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ANÁLISIS i

Lo real es acaparar Gelocatil

Las aproximaciones oficiales apuntan al futuro derrumbe de la economía británica: caídas de hasta el 9,3% del PIB pronosticadas por su propio Gobierno

Manifestantes contrarios al Brexit, este lunes en Londres.
Manifestantes contrarios al Brexit, este lunes en Londres. AP

Es curioso. Llevamos tanto tiempo discutiendo sobre la distancia entre las exigencias de la élite y las urgencias de la realidad. Y no hemos aplicado esa planilla al Reino Unido del Brexit.

La urgencia de la realidad es lo que la gente, de abajo, pero ahora también de arriba; colmaderos, pero también banqueros, se ve impelida a hacerY ¿qué hacen? Los británicos acaparan Gelocatil e ibuprofeno, por miedo a que les falle el suministro de estos analgésicos cuando se vayan de la Unión. Bueno, y no solo. También acumulan compulsivamente medicinas contra la epilepsia, para controlar la presión arterial, o antidepresivos.

Es extraordinario: como cuando en casa se acumulaban garbanzos o arroz o píldoras de Negrín —lentejas—, por si llegaba una nueva guerra, el hambre, el racionamiento.

Lo real es que las ventas navideñas no registraron ningún alza en su última edición, lo que las consagró como las peores de la historia desde la Gran Recesión.

Lo real es la pérdida de la atracción de talento, un ámbito donde los británicos lucían con destellos: ha caído en 2018 el 9% el número de matriculados en proyectos de investigación, ¡por segundo año consecutivo!

Lo real es que la gran banca americana de negocios, Morgan Stanley, Goldman Sachs, Citygroup, JP Morgan y Bank of America han decidido trasladar el primer trimestre de 2019 a miles de empleados glamurosos desde Londres a capitales europeas rivales de la City. Y lo más pedestre y simbólico: solo les darán un plus para ir y venir, del hogar al curro, durante seis meses.

Lo real es que algunos se preparan. Los holandeses convocan concursos para cubrir miles de empleos de aduaneros. Los franceses anuncian que dedicarán 50 millones a un plan para contratar a 600 funcionarios en puertos y aeropuertos. Y Londres, no.

 Y que otros ultiman planes para sortear la catástrofe. Como Iberia y Vueling: tan listos para entregar su control a los británicos, tan rematadamente torpes para asegurar a Bruselas que son compañías europeas. Y por tanto, con derecho a volar, con conexiones y toda suerte de escalas, por toda Europa. Y no hundir, en consecuencia, aeropuertos como los de El Prat/Josep Tarradellas, en el que mantienen una hegemonía disparatada, ineficiente y humillante para los usuarios.

Qué patético contemplar a sus grandes y superpagados ejecutivos —tan neoliberales ellos—, cómo piden humilde y patriótica árnica al Gobierno sociata... apoyado por Podemos. Ellos, los fieles del mercado sin regulación.

El mundo de lo real son los hospitales de las ciudades medianas inglesas carentes de médicos, porque los europeos dejaron de ser bienvenidos. O la recua de jubilados que se instalaron en las playas españolas en busca de luz y sonido, y que ahora se angustian ante la oscuridad de su futuro y la incertidumbre de su presente.

El mundo de lo real son las aproximaciones oficiales al futuro derrumbe de la economía británica: caídas de hasta el 9,3% del PIB pronosticadas por su propio Gobierno, similares a las profetizadas por el Banco de Inglaterra, las universidades y los círculos de economistas independientes.

Para las gentes, los afectados en primera y segunda y tercera derivada, Theresa May no tiene respuesta alguna. Su plan b no es un plan; no es más que la nada. O peor, es la repetición de obviedades otra vez regurgitadas, ese intento de ganar tiempo amenazando con el linde del fin.

O sea, lo peor, el juego de la gallina de Rebelde sin causa, ese pulso entre autoinmolarse y chantajear al socio. Con la diferencia de que Theresa May no le llega a la suela del zapato a James Dean. No merece un párrafo entero.

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