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¿Brexit como alternativa a una Europa ultra?

Reino Unido se postula como el último bastión de resistencia del liberalismo, frente al auge de la extrema derecha

Manifestación en Berlín organizada por el partido de extrema derecha AfD contra la canciller Merkel en 2015.  rn
Manifestación en Berlín organizada por el partido de extrema derecha AfD contra la canciller Merkel en 2015. Alamy

Uno de los espejismos del debate sobre el Brexit y Europa es la idea de que permanecer en la Unión Europea es una forma de proteger los valores liberales. De acuerdo con el relato que hacen algunos proeuropeos, la UE es una institución que deja atrás las estrechas lealtades y los viejos prejuicios de la nación-Estado para construir una forma transnacional de gobierno. Por consiguiente, la decisión tomada por los británicos de apartarse de ese futuro de progreso no puede ser sino retrógrada.

En el momento del referéndum, esta era una opinión poco verosímil; hoy es claramente falsa. Las fuerzas iliberales avanzan cada vez más en el continente europeo. Los Gobiernos nacionalistas e identitarios de Polonia y Hungría han reforzado su poder, y, en Austria e Italia, unos partidos vinculados al fascismo de entreguerras tienen un papel crucial en las respectivas coaliciones de Gobierno. La República Checa, Eslovaquia y Eslovenia cuentan con unos partidos de extrema derecha muy poderosos. En Suecia, Finlandia y Dinamarca se encuentran en la misma situación. Pero donde más llama la atención el avance de la extrema derecha es en Alemania.

No parece aventurado afirmar que, de aquí a unos años, Alemania seguirá a Italia y admitirá a la extrema derecha en el Gobierno

Hace solo unos meses, tanto en Reino Unido como en Europa, eran muchos los que señalaban la inmensa solidez de la Alemania de Angela Merkel como prueba condenatoria de la locura que representaba el Brexit. Dirigido por esta icónica figura del liberalismo, que había acogido a más de un millón de inmigrantes en el país, el Estado europeo más poderoso parecía ser la plasmación de un continente en el que las identidades nacionales y las fronteras territoriales habían dejado de ser importantes. Ahora, esa imagen ha quedado relegada al pasado.

Merkel continúa en su puesto, pero es una fuerza agotada. Acosada por la amenaza electoral del partido de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD), ha decidido instaurar controles fronterizos para impedir que haya nuevas entradas de inmigrantes. No está claro que estos controles vayan a ser eficaces, pero es probable que se establezcan restricciones similares o peores en otros países europeos. Austria, Italia, Hungría y Polonia harán lo posible para bloquear la entrada de inmigrantes. El acuerdo de Schengen sobre la libre circulación, que la Comisión Europea considera uno de los pilares fundamentales de la UE y un límite infranqueable en las negociaciones del Brexit, está desmoronándose.

Tampoco parece probable que la decisión de Merkel de establecer controles ayude a detener el avance de la extrema derecha. Antes de las elecciones del año pasado, el entonces vicecanciller y ministro de Exteriores, Sigmar Gabriel, declaró a Der Spiegel que, si AfD entraba en el Bundestag, los nazis tendrían voz en el Parlamento alemán por primera vez en 70 años. Cuando AfD llegó a la Cámara, todos los demás partidos alemanes dijeron que se negaban a trabajar con ellos. Pero Merkel ha sobrevivido a la agitación de los últimos meses solo porque esos partidos temen el avance aún mayor que seguramente experimentaría AfD si ella dimitiera y hubiera elecciones. No parece aventurado afirmar que, de aquí a unos años, Alemania seguirá a Italia y admitirá a la extrema derecha en el Gobierno.

Poco después del referéndum sobre el Brexit, sugerí que su resultado no era una revuelta específica de Reino Unido sino la primera de muchas revueltas electorales que iban a estallar en el continente. Dado que los partidos situados en el centro se han identificado con el proyecto europeo, el peligro era que esas revueltas las encabezara la extrema derecha. Y así ha sido. La democracia iliberal se ha convertido en la norma en Europa. Sin embargo, no parece que los defensores del proyecto europeo se hayan dado cuenta.

Algunos quizá subrayen que Emmanuel Macron es prueba de la tendencia contraria. Pero su destino es incierto. No debemos olvidar que más de un tercio de los votos en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 fueron para Marine Le Pen, a pesar de que la líder del Frente Nacional recuperó la retórica racista de su padre al final de la campaña. Si las impopulares políticas económicas de Macron no producen pronto buenos resultados, se beneficiarán la extrema derecha y, tal vez, la extrema izquierda, que también rechaza la UE. Es posible que el presidente francés sea el último gran dirigente nacional que ha encarnado Europa.

Ante el avance de la extrema derecha, los defensores del proyecto europeo exigen “más Europa”, es decir, un giro más decidido hacia un Estado europeo transnacional. Niegan la evidencia de que es precisamente ese proyecto el que ha impulsado a las fuerzas antiliberales en todo el continente. Con su intento de que la inmigración deje de ser competencia de los Gobiernos nacionales, la UE ha dejado a muchos ciudadanos con la sensación de que no tienen ningún control democrático de su vida. El empeño en promover un Gobierno transnacional que la mayoría de los europeos no desean ha resultado en el ascenso del peor nacionalismo.

Por eso están reapareciendo las fronteras en toda la UE. Por supuesto, muchos dirán que son una manifestación del racismo popular. Pero, si a cualquiera que exija el control democrático de la inmigración se le llama racista, no debe extrañarnos luego que muchos de ellos elijan como líderes a verdaderos racistas. Matteo Salvini, el nuevo hombre fuerte de Italia, ha propuesto que se cree un registro de gitanos. Europa ya oyó este tipo de mensajes en otras épocas, y ya sabemos cómo terminó.

Los liberales son aficionados a decir que estamos en la era de la posverdad. Desde luego, la indiferencia de Donald Trump respecto a la realidad es una de las características esenciales de su presidencia. Pero existe un tipo de liberalismo de la posverdad que también es inmune a los hechos. A los liberales les gusta pensar que son empíricos, es decir, que aprenden de la experiencia. Sin embargo, los ideólogos proeuropeos no han aprendido nada del avance de la extrema derecha en el continente. Ninguna realidad va a alterar jamás su convicción de que el proyecto europeo representa la libertad y el progreso.

La democracia iliberal se ha convertido en la norma en Europa, y los defensores de la UE no se han dado cuenta

Cuando el antiguo jefe de campaña de Trump, Steve Bannon, habla de una nueva “Internacional iliberal”, conviene no darse demasiada prisa en despreciar sus palabras. En toda Europa, el centro político se ha quedado vacío y la extrema derecha está llenando ese hueco. Los viejos demonios continentales han resucitado.

Reino Unido tiene muchos defectos, incluida la aparición de un antisemitismo violento como el del Partido Laborista izquierdista y populista de Jeremy Corbyn. Pero Reino Unido no tiene un gran partido de extrema derecha. El Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP) está prácticamente desaparecido. Quizá podría revivir si el Brexit es un desastre, pero, incluso en sus mejores momentos, el UKIP no tuvo más que un solo parlamentario. A diferencia de otros países del continente, Reino Unido sigue siendo una democracia liberal. Los ideólogos europeos que hablan de las fuerzas siniestras del nacionalismo británico deberían fijarse en el continente balcanizado que empieza a rodearlos.

No está claro cómo acabará el Brexit. Algunos piensan que puede desbaratarse e incluso que volveremos a la situación anterior. No es probable. O se acepta algún acuerdo como el que ha propuesto Theresa May, o Reino Unido se irá sin acuerdo. Quizá se cuestione el liderazgo de May en su propio partido en otoño, y no es imposible que se celebren un segundo referéndum o unas elecciones generales. Ahora bien, ocurra lo que ocurra, no hay una mayoría electoral partidaria de volver a entrar en la UE, una decisión que supondría entrar en una zona Schengen en ruinas y unirse a un euro disfuncional.

Reino Unido acabará yéndose de la UE. Pero sería una tremenda ironía que, por algún motivo, la decisión sobre el Brexit quedara anulada. Bajo la enseña del avance hacia un futuro más liberal, Reino Unido volvería a caer en un oscuro pasado europeo.

John Gray es catedrático emérito de Pensamiento Europeo en la London School of Economics.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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