas, y, de esta manera, entregó la victoria al chavismo. Cuando Maduro fue reelegido el año pasado, la mayor parte de la oposición nuevamente se negó a participar”, culmina Ciccariello-Maher, que pronostica que “las cosas van a empeorar para quienes resultan siempre más afectados: los venezolanos más pobres; aquellos que, si bien están muy frustrados con su Gobierno, no es probable que cambien su democracia duramente ganada por un golpe inconstitucional”.

La coreografía entre la oposición y la Casa Blanca ha sido tan evidente como el papel de la segunda a la hora de marcar el ritmo del baile a la primera. Este ha quedado patente no ya en las denuncias de quienes –dentro y fuera de Venezuela– se revuelven ante el intento de injerencia externa en forma de rima imperial. La ha detallado mejor que nadie el Wall Street Journal, diario que cumple una doble e importante función en las últimas semanas: desde sus páginas de opinión, alienta y telegrafía los movimientos de Washington,como cuando publicaba la noche anterior a la autoproclamación de Guaidó un artículo del vicepresidente Mike Pence con indisimulado titular: “Venezuela, Estados Unidos está contigo”. Pero son las páginas de información del diario las que más útiles están resultando para separar el trigo de la paja. En un artículo publicado apenas 48 después de la autoinvestidura de Guaidó, el diario detallaba la coordinación entre Washington y el círculo del líder opositor Leopoldo López, padrino político de Guaidó que cumple arresto domiciliario desde 2017.

El texto, de Jessica Donati y Vivian Salamal, reporteras bien conectadas con fuentes en el Departamento de Estado y la Casa Blanca, respectivamente, hace un relato casi cronológico de las horas previas a la autoproclamación: “La noche anterior a que Juan Guaidó se declarase presidente interino de Venezuela, el líder de la oposición recibió una llamada del vicepresidente Mike Pence. Pence se comprometía a que Estados Unidos apoyaría al Sr. Guaidó de tomar este las riendas del Gobierno de Nicolás Maduro al invocar una cláusula de la Constitución del país”, cuentan las reporteras, citando a un alto cargo en el gobierno Trump como fuente. Guaidó cumplió con su parte, y Pence no faltó a su palabra. “Casi al instante, como había prometido Pence, el presidente Trump hizo público un comunicado reconociendo al Sr. Guaidó como líder legal del país. Poco después llegaron los reconocimientos de Canadá, Brasil, Argentina, Colombia, Chile, Perú y otros países”.

Casi sin poder contener el aplauso ante el despliegue de astucia intervencionista por un lado y la capacidad de seguir el guion pautado por otro, las reporteras del Wall Street Journal continuaban. “La cautivadora sucesión de eventos presentaba una cara poco conocida de la política exterior de Trump: preconcebido, coordinado hasta el último detalle y llevado a cabo de manera rápida y eficiente”.

Trump y su equipo han encontrado un terreno tan fértil, en gran parte, por los errores no forzados del Gobierno de Maduro, en especial en su política económica. Hassan Akram, economista británico afincado en Chile y exasesor económico de Chávez, apuntaba en un debate en la filial chilena de la cadena CNN a dos causas que hacen que Maduro sea, por un lado, más impopular y por otro más vulnerable al hostigamiento estadounidense que Chávez supo y pudo capear: la profundización en la dependencia casi absoluta de las exportaciones de petróleo y, sobre todo, el control cambiario rígido. El petróleo ha caído en picado, sí, pero lo ha hecho al tiempo que Venezuela no sólo no utilizaba réditos de los tiempos de bonanza para diversificar su economía, sino que aumentaba su dependencia de las exportaciones como única fuente de divisas con las que importar todo lo que necesita el país.

El asunto aparentemente técnico de la rigidez del tipo cambiario es, según Akram, la madre del cordero, además de explicar la enorme divergencia entre la marcha fulgurante de la economía boliviana y el desastre sin paliativos de la de Venezuela: a la muerte de Chávez, señala Akram, varios economistas cercanos a su gobierno intentaron convencer a Maduro de la necesidad de reemplazar el control cambiario rígido con uno de tipo reptante, como el de Bolivia. Al no hacerlo, el Gobierno venezolano profundizó una crisis en la que las menguantes divisas provenientes de la venta de crudo perdían valor al tiempo que generaban una serie de incentivos para la corrupción entre la pequeña élite que manejaba los controles cambiarios y una fuga masiva de capitales. “Si Maduro nos hubiese escuchado no tendríamos ni la crisis, ni las enormes protestas producto de la crisis, ni la represión producto de las protestas”, culmina Akram, quien hace un par de semanas publicaba un doble artículo con una versión extendida y detallada de su crítica con conocimiento de causa al declive del proyecto económico bolivariano.

Aunque más crítico con Maduro que Ciccariello-Maher, Gabriel Heartland levanta la voz de alarma en una línea similar. En un artículo publicado en el diario británico The Guardian, el sociólogo experto en América Latina señala la necesidad de un cambio en Venezuela, pero acusa a Juan Guaidó de haber llevado al país “al borde de la catástrofe” con su autoinvestidura, “que parece estar coordinada muy de cerca, si no directamente dirigida”, por los Estados Unidos. “Lo que vaya a pasar es difícil de aventurar. Pero una invasión por parte de Estados Unidos parece una posibilidad real. Esta vía de acción debe ser rechazada firmemente. No porque Maduro merezca la compasión ni el apoyo de nadie, sino por el incalculable sufrimiento y daño que traería consigo a Venezuela y la región una intervención militar estadounidense, y la minúscula probabilidad de que esta trajera consigo el cambio que necesita Venezuela”.

Con o sin errores no forzados que le allanen el camino, Trump aprieta el acelerador en Venezuela. Lo hace animado por un consenso casi absoluto en la prensa y el establishment político estadounidense sobre las bondades de la intervención militar, y desempolvando dos de sus espantapájaros más rancios para poner orden en su patio trasero: el asesor de seguridad nacional John Bolton, que nunca conoció una guerra que no le gustase, y el recién nombrado Elliot Abrams, que cuenta en su currículum con el adiestramiento y coordinación de escuadrones de la muerte en El Salvador, el marketing de la mentirosa y catastrófica Guerra de Irak y la orquestación y el encubrimiento del genocidio en Guatemala cuando trabajaba para Reagan, tal y como detalla en una jugosa entrevista en el noticiero Democracy Now! el periodista de investigación Alan Nairn.

Bolton ha tenido dos apariciones estelares en la última semana: primero se presentó en una rueda de prensa con un cuaderno abierto por la nota manuscrita que rezaba “5.000 soldados a Colombia”. Sin que se le torciera el bigote, concedió poco después una entrevista a la cadena FOX en la que declaró: “Estamos en conversaciones con importantes empresas estadounidenses que están en Venezuela o, en el caso de [la filial en Estados Unidos de la empresa pública de explotación petrolera PDVSA] Citgo, aquí en los Estados Unidos… Venezuela es uno de los tres países a los que me refiero como la troika de la tiranía. Será muy importante para Estados Unidos económicamente si somos capaces de lograr que empresas petroleras estadounidenses inviertan y produzcan las capacidades petroleras de Venezuela. Sería algo bueno para el pueblo de Venezuela. Y sería algo bueno para el pueblo de los Estados Unidos”.

Si Bolton es el Kissinger de Trump, es sin duda un Kissinger muy trumpiano, una versión cutre y desenfrenada del metódico arquitecto del nuevo orden mundial en plena Guerra Fría: tanto esfuerzo de décadas puliendo la coartada de la intervención humanitaria para terminar reconociendo a los correligionarios de la FOX que la cosa iba de petróleo. Con más de 300.000 millones de barriles, Venezuela es el país con más reservas de crudo conocidas.

Venezuela es sólo el principio, o más bien una meta volante en un eterno circuito de intervenciones. En el Wall Street Journal, Jessica Donati y Vivian Salama continúan su fresco de un Despacho Oval en frenesí neocon, que vuelve a poner los ojos en el patio trasero latinoamericano. En un reportaje lleno de revelaciones sobre los diferentes grupúsculos y actores del círculo íntimo de Trump, sus filias y sus fobias, detallan una hoja de ruta con aroma setentero: “El intento por parte del Gobierno Trump de forzar la salida del presidente de Venezuela marca el arranque de una nueva estrategia para ejercer más influencia sobre América Latina”. Si alguna vez se fue, el Tío Sam está de vuelta. Y las reporteras del Journal señalan a dos candidatos para la próxima intervención: Nicaragua y Cuba. Por aquellos lares saben bien en qué suele terminar la rima.

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