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“Seguid alzando la voz” (discurso íntegro)

Intervención de Barack Obama en la Conferencia Anual sobre Nelson Mandela de 2018

El exvicepresidente Barack Obama, durante su discurso del 17 de julio en Johanesburgo, en el centenario de Nelson Mandela.

Gracias a Mama Graça Machel, a los miembros de la familia Mandela, la familia Machel, el presidente Ramaphosa, que ha dado una nueva esperanza a este gran país, distinguidos invitados, Mama Sisulu y la familia Sisulu, el pueblo de Sudáfrica. Es un honor especial para mí estar aquí con todos ustedes, reunidos para celebrar el nacimiento y la vida de uno de los auténticos gigantes de la historia. Empezaré con una pequeña corrección (risas) y unas cuantas confesiones. La corrección es que bailo muy bien (risas). Quiero que quede claro. Michelle baila un poco mejor. Empecemos ahora con las confesiones:

La primera es que no estaba exactamente invitado a estar hoy aquí. Graça Machel me ordenó educadamente que viniera (aclamaciones). La segunda confesión es que he olvidado mis conocimientos de geografía y el hecho de que en Sudáfrica estamos ahora en invierno (risas). No me he traído ningún abrigo, y esta mañana he tenido que enviar a una persona al centro comercial porque me he tenido que poner unos calzoncillos largos (risas). Al fin y al cabo, nací en Hawái. La tercera cosa que debo contar es que cuando mi equipo me dijo que tenía que dar una conferencia pensé en esos viejos profesores estirados, con traje de tweed y pajarita. Me pregunté si esta era una señal más de mi nueva etapa, junto con las canas y los problemas de la vista. Pensé en que mis hijas creen que todo lo que les digo es un sermón (risas). Me acordé de los periodistas estadounidenses y de lo frustrados que solían sentirse con mis respuestas interminables en las ruedas de prensa, cuando no lograban sacarme declaraciones ni de dos minutos.

Sin embargo, dados los extraños e inciertos tiempos en los que vivimos —que son extraños, y son inciertos-, en los que las noticias de cada día generan nuevos titulares confusos e inquietantes, he pensado que tal vez sería útil retroceder un instante y tratar de ver las cosas con cierta perspectiva. Por eso les pido que me disculpen, a pesar de que hace algo de frío, si dedico gran parte de esta conferencia a recordar dónde hemos estado y cómo hemos llegado hasta aquí, con la esperanza de que esta reflexión nos sirva de guía para saber cuál es el camino a seguir.

Hace 100 años Madiba nació en la aldea de M —vaya, siempre me pasa lo mismo (risas), tengo que aprender a pronunciar bien la M cuando estoy en Sudáfrica— Mvezo, eso es. En realidad, es porque hace tanto frío que se me pegan los labios (risas). En su autobiografía, él habla de una infancia feliz: cuidaba del ganado, jugaba con otros niños, y luego fue a una escuela donde una maestra le puso el nombre inglés de Nelson. Como muchos de ustedes saben, Madiba decía que “no tenía ni idea” de por qué lo llamó así.

No había ninguna razón para creer que un niño negro en esa época, en este lugar, iba a cambiar la historia. Sudáfrica no llevaba ni una década liberada del dominio británico. En ese momento ya se estaban elaborando las leyes para poner en práctica la segregación y la opresión racial, lo que se conocería luego como el Apartheid. La mayor parte de África, incluida la tierra natal de mi padre, vivía bajo el poder colonial. Las potencias europeas, que habían puesto fin a una horrible guerra mundial pocos meses antes de que naciera Madiba, decidieron que este continente y sus habitantes eran, sobre todo, el botín de una disputa por el territorio, por sus abundantes recursos naturales y su mano de obra barata. La inferioridad de la raza negra se daba por descontada, así como la indiferencia hacia la cultura, los intereses y las aspiraciones de la gente de color.

Esta visión del mundo —que defiende que ciertas razas, naciones y grupos son superiores al resto, que fomenta la violencia y la coacción como la base fundamental para gobernar, basada en la ley del más fuerte y cimentada en la idea de que la riqueza se obtiene sobre todo por la fuerza— no se limitaba a las relaciones entre Europa y África ni entre blancos y negros. Los blancos también explotaban a otros blancos cuando podían. Y, por cierto, los negros también estaban muchas veces dispuestos a hacer lo mismo con otros negros. En todo el mundo, la mayoría de la gente tenía una vida de subsistencia, sin voz ni voto en la política ni en la economía. A menudo estaban sometidos al capricho y la crueldad de unos líderes ajenos a la realidad de sus países. Una persona corriente no tenía posibilidades de cambiar las circunstancias que determinaban su lugar de nacimiento. Las mujeres estaban supeditadas a los hombres. El privilegio y el estatus estaban rígidamente vinculados a la casta y al color de la piel, el origen étnico y la religión. Incluso en mi propio país, en una democracia como Estados Unidos, basada en la declaración de que todos los hombres son iguales, la segregación racial y la discriminación sistemática eran legales en casi la mitad del país y habituales en todo el resto.

Así era el mundo hace solo 100 años. Hoy todavía siguen vivas muchas de las personas que vieron aquella realidad. Por eso no es ninguna exageración calificar de extraordinarias las transformaciones que han tenido lugar desde entonces. Una Segunda Guerra Mundial, todavía más terrible que la primera, y una cascada de movimientos de liberación en África, Asia, Latinoamérica, Oriente medio, acabaron, por fin, con el poder colonial. Cada vez más pueblos, que habían sido testigos de los horrores del totalitarismo, las matanzas masivas del siglo XX, empezaron a adoptar una nueva visión para la humanidad, una nueva idea basada no solo en el principio de autodeterminación de los pueblos, sino en la democracia, el Estado de derecho, los derechos civiles y la dignidad de cada persona.

En los países con economías de mercado surgieron movimientos sindicales, se instituyeron normas comerciales y de salud e higiene. Se amplió el acceso a la enseñanza pública, nacieron los sistemas de bienestar social para contener los excesos del capitalismo y reforzar su capacidad de ofrecer oportunidades, no a unos pocos, sino a todo el mundo. El resultado fue un crecimiento económico sin precedentes. La expansión de la clase media. En mi país, la fuerza moral del movimiento de los derechos civiles no solo acabó con las leyes de Jim Crow, sino que abrió las puertas para que las mujeres y los grupos históricamente marginados encontraran su espacio público y reclamaran sus derechos de plena ciudadanía.

Nelson Mandela dedicó su vida a este largo camino hacia la libertad, la justicia y la igualdad de oportunidades. Al principio luchó por este lugar, su país, para terminar con el Apartheid y garantizar la igualdad política, social y económica de los ciudadanos no blancos y sin derechos de Sudáfrica. Sin embargo, gracias a su sacrificio, su liderazgo infatigable y, sobre todo, a su ejemplo moral, Mandela y el movimiento que encabezaba cruzó fronteras. Su figura encarnó las aspiraciones universales de las personas más desfavorecidas. Les insufló esperanza y les hizo ver que era posible una transformación moral en la conducta de los seres humanos.

La luz de Madiba era tan brillante que incluso desde su estrecha celda de Robben Island llegó a inspirar a un joven estudiante que vivía en el otro extremo del planeta a finales de los setenta. Fue capaz de hacerme pensar en cómo podría contribuir a hacer del mundo un lugar más justo, me ayudó a cuestionarme mis prioridades. Más tarde, cuando estudiaba Derecho, vi a Madiba salir de prisión, sólo unos meses después de la caída del muro de Berlín. Sentí la ola de esperanza que recorrió los corazones de todo el planeta. ¿Recuerdan ese sentimiento? Parecía que las fuerzas del progreso eran imparables. Con cada paso que daba Madiba, uno sentía que ese era el instante en el que las viejas estructuras de violencia y represión y los antiguos odios que durante tanto tiempo habían cercenado las vidas de la gente y reprimido el espíritu humano, estaban derrumbándose ante nuestros ojos.

Y luego, cuando Madiba condujo a esta nación a través de las laboriosas negociaciones, la reconciliación, las primeras elecciones libres y democráticas, cuando todos presenciamos la delicadeza y la generosidad con la que aceptó a sus antiguos enemigos y la sabiduría que demostró al apartarse del poder cuando pensó que su labor estaba hecha, comprendimos (aplausos) que los subyugados y los oprimidos no eran los únicos que estaban liberándose de los grilletes del pasado. Madiba estaba ofreciendo al opresor un regalo, la oportunidad de ver la realidad de otra manera, de participar en la construcción de un mundo mejor.

Durante las últimas décadas del siglo XX, la visión progresista y democrática que representaba Nelson Mandela estableció, en muchos sentidos, los términos del debate político internacional. Eso no quiere decir que su manera de hacer política fuera siempre la triunfadora, pero sí que fijó las condiciones, los parámetros; nos enseñó una forma de reflexionar sobre el significado del progreso y siguió empujando el mundo hacia adelante. Todavía hubo tragedias, sangrientas guerras civiles, desde los Balcanes hasta el Congo. Sin embargo, a pesar de las luchas étnicas y sectarias que siguieron estallando con una frecuencia desgarradora, la persistencia de la disuasión nuclear, la existencia de un Japón próspero y pacífico, de una Europa unificada y afianzada en la OTAN y de la entrada de China en el sistema comercial mundial redujeron enormemente la posibilidad de una guerra entre las grandes potencias. En Europa, África, Latinoamérica y el sudeste de Asia las dictaduras empezaron a dejar paso a las democracias. El mundo fue a mejor. El respeto a los derechos humanos y el principio de legalidad, plasmado en una declaración de Naciones Unidas, se convirtieron en la norma básica para la mayoría de los países, incluso en los sitios en los que la realidad estaba muy alejada de todos esos ideales. Incluso cuando se violaban los derechos humanos, los culpables empezaron a tener que estar a la defensiva.

Todos estos cambios geopolíticos llegaron acompañados de transformaciones económicas. Las economías que habían estado cerradas se abrieron, y eso, unido a la integración mundial impulsada por las nuevas tecnologías, permitió que se pusiera en marcha el talento emprendedor entre quienes habían permanecido al margen de la economía mundial. De pronto, empezaron a ser importantes. Tenían poder y la posibilidad de hacer cosas. Después llegaron los avances científicos, las nuevas infraestructuras y la disminución de los conflictos armados. De pronto, salieron de la pobreza mil millones de personas. Algunos de los países que siempre habían pasado hambre fueron capaces de alimentarse, y las tasas de mortalidad infantil cayeron en picado. Mientras tanto, la difusión de Internet permitió que la gente de todos los continentes se conectara. Las culturas y los continentes se unieron de forma inmediata. Surgió la posibilidad de que un niño pudiera tener a su alcance todos los conocimientos del mundo incluso en la aldea más remota.

Esto sucedió en solo unas décadas. Todos esos avances son reales, amplios y profundos, y se produjeron, si tenemos en cuenta toda la historia de la humanidad, en un abrir y cerrar de ojos. Hoy existe una generación que ha crecido en un mundo que, en la mayoría de los aspectos, es cada vez más libre, más saludable, más rico, menos violento y más tolerante.

Todo esto debería darnos esperanzas. Pero, aunque no podemos negar los grandes avances que ha hecho nuestro mundo desde que Madiba salió de prisión, también debemos ser conscientes de todos los aspectos en los que el orden internacional no ha estado a la altura de las expectativas. El hecho de que los gobiernos y los poderosos no hayan afrontado verdaderamente los fallos y las contradicciones de ese orden internacional es una de las razones por las que gran parte del mundo corre hoy el peligro de volver a una vieja forma de actuar más brutal y peligrosa.

Por eso tenemos que empezar por reconocer que, por más leyes que existan sobre el papel, por más declaraciones maravillosas que figuren en las constituciones, por más bellas palabras que se hayan pronunciado en las últimas décadas en las cumbres internacionales o en los pasillos de Naciones Unidas, las viejas estructuras de poder y privilegio, de injusticia y explotación nunca desaparecieron del todo. Nunca se desmantelaron por completo (aplausos). Las diferencias entre castas siguen determinando la vida de los habitantes del subcontinente indio. Las diferencias étnicas y religiosas siguen influyendo en las oportunidades de la gente, ya sea en Europa central o en el Golfo. Es innegable que la discriminación racial sigue presente tanto en Estados Unidos como en Sudáfrica (aplausos y aclamaciones). Y también es innegable que las desigualdades acumuladas durante años de opresión institucional han creado inmensas diferencias de rentas, riqueza, educación, sanidad, seguridad personal y acceso al crédito. En todo el mundo, a las mujeres y las niñas se les sigue obstaculizando el acceso a posiciones de poder y autoridad (aplausos y aclamaciones). Se les sigue impidiendo el acceso a una educación básica. Son víctimas, en una proporción abrumadora, de violencia y malos tratos. Se les paga menos que a los hombres por el mismo trabajo. Todo eso sigue ocurriendo (aplausos y aclamaciones). Hay barrios, ciudades, regiones, países enteros a los que las oportunidades no han llegado, a pesar de las maravillas de la economía globalizada y los rascacielos relucientes que han transformado paisajes en todo el mundo.

En otras palabras, existen demasiadas personas para las que, cuanto más han cambiado las cosas, más han seguido siendo iguales (aplausos).

Y, si bien la globalización y la tecnología han abierto nuevas oportunidades, han impulsado un crecimiento económico extraordinario en zonas del mundo que antes malvivían, también han trastocado los sectores agrarios e industriales de muchos países. Han reducido enormemente la demanda de ciertos tipos de trabajadores y han contribuido a debilitar a los sindicatos y la capacidad de negociación de los trabajadores. Han permitido que al capital le resulte más fácil eludir las leyes y los reglamentos fiscales de las naciones-Estado y transferir millones, miles de millones de dólares con solo tocar una tecla de un ordenador.

La consecuencia de todas estas tendencias ha sido el estallido de las desigualdades económicas. Unas cuantas docenas de personas tienen tanta riqueza como la mitad más pobre de la humanidad (aplausos). Esta no es una exageración, es pura estadística. En muchos países de rentas medias y en vías de desarrollo, la nueva riqueza ha seguido empeorando la situación de la gente, porque ha reforzado y aumentado los modelos de desigualdad existentes, y la única diferencia es que ha creado todavía más oportunidades de corrupción a una escala gigantesca. Para las familias de clase media en economías avanzadas como Estados Unidos, que antes disfrutaban de una situación estable, estas tendencias han significado más inseguridad económica, especialmente para las personas que no tienen una especialización laboral, que trabajaban en el sector industrial, en fábricas, en agricultura.

Prácticamente en todos los países, el desproporcionado poder económico de los que están en la cima les ha otorgado una influencia desmedida en la vida política y los medios de comunicación, la capacidad de decidir qué políticas son prioritarias y qué intereses acaban menospreciados. Hay que señalar que esta nueva élite internacional y la clase profesional que la sostiene son diferentes de las viejas aristocracias gobernantes. Muchos de sus miembros se han hecho a sí mismos. Entre ellos hay defensores de la meritocracia. Y, aunque en su mayoría siguen siendo varones blancos, como grupo, reflejan una diversidad de nacionalidades y etnias imposible de imaginar hace 100 años. Muchos de ellos se consideran de ideas políticas progresistas, cosmopolitas y modernos. No caen en el provincianismo ni el nacionalismo, en el prejuicio racista descarado ni en un sentimiento religioso demasiado fuerte, están igual de cómodos en Nueva York como en Londres, Shanghái, Nairobi, Buenos Aires o Johannesburgo. Muchos ejercen un humanitarismo sincero. Para algunos, Nelson Mandela es uno de sus héroes. Algunos incluso apoyaron a Barack Obama en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y, gracias a mi condición de antiguo jefe de Estado, me consideran miembro honorario de su club (risas). Y me invitan a todo tipo de actos (risas), me pagan el billete.

Aun así, en sus negocios, muchos titanes de la industria y las finanzas están cada vez más al margen de un lugar concreto, de una nación-Estado, tienen vidas cada vez más aisladas de las penalidades que sufre la gente en sus respectivos países (aplausos). Y sus decisiones —la de cerrar una fábrica, la de intentar pagar los mínimos impuestos a base de trasladar sus beneficios a un paraíso fiscal con la ayuda de contables o abogados muy bien remunerados, la de emplear a trabajadores inmigrantes, más baratos, la de pagar un soborno—, muchas veces, no tienen motivos perversos; no son más que la respuesta racional, dicen, a las exigencias de sus hojas de balance, sus accionistas y las presiones de la competencia.

Pero esas decisiones se toman demasiadas veces sin tener en cuenta la solidaridad humana, ninguna comprensión básica de las consecuencias que esas decisiones van a tener para personas concretas en comunidades concretas. Desde sus salas de juntas y sus retiros, los que toman las decisiones que repercuten en el mundo entero no tienen la oportunidad de ver el dolor en el rostro de un trabajador despedido. Sus hijos no sufren cuando se hacen recortes en educación y sanidad porque hay menos ingresos fiscales debido a la evasión de impuestos. No pueden oír el resentimiento de un viejo obrero cuando se queja de que el recién llegado al lugar en el que él trabajaba no habla el mismo idioma que él. No sufren la incomodidad y el desplazamiento que pueden sentir otros ciudadanos cuando la globalización provoca un vuelco, no solo de las estructuras económicas, sino también de las costumbres sociales y religiosas.

Por eso hubo tanta gente que, al acabar el siglo XX, mientras varios comentaristas occidentales estaban proclamando el fin de la historia y el triunfo inevitable de la democracia liberal y las virtudes de la cadena de suministro mundial, no supo ver las señales de la reacción que estaba fraguándose, una reacción que adoptó muchas formas. Se anunció de manera violenta con el 11-S y la aparición de las redes terroristas internacionales, alimentadas por una ideología que tergiversaba una de las grandes religiones mundiales y proclamaba una lucha entre el islam y Occidente y entre el islam y la modernidad, y la desafortunada decisión de Estados Unidos de invadir Irak no contribuyó a mejorar las cosas, sino que aceleró un conflicto sectario (aplausos). Rusia, humillada por la pérdida de influencia desde la caída de la Unión Soviética y amenazada por los movimientos democráticos junto a sus fronteras, empezó de pronto a reafirmar un control autoritario y, en ciertos casos, a interferir en los asuntos de sus vecinos. China, envalentonada por sus éxitos económicos, empezó a enfurecerse por las críticas a su actuación en materia de derechos humanos y dijo que la defensa de los valores universales no era más que una injerencia extranjera, el viejo imperialismo con un nombre nuevo. Dentro de Estados Unidos, y la Unión Europea, los retos a la globalización surgieron primero en la izquierda pero luego adquirieron más fuerza en la derecha, y empezamos a ver movimientos populistas —por cierto, a menudo cínicamente financiados por multimillonarios de derechas que solo quieren reducir las restricciones oficiales a sus intereses económicos— que conectaron con el malestar que sentían muchas personas apartadas de los centros urbanos, el temor a perder su seguridad económica, a que se erosionasen su estatus social y sus privilegios, a que su identidad cultural estuviera amenazada por unos extranjeros, unas personas que no tenían su mismo aspecto ni hablaban ni rezaban como ellas.

Lo peor fue seguramente el devastador efecto de la crisis financiera de 2008, el comportamiento irresponsable de unas élites que provocó años de dificultades para la gente corriente de todo el mundo y que dejó sin contenido todas las garantías anteriores de los expertos, todas esas afirmaciones de que los reguladores financieros sabían lo que hacían, que había gente supervisando, que la integración económica mundial era algo indiscutiblemente bueno. Gracias a las medidas tomadas por los gobiernos durante la crisis y las enérgicas medidas aprobadas por mi gobierno, la economía mundial ha recuperado un firme crecimiento. Pero la credibilidad del sistema internacional, la fe en los expertos en sitios como Washington y Bruselas, quedó dañada.

Y entonces empezó a aparecer una política del miedo, del resentimiento y la trinchera, y ese tipo de política está hoy progresando. Está progresando a un ritmo inimaginable hace unos años. No soy alarmista, me limito a exponer los hechos. No hay más que mirar alrededor (aplausos). De pronto está en ascenso la política del hombre fuerte, que conserva las elecciones y una pseudodemocracia —solo en la forma— mientras que los que ocupan el poder tratan de socavar todas las instituciones y las normas que dotan a la democracia de significado (aplausos). En occidente tenemos partidos de extrema derecha que a menudo no solo presentan programas proteccionistas y de cierre de fronteras sino también un nacionalismo racista apenas oculto. Muchos países en desarrollo se fijan hoy en el modelo de control autoritario y capitalismo mercantilista de China y lo consideran preferible a las complicaciones de la democracia. ¿Qué más da tener o no libertad de expresión mientras la economía vaya bien? Se ataca la libertad de prensa. La censura y el control estatal de los medios son cada vez mayores. Las redes sociales, que se consideraban un mecanismo para promover el conocimiento, la comprensión y la solidaridad, han demostrado su eficacia a la hora de fomentar el odio, la paranoia, la propaganda y las teorías de la conspiración (aplausos).

Por consiguiente, ahora que conmemoramos el 100 aniversario de Madiba, nos encontramos en una encrucijada, un momento en el que dos visiones muy distintas del futuro de la humanidad compiten para conquistar a los ciudadanos de todo el mundo. Dos relatos diferentes sobre quiénes somos y quiénes debemos ser. ¿Cómo debemos reaccionar?

¿Debemos pensar que la ola de esperanza que sentimos cuando Madiba salió de la cárcel y cayó el Muro de Berlín era una esperanza ingenua y equivocada? ¿Debemos interpretar los últimos 25 años de integración mundial como un mero desvío del inevitable ciclo de la historia en el que el fuerte siempre tiene la razón y la política es una rivalidad hostil entre tribus, razas y religiones, en el que los países compiten en un juego de suma cero y están constantemente al borde del conflicto hasta que estalla una guerra total? ¿Es eso lo que pensamos?

Les voy a decir lo que creo yo. Creo en la visión de Nelson Mandela. Creo en una visión que era también la de Gandhi, Martin Luther King y Abraham Lincoln. Creo en una idea de igualdad, justicia, libertad y democracia multirracial, construida sobre la premisa de que todas las personas son iguales y nuestro creador dio a todas unos derechos inalienables (vítores y aplausos). Y creo que un mundo regido por esos principios es posible y puede lograr más paz y más cooperación en busca del bien común. Eso es lo que creo.

Y creo que no tenemos más remedio que seguir adelante; que quienes creemos en la democracia, los derechos civiles y una humanidad común, tenemos un relato mejor que contar. Y pienso que no es una opinión basada en sentimientos, sino en hechos irrefutables.

El hecho de que las sociedades más prósperas y triunfadoras del mundo, las que tienen el mayor nivel de vida y el mayor grado de satisfacción entre su población, sean precisamente las que más cerca están de ese ideal progresista y liberal y las que han fomentado el talento y las contribuciones de todos sus ciudadanos.

El hecho de que se ha demostrado, una y otra vez, que los gobiernos autoritarios generan corrupción, porque no rinden cuentas ante nadie; que reprimen a su pueblo, acaban perdiendo el contacto con la realidad, cuentan cada vez más mentiras y, al final, provocan el estancamiento económico, político, cultural y científico. Comprobadlo en la historia. En los datos.

El hecho de que los países que se apoyan en el nacionalismo desatado y la xenofobia y en doctrinas de superioridad tribal, racial o religiosa, en los que ese es el principio que mantiene unidos a los ciudadanos, acaban por consumirse en guerras civiles o externas. No hay más que ver los libros de historia.

El hecho de que la tecnología no es un genio que pueda volver a la lámpara, por lo que ahora tenemos que acostumbrarnos a la idea de que estamos más conectados, las poblaciones van a seguir desplazándose y los retos medioambientales no van a desaparecer por sí solos, de modo que la única manera eficaz de abordar problemas como el cambio climático, las migraciones de masas y las enfermedades pandémicas será desarrollar sistemas que aseguren más cooperación internacional, no que la reduzcan (aplausos).

Nosotros tenemos un relato mejor. Pero decir que nuestra visión del futuro es mejor no significa que vaya a ganar inevitablemente. Porque la historia también demuestra el poder del miedo. La historia demuestra cómo la codicia y el deseo de dominar a otros se apodera de las mentes de los hombres. Especialmente de los hombres (risas y aplausos). La historia demuestra lo fácil que es convencer a la gente de que se vuelva en contra de los que tienen un aspecto distinto o rezan a Dios de otra forma. Por eso, si verdaderamente queremos continuar el largo camino de Madiba hacia la libertad, vamos a tener que esforzarnos más y vamos a tener que ser más inteligentes. Vamos a tener que aprender de los errores del pasado reciente. De modo que, en el breve tiempo que me queda, quiero sugerirles unas cuantas pautas para seguir de ahora en adelante, unas pautas sacadas de la labor de Madiba, sus palabras y las enseñanzas de su vida.

En primer lugar, Madiba nos enseña, a quienes creemos en la libertad y la democracia, que vamos a tener que luchar más para reducir las desigualdades y promover unas oportunidades económicas duraderas para todos (aplausos).

Yo no creo en el determinismo económico. No solo de pan vive el ser humano. Pero sí necesita pan. Y la historia nos enseña que las sociedades que toleran grandes diferencias de riqueza dan pie a resentimientos, disminuyen la solidaridad y crecen más despacio; y que, cuando la gente alcanza un nivel que va más allá de la mera subsistencia, empieza a medir su bienestar en comparación con sus vecinos y en función de si sus hijos tendrán una vida mejor. Y la historia demuestra también que, cuando el poder económico está concentrado en manos de unos pocos, detrás va el poder político, y esa es una dinámica que socava la democracia. A veces puede tratarse de abierta corrupción, pero a veces puede no tener nada que ver con el intercambio de dinero, sino solo consistir en que los ricos consigan todo lo que quieren, que es una situación que erosiona la libertad.

Madiba lo comprendió. No es nada nuevo. Nos lo advirtió. Dijo: “Cuando la globalización significa, como ocurre tantas veces, que los ricos y los poderosos tienen nuevos medios para enriquecerse más y dotarse de más poder a expensas de los pobres y los débiles, [entonces] tenemos la responsabilidad de protestar en nombre de la libertad universal”. Eso es lo que dijo (aplausos). Por eso, si hoy nos tomamos en serio la libertad universal, si nos preocupa la justicia social, tenemos la responsabilidad de hacer algo al respecto. Y, con todos los respetos, quiero corregir lo que dijo Madiba. No suelo hacerlo, pero creo que no basta con que protestemos; tenemos que construir, tenemos que innovar, tenemos que averiguar cómo cerrar esas diferencias de riqueza y oportunidades que son cada vez más amplias dentro de cada país y entre unos países y otros (aplausos).

La forma de lograrlo será distinta según cada país, y sé que su nuevo presidente está muy dispuesto a remangarse para intentarlo. Los últimos 70 años nos han enseñado que no debe ser un capitalismo descontrolado, inmoral y sin regular, y tampoco un socialismo de vieja escuela en el que se controle todo desde arriba. Esas cosas ya se probaron y no dieron muy buenos resultados. En casi todos los países, el progreso dependerá de un sistema de mercado integrador, que asegure la educación a todos los niños, que proteja la negociación colectiva y garantice los derechos de todos los trabajadores (aplausos), que rompa los monopolios para fomentar la competencia en las pequeñas y medianas empresas, y que tenga unas leyes que acaben con la corrupción y garantice el juego limpio en los negocios; que mantenga cierto tipo de fiscalidad progresiva para que los ricos sigan siendo ricos pero devuelvan algo a la sociedad, de modo que todos los demás ciudadanos tengan dinero para financiar la sanidad universal y la jubilación, y sea posible invertir en infraestructuras e investigación científica con el fin de construir plataformas para la innovación.

Tengo que añadir, por cierto, que estoy sorprendido por el dinero que he cobrado, y no tengo ni la mitad que esa gente, ni la décima parte, ni la centésima parte. Hay un límite a lo que uno puede comer o la casa que se puede comprar (vítores y aplausos). Hay un límite a los viajes que se pueden hacer. Basta ya (risas). No hace falta hacer un voto de pobreza para decir: “Voy a ayudar un poco a otra gente, voy a atender a ese niño que no tiene suficiente para comer o necesita dinero para la escuela, voy a ayudarle. Voy a pagar un poco más de impuestos. No pasa nada. Puedo permitírmelo”. (Vítores y aplausos.) Me refiero a que es poco ambicioso no querer más que tener cada vez más , en vez de decir “Cuántas cosas tengo. ¿A quién puedo ayudar? ¿Cómo puedo dar cada vez más?” Porque esa es la verdadera ambición, las ganas de influir. Qué regalo tan maravilloso es poder ayudar a la gente, y no solo a uno mismo (aplausos). ¿Dónde estaba? Me he distraído (risas). Ya me entienden.

Se trata de promover un capitalismo integrador dentro de cada país y entre unos países y otros. Por ejemplo, mientras trabajamos para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, debemos superar la mentalidad de obras benéficas. Tenemos que llevar más recursos a las bolsas más olvidadas del mundo mediante inversiones y acciones emprendedoras, porque en todo el mundo existe el talento, si se le da una oportunidad (vítores y aplausos).

En el sistema internacional de comercio, es legítimo que los países más pobres busquen acceso a los mercados más ricos. Y, por cierto, a los mercados más ricos les digo que su gran problema no es un pequeño país africano que vende té y flores. Ese no es su mayor obstáculo económico. También es normal que las economías avanzadas como Estados Unidos demanden reciprocidad a países como China, que ya no son países exclusivamente pobres, que exijan el acceso a sus mercados y que dejen de robar la propiedad intelectual y piratear nuestros servidores (risas).

No obstante, aunque haya cosas que discutir sobre las relaciones económicas y comerciales, es importante reconocer esta realidad: por más que la deslocalización de los puestos de trabajo del Norte hacia el Sur y de Occidente hacia Oriente fuera una tendencia dominante a finales del siglo XX, hoy, el mayor reto para los trabajadores en países como el mío es la tecnología. Y el mayor reto para su presidente, cuando piense en cómo aumentar el empleo, también va a ser la tecnología, porque la inteligencia artificial ya está aquí y es cada vez más poderosa, y van a tener coches sin conductor, y cada vez más servicios automatizados, y eso va a hacer más difícil dar empleo de calidad a la gente, y vamos a tener que ser más imaginativos y reconcebir por completo nuestra organización social y política, para proteger la seguridad económica y la dignidad que van asociadas al empleo. Un trabajo no solo da dinero; da también dignidad, y estructura, y una posición en el mundo, y un propósito (aplausos). Por eso vamos a tener que pensar en nuevas formas de reflexionar sobre estos problemas, como la renta universal, la revisión de nuestra jornada semanal, cómo reconvertir a nuestros jóvenes, cómo hacer que todo el mundo sea, en cierto modo, emprendedor. Y vamos a tener que preocuparnos por la economía para restablecer verdaderamente la democracia.

En segundo lugar, Madiba nos enseña que ciertos principios son auténticamente universales. El más importante es el principio de que estamos unidos por una humanidad común y que cada persona tiene una dignidad y un valor intrínsecos. Es increíble que tengamos que seguir reivindicando esto hoy día. Más de un cuarto de siglo después de que Madiba saliera de la cárcel, todavía tengo que estar aquí y dedicar tiempo a decir que los negros, y los blancos, y los asiáticos, y los latinoamericanos, y las mujeres, y los hombres y los gays, y los heterosexuales somos todos seres humanos, que nuestras diferencias son superficiales, y que debemos tratarnos unos a otros con atención y respeto. Me parece que a estas alturas ya deberíamos saberlo. Pero resulta que ahora estamos presenciando la reciente deriva hacia la política reaccionaria, que la lucha por una justicia fundamental nunca termina. Tenemos que estar constantemente alerta y luchar contra la gente que intenta ascender a base de aplastar a los demás. Tenemos que ofrecer una resistencia activa, y este es un aspecto importante, especialmente en algunos países africanos como la tierra natal de mi padre. Ya he hablado en otras ocasiones de esto; debemos resistirnos a la idea de que los derechos humanos esenciales, como la libertad de discrepar, el derecho de las mujeres a participar plenamente en la sociedad, el derecho de las minorías a la igualdad de trato y el de las personas a no ser atacadas ni encarceladas por su orientación sexual no son cosa nuestra, debemos tener cuidado de no caer en ello, de no decir que son unos conceptos occidentales, y no unos imperativos universales (aplausos).

Una vez más, Madiba lo había previsto. Sabía de lo que hablaba. En 1964, antes de que lo condenaran a cadena perpetua, explicó desde el banquillo de los acusados que “la Carta Magna, la Petición de Derechos, la carta de derechos son documentos venerados por los demócratas de todo el mundo”. En otras palabras, no dijo: “Esos textos no los escribieron unos sudafricanos, así que no puedo hacerlos míos”. Lo que dijo fue: “Esos textos son parte de mi patrimonio. Son parte del patrimonio de la humanidad. Tienen que ver con este país, conmigo, contigo. Y ese fue uno de los elementos que le dieron la autoridad moral que nunca logró tener el régimen del Apartheid, porque Madiba estaba más familiarizado con estas ideas que los responsables de aquel sistema (risas). Había leído sus documentos con más atención que ellos. Y por eso dijo después: “La división política basada en el color de la piel es completamente artificial y, cuando desaparezca, desaparecerá también la dominación de un grupo sobre otro”. Así hablaba Nelson Mandela en 1964, cuando yo tenía tres años (aplausos).

Lo que era cierto entonces sigue siendo cierto hoy. Las verdades esenciales no cambian. Y esta es una verdad que pueden adoptar los ingleses, los indios, los mexicanos, los bantúes, los lúos, los estadounidenses. Es una verdad que reside en el centro de todas las religiones del mundo: que debemos tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros (aplausos). Que nos reflejamos en otras personas. Que podemos reconocer sueños y esperanzas comunes. Y esa es una verdad incompatible con cualquier forma de discriminación basada en la raza, la religión, el sexo o la orientación sexual. Es una verdad que produce beneficios prácticos, porque garantiza que cada sociedad aproveche el talento, la energía y las aptitudes de todos sus miembros. Y si tienen alguna duda, pregúntenselo a la selección francesa de fútbol que acaba de ganar el Mundial (aclamaciones y aplausos). Porque no me parece a mí que todos esos jugadores tengan aspecto de galos (risas). Y, sin embargo, son franceses. Son franceses (risas).

Asumir nuestra naturaleza humana no significa que tengamos que renunciar a nuestras identidades étnicas, nacionales y religiosas. Madiba nunca dejó de estar orgulloso de su origen tribal. Nunca dejó de estar orgulloso de ser un hombre negro, ni de ser sudafricano. Pero creía, como yo, que uno puede estar orgulloso de su origen sin denigrar a los que tienen otro origen distinto (aplausos). Es más, eso es deshonrar los propios orígenes. Si alguien tiene que denigrar los orígenes de otra persona, yo tendría la impresión de que se siente un poco inseguro sobre su propia herencia (risas). Claro que sí (risas). ¿No tienen a veces la sensación —y estoy volviendo a improvisar— de que esas personas que hacen todo lo posible para aplastar a otros y son tan vanidosas, en realidad, son personas amedrentadas, muertas de miedo? Madiba sabía que no podemos exigir justicia para nosotros, si solo se ofrece justicia a algunos. Madiba sabía que no podemos decir que tenemos una sociedad justa, si nos limitamos a sustituir en la cima del sistema a una persona de un color por otra de un color distinto y quedarnos tranquilos porque la persona nueva se parece más a nosotros, aunque siga haciendo las mismas cosas de siempre. No se trata de eso (vítores y aplausos). La justicia no consiste en que la persona nueva que llega a la cima haga con los anteriores lo mismo que los anteriores hacían con ella. Eso no es justicia. “Detesto el racismo”, decía, “tanto si procede de un negro como de un blanco”.

Tenemos que ser conscientes de que hay una desorientación lógica, derivada de la velocidad de los cambios y la modernización y del hecho de que el mundo se ha empequeñecido, y vamos a tener que encontrar formas de atenuar los miedos de quienes se sienten amenazados. Por ejemplo, en el debate que está desarrollándose actualmente en Occidente sobre la inmigración, no está mal insistir en que las fronteras nacionales son importantes, en que el hecho de que uno tenga o no la nacionalidad es importante para un gobierno, en que las leyes deben respetarse y en que, en el ámbito público, los recién llegados deben hacer un esfuerzo para adaptarse al idioma y las costumbres de su nuevo hogar. Son preocupaciones legítimas y debemos ser capaces de dialogar con las personas que sienten que las cosas no marchan como es debido. Pero eso no puede servir de excusa para unas políticas migratorias basadas en la raza, en el origen étnico y en la religión. Es necesario que haya cierta coherencia. Podemos hacer respetar la ley y, al mismo tiempo, respetar la condición humana de quienes luchan para tener una vida mejor (vítores y aplausos). Cuando vemos a una madre con su hijo en brazos, debemos pensar que esa madre podría ser alguien de nuestra familia, que ese podría ser nuestro hijo.

En tercer lugar, Madiba nos recuerda que la democracia no consiste solo en celebrar elecciones.

Cuando Madiba salió de prisión, su popularidad tenía unos niveles… imposibles de medir. Habría podido ser presidente vitalicio. ¿Acaso no tengo razón? (risas) ¿Quién iba a presentarse contra él? (risas) Quiero decir, Ramaphosa era popular, pero seamos serios (risas). Además, era joven, demasiado joven. Si hubiera querido, Madiba habría podido gobernar por decreto, sin molestarse en votaciones ni controles. Sin embargo, condujo Sudáfrica a través de la redacción de una nueva Constitución, para la que se inspiró en todas las prácticas institucionales y los ideales democráticos que habían demostrado más solidez, sin olvidarse de que ninguna persona individual posee el monopolio de la sabiduría. Nadie —ni Mandela, ni Obama— es totalmente inmune a la capacidad de corrupción del poder absoluto, cuando puede hacer todo lo que quiere y todos los que le rodean tienen demasiado miedo para decirle que está cometiendo un error. Nadie es inmune a ese peligro.

Mandela lo comprendió. Dijo: “La democracia se basa en el principio de mayoría. Sobre todo, en un país como el nuestro, en el que la gran mayoría se ha visto sistemáticamente desposeída de sus derechos. Al mismo tiempo, la democracia exige que se protejan los derechos de las minorías políticas y de otro tipo”. Madiba comprendía que no se trata solo de saber quién tiene más votos. Se trata de la cultura cívica que construimos y que hace que la democracia funcione.

Por consiguiente, debemos dejar de fingir que los países que celebran elecciones en las que, por arte de magia, el ganador obtiene el 90% de los votos, porque toda la oposición está en la cárcel (risas) o no puede aparecer en televisión, son democracias. La democracia necesita unas instituciones fuertes, y la protección de los derechos de las minorías, y un sistema de controles y equilibrios, y libertad de expresión, y libertad de prensa, y el derecho a protestar y a reclamar al gobierno, y un aparato judicial independiente, y que todo el mundo tenga la obligación de respetar la ley.

Y es verdad que la democracia puede ser caótica, puede ser lenta, puede ser frustrante. Les aseguro que lo sé (risas). Pero la eficiencia que ofrece un autócrata es una falsa promesa. No hay que hacerle caso, porque conduce de manera inevitable a una mayor consolidación de la riqueza y el poder en la cima y hace que sea más fácil ocultar la corrupción y los abusos. A pesar de todas sus imperfecciones, una democracia genuina es el sistema que mejor defiende la idea de que el gobierno está para servir al individuo, y no al revés (aplausos). Y es la única forma de gobierno que tiene la posibilidad de hacer realidad esa idea.

De modo que los que estamos interesados en fortalecer la democracia debemos dejar de prestar toda nuestra atención a las capitales del mundo y los centros de poder y empezar a pensar más en las bases, porque ahí nace la verdadera legitimidad democrática. No en la cima, no en teorías abstractas, no en los expertos, sino en las bases. En las vidas de los que luchan para salir adelante.

Cuando era organizador comunitario en Chicago, descubrí que aprendía tanto de un trabajador metalúrgico despedido o de una madre soltera en un barrio pobre como de los mejores economistas del Despacho Oval. La democracia significa estar en contacto y en sintonía con la vida de nuestras comunidades, y eso es lo que debemos exigir a nuestros líderes, y será posible si desde la base cultivamos unos líderes que sean capaces de introducir cambios sobre el terreno y decir a las autoridades, en sus elegantes despachos, que sus ideas no funcionan en la calle.

Madiba nos enseña que, para que la democracia funcione, además, debemos enseñar constantemente a nuestros hijos —y a nosotros mismos— algo muy difícil, a dialogar con personas que no solo tengan un aspecto distinto sino también opiniones distintas. Es muy difícil (aplausos).

En general, todos preferimos rodearnos de opiniones que den validez a lo que ya pensamos. Uno suele pensar que las personas a las que considera inteligentes son las que están de acuerdo con él (risas). Es curioso. Pero la democracia exige que seamos capaces también de introducirnos en la realidad de otros que son distintos a nosotros, para comprender su punto de vista. Quizá podemos hacerles cambiar de opinión, pero quizá sean ellos los que nos hagan cambiar de opinión a nosotros. Y es imposible hacerlo si, para empezar, despreciamos lo que quieren decir los adversarios. Es imposible si insistimos en que los que no son como nosotros —porque son blancos o porque son hombres— no pueden entender de ninguna manera nuestros sentimientos, que, en cierto modo, carecen de autoridad para hablar de ciertos temas.

Madiba vivió esta complejidad. En la cárcel estudió afrikáans para entender mejor a sus carceleros. Y al salir, tendió la mano a los que le habían encarcelado, porque sabía que debían formar parte de la Sudáfrica democrática que deseaba construir. “Para hacer las paces con un enemigo”, escribió, “hay que trabajar con ese enemigo, y entonces el enemigo se convierte en nuestro socio”.

Por tanto, quienes manejan ideas absolutas en política, ya sean de izquierdas o de derechas, hacen imposible la democracia. Uno no puede aspirar a obtener el 100% de lo que quiere todas las veces; a veces tiene que hacer concesiones. Eso no significa abandonar nuestros principios, sino aferrarse a esos principios y tener la confianza suficiente para pensar que pueden soportar un debate democrático serio. Es lo que quisieron los Padres Fundadores para Estados Unidos: un sistema en el que, a base de someter a examen las ideas, utilizar la razón y recurrir a las pruebas, fuera posible alcanzar una base común de entendimiento.

Y me gustaría añadir que, para que eso sea así, necesitamos creer en una realidad objetiva. Esta es otra de esas cosas sobre las que no debería ni tener que hablar. Debemos creer en los hechos (risas). Sin hechos objetivos, no existe ninguna base para la colaboración. Si yo digo que esto es un podio y ustedes dicen que es un elefante, será difícil que podamos trabajar juntos (risas). Si puedo encontrar un denominador común con quienes se oponen a los Acuerdos de París porque, por ejemplo, ellos dicen que va a ser imposible conseguir que todo el mundo coopere, o que es más importante proporcionar energía barata a los pobres, aunque a corto plazo eso signifique más contaminación, entonces, por lo menos, podré discutir con ellos y tratar de demostrarles por qué creo que las energías limpias son una alternativa mejor, en particular para los países pobres, y es posible superar las tecnologías anticuadas (vítores). Con quien no puedo encontrar ningún punto de acuerdo es con el que dice que el cambio climático no se está produciendo, cuando casi todos los científicos mundiales nos dicen que sí. Con esa persona, no sé ni por dónde empezar a hablar (risas). Si dice que todo es un sofisticado engaño, ¿de qué vamos a hablar? (risas)

Por desgracia, gran parte de la política actual parece rechazar el concepto de verdad objetiva. La gente se inventa cosas. Lo vemos en la propaganda de Estado, en las noticias inventadas que corren por internet, en el desdibujamiento de los límites entre información y espectáculo, en la absoluta pérdida del pudor entre los líderes políticos cuando se descubre que han mentido: insisten y mienten un poco más. Los políticos siempre han mentido, pero, normalmente, cuando se les pillaba, se mostraban contritos. Ahora siguen mintiendo.

Por cierto, creo que a esto se refería Mama Graça al hablar de la humildad que sentía Madiba, a algo muy básico; no mentir a la gente me parece fundamental, uno no se cree un gran líder solo porque no se está inventando cosas todo el rato. Eso debería ser evidente. Sin embargo, hoy vemos las actitudes anti-intelectuales y el rechazo a la ciencia por parte de unos dirigentes que parecen pensar que el pensamiento crítico y los datos resultan políticamente incómodos. Como sucede con la negación de los derechos, la negación de la realidad es contraria a la democracia e incluso puede destruirla, por lo que es crucial que protejamos celosamente a los medios de comunicación independientes: y debemos estar alerta ante la tendencia a que las redes sociales se conviertan en una plataforma para el espectáculo, la indignación y la desinformación; debemos insistir en que nuestras escuelas enseñen pensamiento crítico a nuestros jóvenes, en lugar de una obediencia ciega.

Lo cual —y estoy seguro de que me lo agradecerán— me lleva a mi último argumento: tenemos que seguir el ejemplo de persistencia y esperanza de Madiba.

Es tentador ceder al cinismo, creer que los cambios recientes en la política mundial son demasiado fuertes para oponerse a ellos y esta oscilación del péndulo es permanente. Igual que se hablaba del triunfo de la democracia en los años noventa, ahora se oye hablar del fin de la democracia y el triunfo del tribalismo y el hombre fuerte. Debemos resistirnos a caer en ese cinismo.

Porque hemos vivido épocas más oscuras, hemos atravesado valles más bajos y más profundos. Es verdad que, en la última etapa de su vida, Mandela representó el triunfo de la lucha por los derechos humanos, pero el recorrido no fue fácil, no fue predeterminado. Madiba estuvo en la cárcel durante casi tres décadas. Partió piedra caliza bajo el sol, durmió en una estrecha celda y estuvo sometido al régimen de aislamiento en varias ocasiones. Y recuerdo que, cuando hablé con varios de sus antiguos colegas, me dijeron que, al salir en libertad, no se habían dado cuenta de hasta qué punto ver a un niño, pensar en tener a un niño en brazos, les iba a hacer pensar en todo lo que se habían perdido durante décadas.

Aun así, durante esos años, su poder aumentó, y el de sus carceleros disminuyó, porque sabía que, si uno se aferra a la verdad, si sabe de verdad lo que siente en su corazón y está dispuesto a sacrificarse por ello, incluso con todo en contra, incluso sabiendo que puede no conseguirlo mañana ni la semana que viene, quizá incluso en toda su vida, al final, aunque haya retrocesos provisionales, la razón acaba venciendo, el mejor relato puede triunfar. Por muy fuerte que fuera el espíritu de Madiba, no habría mantenido la esperanza si hubiera estado solo en su lucha. Parte de lo que le sostenía era saber que, año tras año, las filas de los combatientes por la libertad se iban poblando de hombres y mujeres jóvenes que, en Sudáfrica, en el Congreso Nacional Africano y en otros lugares, negros, indios y blancos, en todo el país, todo el continente y todo el mundo, siguieron trabajando para hacer realidad su visión.

Eso es lo que necesitamos ahora, no solo un líder, sino, sobre todo, ese espíritu colectivo. Y sé que en todo el mundo están reuniéndose esos jóvenes portadores de esperanzas. Porque la historia demuestra que, cuando el progreso está amenazado y se ponen en tela de juicio las cosas que más nos importan, debemos hacer caso de lo que dijo Robert Kennedy aquí, en Sudáfrica: “Nuestra respuesta es la esperanza del mundo: confiar en los jóvenes. Confiar en el espíritu de los jóvenes”.

Así, pues, jóvenes, los jóvenes que estéis entre el público, los que estéis escuchando, mi mensaje es sencillo: seguid creyendo, seguid avanzando, seguid construyendo, seguid alzando la voz. Cada generación tiene la oportunidad de rehacer el mundo. Mandela dijo: “Cuando despiertan, los jóvenes son capaces de derribar las torres de la opresión y levantar las banderas de la libertad”. Este es un buen momento para despertar. Es un buen momento para ponerse en marcha.

Los que valoramos el legado al que hoy estamos rindiendo homenaje —un legado de igualdad, dignidad, democracia, solidaridad, bondad—, los que seguimos siendo jóvenes de corazón, aunque no de cuerpo, tenemos la obligación de ayudar a nuestros jóvenes a triunfar. Algunos de ustedes saben que mi Fundación va a reunirse en los próximos días aquí, en Sudáfrica, con 200 jóvenes de todo el continente que están trabajando duro para transformar sus comunidades, que reflejan los valores de Madiba y van a ser los próximos líderes.

Personas como Abaas Mpindi, un periodista de Uganda que fundó la Media Challenge Initiative, para ayudar a otros jóvenes a obtener la formación necesaria para que aprendan a contar las historias que el mundo necesita saber.

Personas como Caren Wakoli, una emprendedora de Kenia que fundó la Emerging Leaders Foundation, para lograr que los jóvenes se impliquen en la lucha contra la pobreza y la defensa de la dignidad humana.

Personas como Enock Nkulanga, director de la misión de African Children, que ayuda a niños en Uganda y Kenia a recibir la educación que necesitan y, en sus horas libres, defiende los derechos de los niños en todo el mundo. Fundó una organización llamada LeadMinds Africa, para formar a la próxima generación de líderes.

Cuando uno habla con ellos, sale lleno de esperanza. Ellos están tomando el testigo. Saben que no pueden conformarse con los logros del pasado, ni siquiera unos logros tan trascendentales como los de Nelson Mandela. Se apoyan en la experiencia de quienes los precedieron, incluido aquel chico negro nacido hace 100 años, pero saben que ahora les corresponde trabajar a ellos.

Madiba nos recuerda: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, sus orígenes o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si puede aprender a odiar, también puede aprender a amar, porque el amor es algo más consustancial al corazón humano”. El amor es consustancial al corazón humano, recordemos esta verdad. Que esa sea nuestra estrella polar y nuestra guía, alegrémonos de nuestra lucha para poner esa verdad de manifiesto, de manera que, dentro de 100 años, las generaciones futuras puedan recordar y decir: “Siguieron avanzando y, gracias a ellos, hoy vivimos con nuevas banderas de libertad”.

Muchas gracias, Sudáfrica, gracias.

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