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La nueva fiebre armamentística

El comercio de material militar nunca ha dejado de crecer, pero es ocultado por unos países con vergüenza y exhibido por otros con orgullo

Ejercicios del ejército francés en los Alpes en abril de 2018.
Ejercicios del ejército francés en los Alpes en abril de 2018. AFP

La hipocresía y la doble moral campan por todo el planeta al abordar la compraventa de armas. También en España, donde pocos saben que su país es la séptima potencia exportadora de material militar con 200 empresas que emplean a 41.000 personas y facturan 9.600 millones. O quizá prefieren no saberlo.

Eso le ocurre a José María González Santos, Kichi, dirigente de Podemos y alcalde de Cádiz, que se define como "pacifista", pero animaba el año pasado al rey Felipe VI a conseguir en Arabia Saudí el contrato (ya suscrito hace unas semanas) para construir cinco fragatas por 2.000 millones en Puerto Real. "Somos pacifistas y estamos contra la guerra (…), pero no creo que nadie que se oponga a contratos como el de Navantia y Arabia Saudí gane las elecciones en Cádiz", se sinceraba el regidor.

Cuando aún no ha finalizado la etapa bélica en Siria, Yemen, Malí o Libia, las grandes potencias han metido al resto de países en un nuevo periodo de rearme

Tampoco saben o quieren saber en qué consiste la venta de armas los miles de catalanes que insultaron a Felipe VI en Barcelona en agosto precisamente por vender armas a Arabia Saudí, el principal cliente de España fuera de la UE, pero nunca han salido a la calle para protestar contra ninguna de las 26 empresas que en Cataluña fabrican material de guerra, emplean a 19.000 personas y facturan 2.900 millones, según datos del Centre Delàs d’Estudis per la Pau.

El comercio de material militar, ocultado a veces con aparente vergüenza —como en España— o exhibido con orgullo —como en Francia, donde el periódico más antiguo, Le Figaro, es propiedad del conglomerado armamentístico Dassault—, ha estado presente en toda la historia de la humanidad y no ha dejado de crecer desde que existen estadísticas.

Solo ha habido mínimos paréntesis. En el siglo pasado, por ejemplo, hubo unos años de retracción tras la caída del muro de Berlín en 1989. El ataque a las Torres Gemelas del 11-S, sin embargo, cortó de raíz aquella aparente tregua para dar paso a la guerra mundial contra el terrorismo, con el consiguiente refuerzo militar universal, y el estallido de decenas de sangrientos conflictos, sobre todo en Oriente Próximo, Asia y África.

Desde las invasiones de Afganistán en 2001 e Irak en 2003, derivadas del 11-S, las ventas de armas no han parado de crecer. Y cuando aún no ha finalizado esa etapa bélica en Siria, Yemen, Malí o Libia, las grandes potencias han metido al resto de países en un nuevo periodo de rearme global del que solo escapan quienes no tienen dinero ni padrinos que les financien.

Son esas grandes potencias las promotoras de este mercado, como lo prueba su sistemático rechazo a todo intento de frenar la desbocada carrera armamentística de la que resultan enormemente beneficiados como exportadores. Así, Estados Unidos —primer vendedor, que acumula el 34% de todas las exportaciones mundiales de armas— abandonó en 2002 el Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM) suscrito 30 años antes con la URSS para limitar la producción de armas destinadas a derribar cohetes con carga nuclear. Arrancó así la carrera de los escudos antimisiles. En 2013, la ONU aprobó el Tratado sobre el Comercio de Armas, pero Washington aún no lo ha ratificado, como tampoco firmó la Convención sobre la Prohibición de Minas Antipersonas, al igual que China, Rusia o India, primer importador mundial.

Las grandes potencias son las promotoras de este mercado, como lo prueba su sistemático rechazo a todo intento de frenar la desbocada carrera

El último ejemplo se produjo el año pasado, cuando todos los países con armas atómicas boicotearon el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, pese a que la amenaza nuclear ha vuelto al primer plano de la agenda mundial. Lo demuestra la locura del sátrapa de Corea del Norte o el anuncio de Trump de fabricar bombas nucleares "pequeñas", obviamente con la intención de usarlas con menos condicionantes que en el caso de las grandes.

Como resultado de esta laxitud de las potencias, principales fabricantes de armamento, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU copan el 74% de las exportaciones, según el último informe anual del Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (Sipri, por sus siglas en inglés) de marzo pasado.

Cuatro hechos alimentan esta nueva fiebre por aumentar la factura militar. En primer lugar, la decisión de EE UU de abandonar su papel de gendarme del planeta, lo que ha originado una carrera armamentística en países protegidos hasta ahora bajo el paraguas de Washington. El caso más claro es el de Arabia Saudí, hoy segundo importador mundial, que ha incrementado sus compras en un 225% en el último quinquenio y además financia las de otros, como es el caso de Egipto. Otro ejemplo es la UE, que acaba de dedicar por primera vez en su historia una partida de 13.000 millones al nuevo Fondo de Defensa, en buena parte dedicado al desarrollo de la industria militar.

El segundo factor es la irrupción de China como nuevo actor clave, convertido de la noche a la mañana en el quinto exportador mundial. Su principal cliente es Pakistán, seguido de Bangladés y Argelia, el país que importa la mitad de todo el armamento vendido a África. Todo un dato sobre el temor del vecino de la ribera sur mediterránea ante las nuevas amenazas —Libia y yihadismo subsahariano— y su rivalidad histórica con Marruecos.

Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU copan el 74% de las exportaciones de armamento

El tercer factor es la aparición del nuevo peligro mundial, la ciberguerra, calificada ya en el Global Risks Report de Davos como la amenaza más probable para todos. No ha hecho más que empezar y ya vemos un gran ataque por trimestre. No se han salvado ni las grandes multinacionales (Apple, Orange, Sony, Yahoo…), ni las elecciones de EE UU o Francia. La OTAN registra 500 ataques al mes. A los habituales ejércitos de tierra, mar y aire, China ha sumado un gran ciberejército, que será, dice el presidente, Xi Jinping, el que se enfrente a la verdadera guerra del futuro.

Y el cuarto elemento es la reactivación del pulso entre las dos potencias clásicas, EE UU y Rusia, al que ahora se suma China. Putin y Trump hacen obscenas exhibiciones de su armamento. De misiles "nucleares indetectables" ha presumido el primero, y de cohetes "bonitos, nuevos e inteligentes", el segundo. A la vez, Washington cita en su revisada Estrategia de Defensa Nacional la "competencia entre grandes poderes" como el principal objetivo de la seguridad nacional. Es decir, que Washington hará lo necesario para mantenerse como primera potencia, y eso pasa por rearmarse aún más. Trump, que dedica a defensa el 3,58% del PIB, ha decidido elevar la partida en 51.000 millones (un 9% más). Solo ese aumento quintuplica el presupuesto español de defensa, que roza el 1% del PIB.

Intenta así el presidente de EE UU contrarrestar el avance militar de China, que por vez primera quiere ser protagonista militar mundial. Aupada ya al podio como segunda potencia global y con un presupuesto de 140.000 millones (1,5% del PIB) —el doble que Rusia, que dedica el 5,5% del PIB a armamento—, China expande su poderío por vez primera a bases en el exterior, como la de Yibuti o las creadas en islas artificiales en el disputado Mar del Sur.

Conclusión: el mundo se está armando a toda velocidad. ¿Alguien puede sostener que así será más seguro?

 

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