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Un ataque tan obligado como estéril

La represalia aliada no solo no debilita la capacidad militar siria, sino que refuerza políticamente a El Asad

ataque siria
Un hombre besa la bandera siria después de que soldados del régimen de El Asad entraran en Duma el 14 de abril de 2018. AP

En los albores de la guerra que arrancó en 2011 en Siria, una decena de espías israelíes del Mosad y de la DGSE francesa (servicio exterior) embaucaron en Damasco a un técnico del Centro de Estudios e Investigación Científica (CERS, en sus siglas en francés) para que iniciara otra vida en París dedicado a la importación y exportación. Alojado en el lujoso hotel George V, con elevados ingresos ficticios y chófer, el incauto cayó en la trampa —contó Le Monde hace un año hasta que aportó una información de oro: el CERS, subvencionado por la UE, era todo un complejo de producción de armas químicas y ya disponía de toneladas de gas mostaza y agente nervioso VX.

Desde entonces, Damasco ha utilizado esas armas decenas de veces. Al menos 11 los últimos 12 meses, según el informe del espionaje francés elaborado tras el bombardeo del día 7 de abril en Duma. ¿Por qué Washington y sus aliados lo han tolerado y han esperado hasta el sábado para destruir el CERS? Solo un ataque químico fue respondido con un bombardeo limitado estadounidense en 2017. Ahora se ha registrado una segunda represalia de Trump, May y Macron, ¿pero ha sido útil?

La primera ministra británica ha contestado en parte: “No había otra alternativa”. En efecto, el uso de armas químicas era una línea roja de los aliados, la última una vez que han perdido todo protagonismo en Siria en beneficio de Rusia e Irán. Washington, Londres y París necesitaban recuperar peso. ¿Lo han logrado?

El bombardeo químico de Duma les cargó de razón para lanzar los 105 misiles Tomahawk, pero lo hicieron sin demostrar fehacientemente la responsabilidad de Damasco (solo Francia dijo tener pruebas, pero se basó en imágenes difundidas en medios y redes) y sin esperar la intervención de inspectores de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas, que ya estaban de camino. Por ambas cosas, y porque el veto ruso impidió la luz verde de la ONU, la legitimidad del castigo es puesta en entredicho.

La reacción aliada, además, no ha erosionado nada la capacidad militar de El Asad, que había puesto su material estratégico a buen recaudo. Ni ha restado protagonismo a Rusia, la gran valedora de El Asad, avisada para evitar daños indeseados.

El castigo ha sido tan leve que el sátrapa estará tentado de nuevo de usar armas químicas, cuya eliminación no ha sido garantizada. El Asad, además, ha logrado más adhesión de los suyos, que le vitorearon en las calles tras la represalia.

Al menos se constata un aspecto positivo: los Tomahawk no han sumado ni una víctima mortal más en ese país que ya cuenta 500.000 en esta guerra. Y un doble consuelo para Occidente: al apoyar la lluvia de misiles, Turquía ha resquebrajado su alianza de conveniencia con Rusia e Irán; y Putin, tan respetuosa y exquisitamente tratado por Washington, no alentará una escalada. “Misión cumplida”, fanfarronea Trump. ¿Cuál era?

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