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ANÁLISIS

¿Alguien duda de que esto es la guerra?

Como en los conflictos bélicos, la disputa comercial entre Estados Unidos y China tiene un elevado componente emocional

El presidente chino, Xi Jinping, y el de EE UU, Donald Trump, en Pekín en noviembre de 2017.
El presidente chino, Xi Jinping, y el de EE UU, Donald Trump, en Pekín en noviembre de 2017. AFP

La última ronda de sanciones comerciales impuestas por Estados Unidos y China sobre buena parte de sus respectivas importaciones afecta ya al 2,5% del comercio mundial, según cálculos del servicio de estudios de ING, y puede ascender al 4% si EE UU cumple sus amenazas y sigue adelante con nuevos aranceles sobre el resto de sus compras de bienes a Pekín. “Puede parecer una cifra pequeña pero las sanciones afectarán a las cadenas de producción chinoamericanas y pueden triplicar sus efectos sobre comercio mundial”, advierte Timme Spakman, economista del banco holandés.

Los principales organismos internacionales están revisando a la baja sus previsiones de crecimiento por el impacto de la creciente tensión comercial, como principal factor. Ya lo ha hecho el Fondo Monetario Internacional —que prevé una desaceleración de la economía global en 2019— y lo hará esta semana la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. “Si las actuales amenazas de política comercial se materializan y como resultado se produce una caída de la confianza empresarial, la economía global será un 0,5% inferior a lo previsto actualmente para 2020”, alertaba recientemente el Fondo.

Las sanciones, por otro lado, tienen una trayectoria impredecible. Se sabe por dónde empiezan, pero no cómo acaban ni sobre quién disparan. No son pocas las empresas estadounidenses, como ha reconocido Apple, que han advertido a Donald Trump de que los aranceles sobre China pueden acabar perjudicando a su propia producción, por no mencionar el efecto que ya sufren las compañías que utilizan el aluminio y el acero en su actividad —como los fabricantes de bebidas—, los agricultores y los mismos consumidores acostumbrados a los bajos precios chinos. “Son unos patriotas”, aseguraba ayer Trump. Habrá que ver si lo demuestran en las urnas en noviembre o el bolsillo pesa a la hora de depositar el voto.

Ahora que se cumplen los diez años de la caída de Lehman Brothers y se hace inventario de las lecciones aprendidas de la crisis financiera de 2008, el comercio no debería quedar al margen del recuento. Una década atrás el entonces presidente de la Reserva Federal de EE UU, Ben Bernanke, insistía en la importancia de evitar repetir los errores de la Gran Depresión y no levantar barreras proteccionistas que dificultaran aún más la recuperación. Con un decalaje mayor en el tiempo de lo que sucedió entonces, ese es el camino que EE UU y China parecen recorrer ahora.

Como recordaba ayer la comisaria europea de Comercio, Cecilia Malmström, en contra de la opinión de Trump, “las guerras comerciales no son buenas ni fáciles de ganar”. No en vano porque las guerras comerciales, como las reales, tienen un elevado componente de miedo y orgullo a partes iguales.

¿Todavía alguien duda de que estamos ante una guerra?