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Buen discurso, sí, ¿y ahora qué?

El expresidente Obama merece figurar en las antologías de la oratoria política. Pero la eficacia de sus alocuciones a la hora de gobernar fue cuestionable

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Marquesina del teatro Apollo en Harlem, Nueva York, el 29 de noviembre de 2007, cuando Obama dio un discurso siendo candidato demócrata a la Presidencia.

Obama merece figurar en las antologías de la oratoria política. Pero la eficacia de los discursos a la hora de gobernar fue cuestionable. El peligro es reducir el ejercicio del poder al mero relato

Un comentario sobre la retórica y la oratoria de Barack Obama puede empezar por una admisión impúdica y embarazosa para cualquier periodista celoso de su imparcialidad, de la exigible distancia con respecto a los políticos de los que uno informa, y de sus propias emociones.

En mi caso, debo reconocer que raramente se me había puesto la piel de gallina escuchando a un político, como me ocurrió cuando vi a Obama, aún candidato, en un mitin en Nueva York en el otoño de 2007. Era su biografía: el hijo de un negro de Kenia y una blanca de Kansas. La imagen kennediana que proyectaba: joven, seguro de sí mismo, carismático. Y sobre todo, la oratoria: su extraordinaria habilidad para conmocionar, y persuadir, con las palabras.

De los ocho años de la presidencia de Obama pueden discutirse muchos aspectos, y su legado está en cuestión —su legado más obvio, aunque no sea culpa suya, se llama Donald Trump—, pero el consenso es bastante amplio sobre un punto: sus discursos se entroncan en la mejor tradición norteamericana, secular y religiosa, y algunos merecen incluirse —de hecho, ya empiezan a incluirse— en las antologías del género.

“Raramente se me había puesto la piel de gallina escuchando a un político, como me ocurrió en un mitin en 2007

Obama, presidente de Estados Unidos entre 2009 y 2017, fue, antes que un político, un escritor, y lo sigue siendo. Había publicado unas valiosas memorias de juventud en los años noventa y, aunque una vez lanzada su carrera presidencial, y después en la Casa Blanca, tenía a sus escribientes, que le redactaban los discursos, en su fuero más íntimo siempre ha tenido algo de novelista.

La diferencia con cualquier otro practicante del género era que la gran novela de Obama era su propia presidencia. Cada día de trabajo en el Despacho Oval era un nuevo renglón, o un nuevo capítulo. Él mismo dijo una vez al director de la revista The New Yorker, David Remnick, que todo presidente trabajaba para modelar el párrafo que resumiría su presidencia en los manuales de historia del futuro.

Obama escribió discurso a discurso su novela. El prólogo podría ser el que pronunció en 2002 en Chicago, en vísperas de la guerra de Irak. “No me opongo a todas las guerras. Me opongo a las guerras necias”, dijo. El epílogo, el discurso en 2017, días antes de abandonar la Casa Blanca, en el que llamó a sus conciudadanos a “ser vigilantes, pero no tener miedo”. En medio, el dirigido al mundo musulmán en El Cairo, el de aceptación del Nobel en Oslo, el que pronunció en Charleston tras la matanza en una iglesia negra, o su disertación ante los cubanos en La Habana —por citar una selección aleatoria— podrían ofrecer un resumen parcial de la presidencia, de sus logros y sus dramas.

“El poder de la presidencia es el poder de persuadir”, escribió en 1960 el gran politólogo Richard Neustadt. Neustadt pensaba en Estados Unidos, donde este poder es, en apariencia, más claro. Pero la sentencia vale para cualquier gobernante: decir es hacer; se gobierna con leyes y decretos, pero también con la palabra; la autoridad se ejerce hablando.

Con los años, los expertos cuestionaron la efectividad real de la persuasión presidencial. El poder del presidente era otra cosa, o no era sólo el poder de persuadir. Politólogos como George E. Edwards III concluyeron, sobre la base de estudios empíricos, que es poco frecuente que la oratoria presidencial mueva a la opinión pública. Son otros factores —la adhesión partidista, los equilibrios parlamentarios, la coyuntura económica, el sexto sentido para aprovechar las oportunidades para acelerar los cambios, entre otros— los que inclinan la balanza, en la capacidad de aprobar leyes, en los sondeos, en las elecciones.

La prueba de los límites de la efectividad persuasiva de los discursos es la presidencia de Obama. Su oratoria le sirvió para ganar elecciones, pero no para gobernar. Fue inútil a la hora de convencer a los republicanos, y a algunos demócratas, de apoyarle en las propuestas centrales de su presidencia, como la reforma sanitaria o la migratoria. Y no frenó el ascenso de un populista xenófobo como Trump, antítesis de todos los valores que Obama encarnó.

Si los discursos de Obama hicieron vibrar al país —y a parte del mundo— en sus inicios, el exceso de discursos, unido a las dificultades para ver los resultados tangibles de la oratoria brillante, los desgastaron. Ante los discursos de Obama, y superado el deslumbramiento inicial, la reacción —mi reacción como corresponsal en Washington en ese periodo— solía ser: “Buen discurso, sí. ¿Y ahora, qué?” El peligro era que gobernar se acabase convirtiendo en un comentario sobre el acto de gobernar; que el ejercicio del poder se redujese a un mero relato; que el líder político actuase como un novelista, y nada más. Son lecciones que pueden servir a otro orador notable, Emmanuel Macron, en Francia.

“Contamos una historia sobre lo que somos. Es nuestro trabajo”, le dijo una vez Obama a su asesor en política internacional, y escritor de discursos, Ben Rhodes.

En el mejor de los casos los discursos podían servir para explicar una historia a la nación, para unirla y cambiarla. En el peor, consistían una exhibición vana de retórica; una herramienta eficacísima en manos de los nuevos nacionalistas y populistas, un arma de doble filo.

Obama y Trump no se parecen en nada, y nada está más lejos de un discurso de Obama que un tuit de Trump, pero algo tienen en común: la política por la palabra y el gesto. El relato, la literatura, la emoción.

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