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COLUMNA

La política y la creación de la autoverdad

Cómo la valorización del acto de decir, más que el contenido de lo que se dice, impacta en el voto de los electores

Jair Bolsonaro es recibido en Salvador.
Jair Bolsonaro es recibido en Salvador. REUTERS

La posverdad se ha convertido en los últimos años en un concepto importante para entender el mundo actual. Pero quizá sea necesario pensar también en lo que podemos llamar “autoverdad”. Algo que se puede entender como la valorización de una verdad personal y autoproclamada, una verdad del individuo, una verdad determinada por la autorización de internet para “decirlo todo”.

El valor de esta verdad no está en su vínculo con los hechos. Ni su desaparición está en la producción de mentiras o noticias falsas (fake news). Esta relación ya no opera en el mundo de la autoverdad. El valor de la autoverdad está en otro lugar y obedece a una lógica distinta. El valor no está en la verdad en sí, como tampoco lo estaría en la mentira en sí. No está en lo que se dice. O está mucho menos en lo que se dice.

Así, la cuestión de la autoverdad tampoco radica en la sustitución de verdades ancladas en hechos por mentiras producidas para falsificar la realidad. En el fenómeno de la posverdad, las mentiras que falsean la realidad acaban produciendo realidades, como la elección de Donald Trump o la aprobación del Brexit. La autoverdad se relaciona con este fenómeno, pero sigue otra lógica.

El valor de la autoverdad está mucho menos en lo que se dice y mucho más en el acto de decir

El valor de la autoverdad está mucho menos en lo que se dice y mucho más en el hecho de decir. “Decirlo todo” es el único hecho que importa. O, por lo menos, es el hecho que más importa. Este desplazamiento del valor, del contenido de lo que se dice al acto de decir, también puede ayudarnos a entender la resonancia de personajes como Jair Bolsonaro, candidato a la presidencia de Brasil y, claro, (siempre) Donald Trump. Y que el problema no son ellos y otros genéricos, sino el fenómeno que va mucho más allá de ellos y del que son solo los ejemplos más mal acabados.

Una encuesta de junio del Instituto Datafolha mostró, una vez más, que la mayoría de las personas que declaran que votarán a Jair Bolsonaro, del Partido Social Liberal (PSL), son jóvenes: su electorado se concentra principalmente entre los 16 y los 34 años. El capitán del ejército también lidera las intenciones de voto entre los más ricos y los más escolarizados del país. El candidato de extrema derecha encabeza la disputa presidencial de octubre, en un escenario sin el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores (PT). Con Lula, Bolsonaro baja a la segunda posición. Pero Lula, como sabemos, está en prisión y tiene prohibido manifestarse, en uno de los más controvertidos episodios de la historia reciente de Brasil, un país hoy marcado por la politización de la justicia.

En un estudio recientemente divulgado, la profesora Esther Solano entrevistó a varias personas de São Paulo para entender el crecimiento de las nuevas derechas y especialmente de la extrema derecha más antidemocrática, representada por Jair Bolsonaro. Los seleccionados varían en posición económica, empleo, edad y género. Solano es profesora de la Escuela Paulista de Política, Economía y Negocios de la Universidad Federal de São Paulo (Unifesp) y del Máster Interuniversitario Internacional de Estudios Contemporáneos de América Latina de la Universidad Complutense de Madrid. Se ha destacado como una de las principales estudiosas del perfil de los participantes de las protestas en Brasil desde 2013, cuando fue una de las pocas que escuchó en profundidad a los adeptos de la táctica black block.

El estudio, financiado por la Fundación Friedrich Ebert, es excelente, importante y debe leerse entero. Aquí, me limito a reproducir un fragmento que ayuda a iluminar la cuestión que presento en esta columna:

“Bolsonaro es un mito, porque dice lo que piensa y no le importa un bledo”, dice un estudiante de 15 años

“Al principio de la conversación con los alumnos de São Miguel Paulista, vimos un vídeo con las frases más polémicas de Bolsonaro. Al final del vídeo, muchos alumnos se reían y aplaudían. ¿Por qué? Porque mola, porque es un mito, porque es divertido, porque dice lo que piensa y le importa un bledo. Con más de cinco millones de seguidores en Facebook, Bolsonaro representa una derecha que se comunica con los jóvenes, una derecha que algunos jóvenes identifican como rebelde, como contrapunto al sistema, como una propuesta diferente y que se atreve a encarar a los tipos de Brasilia y decir lo que tiene que decirse. Es la hostia.

La utilización de las redes sociales, de vídeos cortos y apelativos, el meme como herramienta de comunicación, la figura heroica y juvenil del ‘mito’ Bolsonaro, discursos irreverentes e incluso ridículos, fuertes y destructivos, contra todos, son aspectos que atraen a los jóvenes. Si, en los años 70, ser rebelde era ser de izquierdas, ahora, para muchos de estos jóvenes, es votar a esta nueva derecha que se presenta de forma cool, disfrazando su discurso de odio con memes y vídeos divertidos: El Bolsomito es divertido, el resto de los políticos, no”.

En la conversación en la escuela de São Miguel Paulista, en la Zona Este de São Paulo, la más precaria de la ciudad, los alumnos niegan que Bolsonaro difunda un discurso de odio. Pero dan valor a su valentía de decir cosas fuertes. Un chico de 16 años lo resume así: “No tiene un discurso de odio. Solo expone su opinión, diciendo la verdad”.

La opinión de Bolsonaro, o la “verdad” de Bolsonaro, que circula en vídeos con frases de efecto del “Bolsomito”, es llamar “furcia” a una diputada y decir que no la violaría porque no se lo merece, porque la considera “muy fea”; es afirmar que su hija, con cinco hermanos mayores, es el resultado de “haber flojeado”; es declarar que sus hijos no saldrían con una negra ni serían gais porque fueron “educados muy bien”. Y, claro, es su actuación en la votación del impeachment de la expresidenta Dilma Rousseff (PT).

Al votar a favor de la destitución de la presidenta elegida, Bolsonaro homenajeó al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra. El héroe de Bolsonaro, hoy estampado en camisetas que lucen sus seguidores, es uno de los más notorios torturadores y asesinos de la dictadura civil y militar (1964-1985), un sádico que llegó a llevar a niños pequeños para que vieran a sus madres torturadas, cubiertas de hematomas, meadas, vomitadas y desnudas, para presionarlas. Y están también las declaraciones racistas de Bolsonaro contra los indígenas y quilombolas (descendientes de esclavos huidos).

“A Bolsonaro no le importa lo políticamente correcto, dice lo que piensa y punto, pero no es homofóbico. Le gustan los gais. Es su manera de hablar”, dice una mujer

Una de las entrevistadas por Esther Solano justifica así el discurso de su candidato: “Tiene esta forma grosera, bruta de hablar, de militar. Pero no quiere decir esas cosas. A veces exagera, no piensa porque habla por impulso, porque es muy honesto, muy sincero y no mide las palabras como los otros políticos, que siempre piensan en lo políticamente correcto, en lo que la prensa va a decir. A él no le importa lo políticamente correcto, dice lo que piensa y punto, pero no es homofóbico. Le gustan los gais. Es su manera de hablar”.

En lo que yo misma he oído en la periferia de São Paulo y en la región del Xingú, en la Amazonia brasileña, en diferentes clases sociales y franjas de edad, aparece continuamente una variación de estas frases: “Es honesto porque dice lo que piensa” o “No tiene miedo de decir la verdad”. Cuando cuestiono el contenido de lo que Bolsonaro piensa, la “verdad” de Bolsonaro, en general aparece una sonrisa divertida, medio cariñosa, medio cómplice: “Es un poco exagerado, pero porque es muy sincero”.

Así, Bolsonaro no sería homofóbico, ni misógino, ni siquiera racista para aquellos que lo apoyan, sino un “hombre de bien” que ejerce la “libertad de expresión”. Estos son los adjetivos que aparecen con frecuencia junto al candidato de extrema derecha cuando sus electores hablan de él: “sincero”, “verdadero”, “auténtico”, “honesto” y “políticamente incorrecto” (este último también como un elogio).

Aunque el contenido de lo que dice Bolsonaro obviamente influye en el apoyo de su electorado, me parece que se beneficia más del fenómeno que aquí denomino autoverdad. El acto de “decirlo todo” y el cómo dice lo que dice parecen ser más importantes que el contenido. La estética se decodifica como ética. O incluso se pone en el mismo lugar. Y este no es un dato cualquiera.

Por eso también es posible desconectarse del contenido real de su discurso, como hacen muchos de sus electores. Y por eso es tan difícil que su deconstrucción, por medio del contenido, surta efecto sobre sus electores. Cuando la prensa muestra que Bolsonaro se ha revelado como un diputado mediocre que cobra sueldo y dietas por hacer casi nada en el Congreso, cuando muestra que no tiene nada nuevo, sino que es un político tan tradicional como los demás o incluso más tradicional que muchos, cuando muestra que le falta consistencia en el discurso y proyecto que justifique la disputa de la presidencia, se produce un efecto mínimo o nulo en sus electores. Porque el contenido poco importa. Las agencias de verificación de datos son un buen instrumento para combatir las noticias y las declaraciones falsas de los candidatos, pero son poco eficaces para combatir la autoverdad.

La lógica con que la prensa opera, que es la del contenido, no afecta a Bolsonaro porque su electorado opera con una lógica diferente

Así de simple. Demasiado complejo. La lógica con que la prensa opera, cuando hace periodismo serio, que es la del contenido, no afecta a Bolsonaro porque su electorado opera con una lógica diferente. Este dato es bastante trágico, en la medida que los instrumentos disponibles para exponer verdades que merezcan este nombre, para iluminar hechos que de hecho existen, pasan a girar en falso.

Si Bolsonaro participa en los debates en directo durante la campaña electoral, para una parte significativa del electorado brasileño lo que va a prevalecer es la estética marcada por el hecho de “decirlo todo”. También por eso Ciro Gomes, candidato a la presidencia por el Partido Democrático Laborista (PDT), por su personalidad más agresiva y por no tener pelos en la lengua, está siendo considerado por una parte de la población preocupada por la ascensión de Bolsonaro como el más capaz para enfrentarlo.

Si este cuadro continúa, la disputa entre testosteronas inflables —e inflamables— será más importante que el contenido en las elecciones brasileñas, porque incluso quien tiene contenido tendrá que dejarlo en segundo plano para ganar la disputa de la dramaturgia. Otro paso escaleras abajo en el apoteótico descenso del país rumbo a la irrelevancia.

Aunque no es un fenómeno exclusivamente brasileño, en Brasil existe una particularidad que parece impactar de forma decisiva en la autoverdad. Esta particularidad es el crecimiento de las iglesias evangélicas fundamentalistas y su narrativa del mundo a partir de una lectura deliberadamente simplista de la Biblia. La retórica del bien contra el mal atraviesa fenómenos como la “bolsonarización del país”.

La autoverdad atraviesa el discurso religioso fundamentalista como concepto y como estética

Aunque los pastores fundamentalistas exalten la persecución del “pueblo de Dios”, la práctica muestra exactamente lo contrario, al ser ellos los que persiguen a la comunidad LGBTQ, a las mujeres y, en algunos casos de racismo, a los negros. Pero la práctica son los hechos, y los hechos no importan. Lo que importa es la retórica y la forma. La autoverdad atraviesa el discurso fundamentalista como concepto y como estética. El milagro de la transmutación aquí es justamente hacer que la estética se convierta en ética.

Formados en esa narrativa, una generación de brasileños es capaz de leer o ver un reportaje periodístico que muestra verdades que a Bolsonaro le gustaría que no subieran a la superficie, pero no lo harán por su contenido, sino desde la óptica de la persecución. El contenido no importa cuando quien cuestiona lo incuestionable es automáticamente un enemigo, capaz de utilizar cualquier “mentira” para atacar a un "hombre de bien". A fin de cuentas, las imágenes de maletas llenas de dinero (en este caso, del diezmo) las inauguraron algunos pastores neopentecostales, mucho antes que la operación Lava Jato, y, aun así, sus iglesias no pararon de crecer. Bolsonaro se convierte en el “perseguido” en la lucha del bien contra el mal, lo que tiene mucho sentido para quien está bombardeado por una visión maniqueísta del mundo.

Productos de entretenimiento como las telenovelas y las películas presuntamente bíblicas de una red de televisión como la Record, por ejemplo, colaboran a dar formato a una determinada visión sobre la dinámica de la vida. Si alguien solo ve el mundo de una única manera, no consigue verlo de otra. Ya no hay interpretación, la decodificación se hace por reflejo.

Este es el mecanismo que se expande en Brasil. Y que se beneficia inmensamente de la tragedia educativa del país. No es casualidad que la escuela pública, ya tan desvalorizada y desprestigiada, esté sufriendo un ataque brutal representado por el movimiento político e ideológico denominado “Escuela Sin Partido”. El pensamiento múltiple y el debate de las ideas son los principales instrumentos para devolver la importancia a los hechos y al contenido, al igual que para reposicionar la cuestión de la verdad.

No es un riesgo que los protagonistas de las nuevas derechas quieran correr. En el juego de las apariencias, su truco es siempre el mismo: hacer un movimiento ideológico afirmando que es para combatir la ideología, actuar políticamente pero afirmarse antipolítico, apoyar partidos de derecha declarándose apartidistas. Este enmascaramiento solo funciona si el destinatario del mensaje abdica del pensamiento en favor de la fe.

Abrazar la política por medio de la fe es la gran ocurrencia de los protagonistas de la trama religiosa-militarista que se disputa el Brasil actual

La retórica presuntamente bíblica está educando a aquellos que no están siendo educados. Como producto de entretenimiento, las telenovelas y las películas se combinan con los programas policiales sensacionalistas de la televisión, muchas veces en la misma red, y los amplían. Ya existe una generación formada tanto en la deshumanización de los más pobres y de los negros, tratados como cosas a las que se puede disparar en este tipo de programa, como en abrazar la política por medio de la fe, la gran ocurrencia de los actuales protagonistas de la trama religiosa-militarista que figuras como Bolsonaro representan.

La personificación, la valorización del individuo, del “uno” que solo es él, jamás uno+uno, garantiza que personajes como Bolsonaro e incluso el juez Sergio Moro puedan encarnar “el Uno”. “El Uno” contra el mal, ungido por la “gente de bien”, dispuesta a linchar a quien se cruce en su camino. A fin de cuentas, si la lucha es del bien contra el mal, no solo todo está permitido como bendecido.

No solo somos testigos de la politización de la justicia, sino de algo posiblemente más peligroso: la “religiosización” de la política

No hay nada más peligroso en unas elecciones que el elector que cree ser un “instrumento de Dios”, absuelto previamente de todos sus actos, incluso aquellos que son sórdidos o hasta criminales. Como la ley que vale no es la terrenal, laica, sino la dictada directamente desde arriba y, con frecuencia, directamente al individuo, todo está permitido cuando presuntamente “Dios está actuando”. No solo somos testigos de la politización de la justicia, sino de algo posiblemente más destructor: la “religiosización” de la política. Y su primer efecto es la política de la antipolítica.

Figuras como Bolsonaro se benefician de la crisis económica, del aumento de la violencia y de la producción de miedo. Pero su fuerza proviene de una población entrenada para abrazar mediante la fe lo que no tiene que ver con la fe. Por eso, pueden incluso hacer política y declararse apolíticos. Si el imperativo es creer, el apoyo ya está garantizado sin importar el contenido del discurso, desde que la dramaturgia garantice entretenimiento, espectáculo. Aunque parezca que no crean en nada en sus manifestaciones en internet, que nadie se engañe. Una parte significativa del electorado brasileño está formada por creyentes. Y ser creyente hoy en Brasil tiene un sentido y un alcance mucho más amplio —más allá de la esfera religiosa y como forma de interpretar el mundo— que en cualquier momento de la historia del país.

La autoverdad desplaza el poder hacia la verdad del uno, destruyendo la esencia de la política como mediadora del deseo de muchos. Si el valor está en el acto de decir y no en el contenido de lo que se dice, no es posible darse cuenta de que no hay ninguna verdad en lo que se dice. Bolsonaro no está diciendo la verdad cuando estimula el odio a los gais, sino que está siendo homofóbico. No está diciendo la verdad cuando ataca a los negros, sino que está siendo racista. No está diciendo la verdad cuando dice que no va a violar a una mujer porque es fea, sino que está incitando la violencia contra las mujeres y es misógino. Existe un nombre en la lengua para todo eso y también artículos en el Código Penal. 

Los jóvenes de la periferia que aplauden a Bolsonaro tienen que darse cuenta de que el discurso de la meritocracia es la putada que los apuntala en el lugar del que les gustaría salir

Muchos de los que lo aplauden, especialmente los jóvenes de las periferias, no se dan cuenta de que el discurso de la meritocracia proclamado por la extrema derecha que Bolsonaro representa es justamente la putada que los apuntala en el lugar del que les gustaría salir. No existe meritocracia, ascensión solo por méritos propios, sin partir de bases mínimamente igualitarias.

Jair Bolsonaro es la encarnación de un fenómeno mucho mayor que él, del que se aprovecha. Tanto como Donald Trump, a nivel global. La tragedia es que posiblemente ellos son solo los primeros.

El desafío que imponen tanto la posverdad como la autoverdad es cómo devolver la verdad a la verdad

El desafío que imponen tanto la posverdad como la autoverdad es cómo devolver la verdad a la verdad. No lo haremos sin tomar partido por una escuela de calidad para todos, apoyando a aquellos que luchan por ello de manera mucho más contundente de cómo lo hacemos hoy. No lo haremos sin la recuperación del sentido de comunidad, que implica la reapropiación del espacio público para que los diferentes convivan y la retomada de la ciudad. Tenemos que volver a convivir con el cuerpo presente, compartiendo espacios incluso —y principalmente— cuando las opiniones son divergentes. Tenemos que rescatar el hábito tan humano de conversar. Y conversar en todas las oportunidades posibles.

Y no mañana. Ayer. La verdad del momento es que estamos jodidos. Otra verdad es que, aun así, tenemos que movernos. Juntos. No por esperanza, un lujo que ya no tenemos. Sino por imperativo ético.

Eliane Brum es escritora, reportera y documentalista. Autora de los libros de no ficción Coluna Prestes - O Avesso da Lenda, A Vida que Ninguém vê, O Olho da Rua, A Menina Quebrada, Meus Desacontecimentos, y de la novela Uma Duas. Web: desacontecimentos.com. E-mail: elianebrum.coluna@gmail.com. Twitter: @brumelianebrum. Facebook: @brumelianebrum.

Traducción: Meritxell Almarza